Una fórmula para la felicidad improbable

Edición: 
1137
La Copa del Mundo y el modo argentino de tomar decisiones

Antonio Tardelli

 

Leonel Scaloni, el seleccionador nacional de fútbol, se ha revelado como un calificado entrenador. Sus logros no admiten disputa. Haobtenido lo que ningún compatriota: en menos de dos años su combinado se adjudicó la Copa América y la Copa del Mundo. Pero además el míster mostró una serie de magníficos atributos: eligió bien, dotó a su plantel de un estilo, enrocópiezas cuando lo creyó conveniente, usufructuó esas modificaciones, fue leal a convicciones (y no a individuos) y por sobre todas las cosas entregó públicamente un mensaje despojado de arrogancia. Todo ello es tan evidente como que jamás debió haber sido designado como entrenador de la Selección Argentina de Fútbol.

 

El solvente técnico de hoy no lo era, ni mucho menos, al momento de la designación. Su nombramiento fue una moneda al aire. Menos que eso: una botella lanzada a la inmensidad del mar. Una ficha incierta. Un guiño al desastre. A otro más.

 

Atrapantes como son, los mundiales de fútbol conceden una serie de permisos. Los angustiados aficionados se entregan, por caso, a la tontera de la superstición y a la rutina de las cábalas. La pasión nubla la vista. La Copa del Mundo es un acontecimiento tan especial que desencadena una alegría gigante y (para los argentinos) un desborde incomparable. Acaso por ello el fútbol de mundiales alquila nuestra voluntad, compra nuestra razón, vacía nuestro entendimiento. Nadie reclutaría como ministro de Economía a un inexperto estudiante de Contabilidad, ni como responsable de la educación nacional a un analfabeto, ni como cirujano a un pasante de tres días, ni como proyectista de un puente a un ingresante de Ingeniería. Algo de eso se hizo, sin embargo, al momento de escoger al entrenador de la Selección Nacional: se escogió a alguien que carecía de toda experiencia. Que jamás había entrenado a un equipo (siquiera) de tercera división. Que tenía en blanco su currículum. En la Argentina, desde Discépolo para acá, no hay aplazados ni escalafón.

 

Poco importan las (se admite) muy particulares circunstancias de entonces. Se venía del estruendoso fracaso de Rusia 2018 (del que Scaloni, por lo demás, había sido parte como integrante del staff del inolvidable Jorge Sampaoli). Lo que interesa es recordar los apurados procedimientos de la designación y los criterios, más bien desconocidos, que justificaban ese nombramiento. La pregunta es si el final, tan azaroso como puede ser la definición de una disputa futbolística, debe disimularlo todo.

 

Aquella determinación era insostenible salvo que se la mirara con la certeza de un vidente (poseedor de una ciencia aún no reconocida) capaz de pronosticar el maravilloso milagro protagonizado hoy por un conjunto de futbolistas que –justo también es decirlo– fueron criteriosamente conducidos por el técnico ahora campeón del mundo. Pero el resultado no debería sobornarnos. No es inteligente dejarse chantajear por la victoria. Importa entender que en general la gloria deportiva (o cualquier otra) no se alcanza recorriendo un camino que en su decisión primera, condicionante de todas las sucesivas, se inclina para el lado de la aventura. De la apuesta arriesgada y casi temeraria.Designar a Scaloni fue un recurso improvisado. Irresponsable.

 

Fue una determinación carente de fundamentos que resultó maravillosamente bien. Felizmente bien. Extrañamente bien. El destino fue generoso: nos tenía reservada una felicidad improbable. Pero la dicha no debería ocultar que los criterios que guiaron aquella determinación debieran ser desterrados. O al menos repasados y repensados. No son recomendables. La victoria ha sido una genial excepción. Renegando de la planificación y relegando la comparación de antecedentes, el gen nacional encontrará en la secuencia (extraordinario triunfo que sucede a una designación injustificada) un elemento propiciatorio de nuevos dislates.

 

Podemos examinarlo incluso en el mismo instante en que deliramos de alegría. O un minuto después.

 

(La nota completa en la edición 1137 de la revista ANALISIS del jueves 22 de diciembre de 2022)

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