El día que Fermín Chávez nos curó de vanidad

Chavez

Fermín Chávez.

Daniel Tirso Fiorotto

Terroristas textuales apocalípticos”, “imbécil”, nos gritaron por las redes como respuesta a una sugerencia que le colamos al presidente Mauricio Macri días previos a su investidura. Fue cuando destrataron a Fermín Chávez, porque le adjudicaron la autoría de una columna nuestra, cuando el historiador había fallecido hacía casi una década. “Militonto”, le llamaron. Aquí, una mirada al periodismo y la comunicación en tiempos de lectura ligera, enojos, intolerancia y vanidades, y el recuerdo de una sonrisa de un Fermín Chávez versado en el oficio que nos bajó el copete.

Nos sentamos a borronear esta nota el martes 28 de mayo, inspirados en una anécdota sobre Fermín Chávez, historiador, periodista, poeta, político. Al minuto buscábamos en nuestros archivos el día de su muerte, porque se nos había escapado, y vaya mensaje: fue el 28 de mayo. Creer o reventar.

Por qué Fermín: porque cierta vez nos confundieron con el maestro, y esto que debió ser motivo de halago resultó un bochorno.

Ocurrió en los días previos a la asunción de Mauricio Macri en la presidencia, cuando la Argentina ya vislumbraba en el horizonte la pobreza cero…

Pero la anécdota empezó con una confusión para la risa, si no fuera que de carambola ligó Fermín Chávez, cuando el nogoyasero llevaba casi una década de merecido descanso. El caso es un síntoma del estado de cosas.

Macri había ganado y Hernán Lombardi se hacía los rulos para ponerse al frente de los medios públicos. En un comentario al paso, el hombre de la media voz se preguntó por qué el 11 de setiembre no era feriado, con elogios a Domingo Faustino Sarmiento.

Eso motivó nuestro llamado de atención: si Macri y compañía acusaban a los Kirchner y compañía de construir un relato que no se correspondía con la realidad, no debían tragarse de una los sapos de los relatos más nocivos y atornillados de nuestra historia, como el descubrimiento de América, por caso. O como el legado de “próceres” que edificaron toda una historia engañosa para ocultar la fundación y organización del Estado argentino sobre tres genocidios (sin contar los genocidios de España, Portugal, Inglaterra y demás imperios europeos en el Abya yala –América-).

Nuestra columna en el diario UNO se tituló: “Recién electo, Mauricio Macri está a punto de pisar el palito”.

Como es costumbre, la nota llevaba el nombre del autor junto a la bajada o copete. Luego desarrollaba una serie de testimonios históricos, como aquel en el que Sarmiento sugiere exterminar a los pueblos originarios “sin siquiera perdonar al pequeño” (aquí y en la China, incitación al genocidio, como autor intelectual), y terminaba esa nota con un poema de Fermín. De esta manera, al final de la edición de internet se leía: Fermín Chávez, historiador, poeta, militante.

Fermín militonto

Bueno: parece que la palabra militante provocó escozor en no pocos lectores que estallaron en las redes contra nuestro aporte de ocasión, con expresiones como la siguiente: “Fermín Chávez no deja de ser un militonto”. O esta otra: “Bueno señor Chávez, se nota que usted es semejante a Hugo Chávez y k extremo… Su nota es tendenciosa y prejuzga totalmente antes de asumir Macri. Déjese de joder escribiendo pavadas k”.

Para entonces, el gran estudioso nogoyasero se revolcaba de risa en su tumba. Lo nombraron para putearlo, al pobre Fermín.

Y la cosa seguía: “Ja ja y me entero por Chávez que la cretina (en alusión a la entonces presidenta) se habría adosado doble apellido a su Fernández. Y aclare señor que esta mujer está viuda. O sea, viuda de K. Deje de confundir a la gente señor Chávez”.

Nuestro maestro historiador, periodista, poeta, recibía así una andanada de sermones y diatribas. ¿A qué atribuir semejante confusión, sino a una lectura apurada, ciega, enfermiza, partidizada, intolerante? Otro mensaje (fueron decenas): “Se nota que los k respiran por la herida. Respeten la voluntad del pueblo y dejen gobernar a Macri”.

A una periodista del diario UNO se le ocurrió aclarar, de buena fe, que el autor no era Fermín sino Tirso, y tuvo la mala idea de recordar a los lectores que Chávez había fallecido en 2006 y estábamos en 2015. Como ayuda dejó una dirección de  internet con una biografía del hijo de El Pueblito. ¡Para qué! Se las tomaron con la comedida, le reprocharon sus “saberes de Wikipedia”, y la cosa empeoró porque en virtud de nuestra defensa de los pueblos originarios aparecieron insultos de este calibre: "’Originario’ FIOROTTO (nuestro apellido con mayúsculas, como gritando), llamar ‘racista’ a Sarmiento, un sujeto del siglo diecinueve, te confirma en la categoría de IMBÉCIL!” (otro grito).

Y no faltó uno más atrevido aún, en estos términos: “Quiero cambiar, quiero un país normal con leyes claras. No con estúpidos que son TERRORISTAS TEXTUALES APOCALÍPTICOS”. (Aquí respetamos sus mayúsculas, un poco por miedo como se comprenderá, miedo a nosotros mismos…).

A esta altura, y apabullados por tanto grito, nos preguntábamos para qué la aclaración de nuestra colega, cuando esos insultos bien podrían haberse canalizarse para otra vía ¿no? Pero fuera de bromas, podríamos seguir enumerando agravios y peleas propias de una sociedad trastornada, todo en virtud de un comentario sobre el prócer al que la niñez le ha levantado un templo en el pecho de modo que cuando palpita el corazón de nuestros niños se escucha “loor-loor”, según dicta el catecismo cantado del relato más macaneador de todos los tiempos. Relato fogoneado por el (según Carlos Obligado) “Grande escritor y bárbaro absoluto”, que supo invertir la semántica, como bien demuestra Fermín Chávez, para llamar bárbaros a la civilización y civilización a los bárbaros.

El más macaneador relato, decimos, si exceptuamos a otros relatos peores que vienen alzando carabelas, cruces y pesos, o dobles cimbras como las que construyó MacDonald’s para enlazarnos como perdices, por nombrar un relato reciente y pesado.

Los periodistas argentinos nos desenvolvemos entre relatos falsos y perdurables. Y en verdad que resulta difícil a veces jerarquizar los problemas, ante tanto engaño. Sobre un relato, otro, y otro, y otro.

El periodismo, ja, ja

Cualquier persona que en Alemania hubiera dicho de los judíos una décima parte de lo que Sarmiento dijo de los pueblos originarios acá, eso de matarlos desde niños, etc., hubiera recibido un juicio ejemplar y la pena capital. En la Argentina, como el racismo ganó la guerra, los cuadros de sus jefes genocidas siguen colgados en las escuelas, con la venia de los propios obreros, que en las escuelas celebran su “Día” con Sarmiento.

Lo decimos aquí, para mostrar la fuerza de los relatos. Siempre recordamos a un profesional muy presente en los medios que cierta vez, frente a una movida de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres sobre la invasión del Abya yala (América) hace cinco siglos, exclamó algo así: “Ahora dicen que Colón no descubrió América, entonces quién carajo la descubrió”.

Frente a una sociedad que en gran medida padece de lectura ligera, ¿habrá que esperar otra cosa que tendencias reaccionarias? ¿Cómo desarmar relatos tan bien orquestados y sostenidos con propaganda por años, décadas, siglos, hoy en programas de radio o televisión que ceden un minuto para desarrollar una idea? El apuro, ¿es un problema de las y los lectores, o también nuestro, de los periodistas?

Aquí volvemos a Fermín Chávez. En una entrevista, cuando él como periodista, historiador y peronista nos explicaba la serie de daños que estaba provocando el menemismo en la Argentina, le preguntamos qué podía aportar el periodismo ante ese estado de cosas y nos respondió de esta manera: ¿El periodismo? Ja, ja, ja, ja.

Con esa risa espontánea, no calculada, nos dijo muchas cosas y seguramente entendimos algunas y otras no. Pero recordamos la contestación como un poema, capaz de abrirnos todo un mundo que estaba allí y teníamos vedado. “¿El periodismo? Ja”. Eso nos quedó en la memoria. De allí podríamos derivar numerosas reflexiones.

Como hemos ejercido el oficio durante casi dos tercios de nuestra vida, no dejaremos que el maestro se nos burle así como así, ¿no? ¿Será que el periodismo no corta ni pincha? ¿O qué quiso decir?

La comunicación es manejada y manipulada en el mundo por diez multinacionales, y en la Argentina por un puñado de firmas gubernamentales (no decimos públicas) y privadas, con intereses financieros detrás. Eso genera una cadena de dependencias y crea ambientes de censura muy difíciles de superar para los individuos, para los grupos. De ahí que el periodismo entrerriano, por caso, tenga tantos ejemplos de censura y autocensura, centenares de casos si contamos sólo una década y media, por una variedad de métodos que se potencian mutuamente. Decíamos en una columna anterior que la censura es el aire que respiramos aquí. Con excepciones honrosas, claro que sí, y enormes esfuerzos personales que desafían ese estado de cosas.

Qué complicado resulta hablar aquí de capital financiero, propiedades multinacionales, glifosato, venta de arenas para el fracking, obreros desocupados, corrupción, licitaciones truchas, sin quedar patinando en un medio pequeño de escasa repercusión; y con qué facilidad los gobernantes de turno orientan la información para desviar la atención, lo mismo que hace el llamado gran capital.

Culto al individuo

Claro que los males de la comunicación social no se restringen a las manipulaciones desde el poder económico, corporativo, político. El ejercicio del periodismo genera un culto al individuo y a la vez un afán de fama y éxito, por ejemplo, que atentan contra la cultura, en vez de cultivarla.

Las personas individuales que se creen merecedoras de un nombre en negritas, ciegas por el exceso de lustre en ese nombre propio, terminan desmarcadas del paisaje. El sistema les siembra un deseo ficticio por la figuración, por la preservación de un nombre a cualquier costo. Y en ese mismo aislamiento para destacarse se desnaturalizan. Allí, la relación del periodista con el poder, una relación despareja, no de pares, atenta contra la independencia del periodista, como ocurre con un imperio al lado de un país pequeño.

No pasa distinto en las artes, pero hoy nos enfocamos en el periodismo. Este vicio, el individualismo, podría encontrar en nuestro oficio modos de superación muy sencillos, no únicos ni excluyentes, para curarnos en salud si no estamos ya infectados.

En culturas antiguas y vigentes de nuestra región, la persona se consuma como persona en la relación con otro. El individuo es persona en potencia. Entronizar al individuo es una forma de tergiversación y en este siglo 21 se encamina al narcisismo. Una vez que el individuo logró su marca, de lo que se trata es de preservarla, y más que ejercer un trabajo libre se dedica a calcular conveniencias.

Un periodista debe ejercitar condiciones como la serenidad, la meditación, la lectura atenta, la independencia. Los principios del vivir bien o buen vivir nos alumbran el camino: saber escuchar, saber caminar con la comunidad, con la biodiversidad. Tenemos que evitar apresuramientos, estar atentos, entrenar los reflejos, mirar las cosas con amor, escribir de modo agradable, es decir: no ser plomazos. El estrellato hace daño. Los periodistas estamos empujados a eso porque en muchos casos debemos colocar nuestros nombres, con la excusa de hacernos cargo, y hacerlo de muy jóvenes. Gran tentación, grueso error.

Lo que ocurre es que, por la necesidad de atribuir la noticia o la interpretación a una persona, recargamos las tintas sobre el individuo, el nombre propio. Y la fama es un ácido que corrompe, es parte de la fragmentación que sufrimos. Con tanto lustre del nombre, pasamos a sentirnos importantes, y ya actuamos según los intereses de nuestro nombre, nos volvemos calculadores. Vemos que hay gente expectante con el nombre, y poco a poco entramos en la tendencia a no decir nada de nada, por temor a que nuestro buen nombre y honor queden manchados, pero al mismo tiempo hablamos. Si hiciéramos silencio, macanudo, pero no: hablamos, y al no decir nada, lo que hacemos es un entretenimiento declamatorio. Aportamos un placebo.

El cálculo, como el atajo, son obstáculos para el ejercicio del oficio de periodista, y sin embargo están naturalizados.

Grupo Fulanita

Un modo de curarnos en salud consistiría en firmar las notas en grupo, no con nombre propio.

Hay que hacerse cargo de la producción, entonces firmar, si es necesario: Grupo Rojo, Grupo Ñandubay, Grupo Sagüaipé... Dos o tres personas ya constituyen un grupo; si no logramos un consenso con dos o tres personas seremos una excepción. Pero hoy no tenemos siquiera esa posibilidad maravillosa de firmar como comunidad, es una pena, estamos compelidos al individuo y eso es una forma de violencia; obligados a la famita del nombre propio, un buen comienzo para soñar con una pirámide a nuestro nombre.

Esta columna podría ser firmada por el grupo “Fulanitas”, que por supuesto buscaría una mirada propia, comunitaria, y aportaría a la diversidad pero en grupo. Esta posibilidad no equivale a renegar del individuo. Es el individualismo el que mata al individuo, porque lo malversa, lo lava de comunidad, de biodiversidad.

Cada noticia o cada nota tendría sin dudas el sello de alguno de los integrantes del grupo, así se llame “Agrupación La birome loca”, “Grupo Renegados”, en fin, pero en la mayoría de los casos esta modalidad convidaría al diálogo previo, anterior; el fruto saldría de un consenso básico, sea por el criterio, por la sinceridad, por los puntos de vista, por la confianza.

Ahora, ¿todo haremos en grupo? No es necesario, y no somos quiénes para dar recetas. Hay momentos, regiones, tiempos, modos, que cada comunidad sabrá aplicar para el caso. Sí estamos mostrando una realidad: que muchísimas de nuestras producciones ya son fruto de comunidades y allí el nombre propio es fuente de desviación. Parece que aclara, pero oscurece. Las obras que fueron preservadas por dos mil años en nuestro suelo provienen de comunidades. Tanto la cerámica como el choclo. Por supuesto que intervino allí la destreza personal, el ingenio, el estudio, el talento, la dedicación, pero la existencia de peculiaridades plausibles es una cualidad de esa comunidad, y no genera la necesidad de resaltar el nombre propio, lo que en nuestro sistema equivale a extirparlo, a lavarlo.

En nosotros, como en los fósiles, lo que encontramos alrededor no nos oculta sino que nos explica, nos hace visibles, comprensibles. Lavar un fósil apenas encontrado es de brutos.

La apropiación individual, la patente, no es fiel a la producción, sea en el periodismo como en otras artes. Es una deformación tan dañina como la patente de las multinacionales sobre las semillas a las que les hicieron una mínima intervención, atropellando miles de años de trabajo comunitario en relación con esa misma semilla. La patente en busca de dinero, el nombre propio individualista, son  ruidos en una sinfonía. Cuántos significantes y significados, cuántos recursos nos fueron dados, y cuántas ideas, cuántos conocimientos son compartidos, como para pretender patentar un aporte que es, además, una pequeña devolución.

Ser una persona desprendida de bienes materiales no equivale a aislarse de esos bienes sino a perderse en el paisaje. En el sistema actual, el capital y el mercado negocian directamente con cada individuo, y en cambio la comunidad teje redes culturales, artísticas, del cosmos; redes de amistad, amor, conocimiento, que complican la entrada fácil de la propaganda capitalista.

De allí que el capitalismo ataque a la comunidad, se empeñe en  desintegrarla. Necesita un trato directo, de amo a sirviente.

Y bien: firmar noticias y notas con nombres comunitarios sería una actitud contestataria para enfrentar al actual sistema, que le discutiría sus bases, y que le reconocería autoría a la biodiversidad. En la atribución de la autoría a una comunidad estarían también el río, el ave, el suelo, la historia, el gusto, el olor, y no ese individuo pelado, “limpio” y altanero que hoy se impone, y que el sistema nos obliga a entronizar.

Esta columna fue dictada por personas, momentos, trinos, historias que sería largo enumerar y que, en verdad, no conocemos en su real dimensión. Este Grupo Fulanitas, que decimos, está compuesto por muchos, con toda una vida en cada cual y una geografía sin límites precisos.

En este mismo instante, obreros cooperativistas de Coceramic realizan ollas populares para sobrevivir y reclamar, en Paraná, contra el fraude. Son obreros, es un grupo, una cooperativa, y un ejemplo de tantos. ¿Por qué los periodistas nos hemos obligado a firmar como individuos, cuando además somos “terroristas textuales apocalípticos”?

 

 

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