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26/04/2007 -  tiempo  4' 48" - 1030 Visitas Reflexiones de cierre Día del trabajador: una fecha para reafirmar preceptos
“La tesis de que todos los hombres nacen iguales, implica que todos ellos participan de las mismas calidades humanas, fundamentales, que comparten el destino esencial, que poseen por igual el mismo inalienable derecho a la felicidad y a la libertad”, escribió Erich Fromm. Y remató su juicio con esta contundente frase: “Significa además, que sus relaciones recíprocas son de solidaridad y no de dominación y sumisión” (sigue en el interior).
L. M. S.

“La tesis de que todos los hombres nacen iguales, implica que todos ellos participan de las mismas calidades humanas, fundamentales, que comparten el destino esencial, que poseen por igual el mismo inalienable derecho a la felicidad y a la libertad”, escribió Erich Fromm. Y remató su juicio con esta contundente frase: “Significa además, que sus relaciones recíprocas son de solidaridad y no de dominación y sumisión”.

A propósito de celebrarse el martes venidero el Día del Trabajador, no es ocioso recordarnos conceptos elementales a la hora de analizar de qué manera se entretejen y desarrollan las relaciones entre el patrón y el empleado, el capital y la mano de obra, no siempre exhibiendo apego por sanas reglas de convivencia en el honroso desafío cotidiano que propone la actividad laboral en todas sus formas.

Suele ser moneda corriente que grupos de individuos decidan por sí y hasta a su antojo el destino, el futuro, la felicidad y la estabilidad de millones de personas, alejados de todo principio solidario y sin un mínimo respeto por la dignidad ajena. En general, las relaciones entre los dueños de las máquinas y los encargados de hacerlas funcionar, han mostrado tires y aflojes donde imperan picardías y ardides para sacar la mejor tajada, aunque para ello se pase por encima de las leyes que se suponen hechas para el bien común.

De todas maneras sería muy injusto generalizar, porque existen empresarios que advierten lo positivo de encauzar esas relaciones del mejor modo y lograr, mediante un entendimiento equitativo, estimular la tarea y sacarle a cada uno lo mejor de sus potencialidades.

Al poder económico y financiero le sirve lo mismo aplastar un lagarto, una araña o una mosca, porque el sentido de utilidad que le fijan sus fines no parece tener códigos ni principios morales. Ello sucede cuando la humanización de ese vínculo con el sector laboral se ausenta en aras de la frialdad con la que se establece la rentabilidad a rajatabla.

No es lo mismo dispararle a un elefante o a un tigre, que a un cisne o a un gorrión. El afán de lucro ilimitado nunca cede y resurge cuantas veces puede. Pero es bueno observar que no estamos hablando de elefantes, tigres, cisnes, gorriones, lagartos, arañas o moscas, sino de seres humanos, de personas, de millones de hombres, mujeres y niños muchas veces sometidos al satanismo de modelos exterminadores.

Los datos sobre desempleo y aún del trabajo informal, que no logran maquillar ciertas estadísticas oficiales, tarde o temprano quedan a la vista porque la verdad les saca el polvillo. Cuando se pierde el empleo, es la familia toda la que queda desempleada, conformando una triste mezcla de daño material, moral y social. Se ven así empujados a la desesperación y el desamparo y este cuadro no puede disimularse con planes que tratan de emparchar su situación pero que no hacen a las soluciones de fondo (solamente sirven para reducir artificiosamente los índices que de tanto en tanto elabora un INDEC muy devaluado hoy en su credibilidad por torpes manejos políticos).

Disponer de un trabajo digno, seguro y justamente remunerado forma parte esencial de lo que es la dignidad del hombre en su condición de persona. La adopción de una cultura del trabajo es una actitud valiosa dentro de lo que supone la moral y la honradez como base de un desarrollo personal y social pleno. No es otra cosa que encaminar al hombre hacia un destino superior.

Quién sostenga que hoy en nuestro país obtener trabajo estable no resulta una epopeya, miente a sabiendas, porque las franjas que se suman al mercado laboral -donde existen jóvenes que se capacitaron adecuadamente acudiendo a una propuesta y convocatoria del Estado a través de sus institutos de estudios- deben peregrinar largamente para conseguirlo. Baste con ver las largas columnas en cada sitio donde se requiere personal, con el agregado de que muchos de los que acuden lo hacen ante la falta de posibilidades para acceder a tareas para las que se prepararon y para las que no se les presentan oportunidades.

Ni qué decir de los que consiguen trabajo pero a costa de aceptar cláusulas intolerables en calidad de rehenes del capital, en condiciones a veces inadmisibles, carentes de la debida protección y con un nivel remunerativo vergonzoso.

El subempleo y el cuentapropismo resultan sólo máscaras para ocultar mentirosas estadísticas, que al final caen hechas añicos por la contundencia de la propia realidad.

Ninguna generación de empleo puede fructificar si no se consideran en igualdad y equilibrio los intereses de quién emplea y quienes se emplean, rodeando esa asociación de un carácter humanizador y de una energía creadora y vivificante. Precisamente no existe auténtica y verdadera promoción humana sin la posibilidad de ganarse el pan honradamente. Y es el hombre, como sujeto, quien dignifica el trabajo, se realiza a sí mismo y a la vez realiza a la sociedad en su conjunto al ejercer con su tarea un servicio hacia sus hermanos. Ello nace de su dimensión subjetiva plasmada en obras de bien.


(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)
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