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23/03/2006 -  tiempo  4' 12" - 3954 Visitas “Chilo” Zaragoza y “la inextinguible fe en el futuro” Una pared en Concepción
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Juan Ramón Zaragoza fue asesinado por la Triple A.
Una pared lo recuerda desde hace un año en pleno centro de la misma ciudad que durante décadas lo negó. Su nombre, Juan Ramón Chilo Zaragoza, forma parte desde mucho antes de la historia de la violencia política en la Argentina. En 1975 la Triple A lo cosió a balazos: fue el primer entrerriano de la larga lista de víctimas –muertos o desaparecidos– de la derecha violenta y asesina de este país que desde 1976 fue dueña de vidas y propiedades de los argentinos. Como los estudiantes de La noche de los lápices, su “crimen” fue pelear por la jerarquía de la educación. Era un militante pacífico y un estudiante destacado.
Américo Schvartzman
(desde Concepción del Uruguay)


Una pared lo recuerda desde hace un año en pleno centro de la misma ciudad que durante décadas lo negó. Su nombre, Juan Ramón Chilo Zaragoza, forma parte desde mucho antes de la historia de la violencia política en la Argentina. En 1975 la Triple A lo cosió a balazos: fue el primer entrerriano de la larga lista de víctimas –muertos o desaparecidos– de la derecha violenta y asesina de este país que desde 1976 fue dueña de vidas y propiedades de los argentinos. Como los estudiantes de La noche de los lápices, su “crimen” fue pelear por la jerarquía de la educación. Era un militante pacífico y un estudiante destacado.

La imagen tiene sus años. Todo en ella revela ese –casi– medio siglo transcurrido. Todo: el niño, pulcro y concentrado, peinado a la gomina, lee su papel. Está aún “con los cortos” –como corresponde a su edad, a su época, a su estampa–. El pizarrón, a sus espaldas, trae en prolija caligrafía cursiva, la frase del Libertador: “La ilustración y fomento de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos”. Sobre la pizarra, escalonadas hacia arriba, las letras góticas dicen “Consejo General de Educación”. Detrás del gurí que lee, un hombre de traje y bigotes, un funcionario del Consejo quizás, se inclina sobre el escritorio pizpeando la continuidad del acto protocolar. Faltan años para que la tragedia final se desate sobre el país, pero sus mecanismos de origen ya están en marcha desde hace rato. Entre otros, la salvaje distancia entre la palabra y la acción, entre el discurso y los hechos.

Corre el año 1962 cuando se toma esta fotografía. Illia está en el gobierno, digno pero débil. Débil, porque está allí sobre la base de la proscripción del movimiento político de masas que fue derrocado hace poco tiempo y hasta cuyo nombre fue prohibido. Digno, porque orienta sus esfuerzos a que –algún día– haya en efecto democracia, e independencia como país. Es en ese año, 1962, en el que el niño lee. No está en la foto, pero un público atento acompaña y escucha. La ceremonia es organizada por el CGE y transcurre en el Teatro San Martín de Concepción del Uruguay. En el papel que sostienen con firmeza sus manos, están escritas, “pasadas a máquina” con prolijidad, las palabras que redactó este niño de nueve años, para presentarse a los Juegos Florales en el rubro Cuentos. El título es “En el bosque” Cuenta, en primera persona, las peripecias de un niño que ayuda a su padre en la labor cotidiana, y de cómo le salva la vida luego de que un “insecto ponzoñoso” lo pica, en medio del monte (“el Bosque” en el idioma literario).

En sus frases correctas, Juan Ramón puso en palabras muchos de los valores que ya incorporó su aguda inteligencia de gurí entrerriano: el amor filial, la supervivencia ante la naturaleza hostil, el coraje individual, la lucha contra la adversidad, la curiosidad por la mezcla de elementos (que pocos años después lo llevará a la carrera de Bioquímica), el sentimiento del deber, el deseo de enorgullecer a los progenitores...

El Chilo, como lo llaman su familia y amigos, está leyendo. Tiene la vista fija en el papel. Otras imágenes muestran la fuerza que tenía esa mirada. Allí está el pequeño Zaragoza, cómodo en su papel y eso se nota en la vieja foto. Zaragoza hijo, hijo mayor de un proletario, siente que tiene un destino de tesón y triunfo, que vibra en sintonía con la frase de José de San Martín escrita con tiza en el pizarrón. Eso siente “Juan Ramón Zaragoza (h)”, como firma el cuento. Su papá, Tito, humilde pero formado trabajador del “Ministerio”, comunista convencido, su mamá Luisa Cecchini, ambos padres laboriosos y amorosos, su hermanito Neco, sus tías y parientes, todos merecen ese destino. Y él quiere enorgullecerlos, por eso se esforzará luego, por eso el “Cuadro de Honor”, por eso los promedios superiores siempre a 8, por eso los abundantes “«diez felicitado” en Química, pero también en Música o en Historia, también en “Educación democrática” –materia de nombre siempre cambiante–. Por eso también profesor de Música y Guitarra antes de cumplir 17. Y por eso también, siempre: el compromiso, la solidaridad, la participación.

La foto no dice otras cosas. No habla de la ferocidad con la que “En el bosque” se desató luego la tormenta, y de cómo esas fuerzas implacables se llevaron para siempre al autor de aquel cuento.


(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)
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