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20/12/2017 -  tiempo  7' 52" - 214 Visitas Anticipo: el nuevo libro de Liliana Franco Los secretos de Casa Rosada en la pluma de una periodista acreditada
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Anticipo del nuevo libro de Liliana Franco.
Liliana Franco, periodista acreditada durante casi dos décadas en la Casa Rosada, cuenta en un libro historias de la vida cotidiana del emblemático edificio en el que se definen los destinos del país. Poca gente es parte de ese día a día: testigos privilegiados son los funcionarios, los empleados y los periodistas acreditados que, como Franco, permanecen allí muchas horas al día para conseguir información de primera mano. Un militar se creyó presidente y cuando llegó se enteró de que no lo era. Durante el juicio a las Juntas en 1985, hubo un Falcon viejo, con la chapa oxidada, estacionado varios días en la vereda. Antonio Banderas comió su primer choripán en la terraza. Hay una palmera moribunda en el patio y un ascensor del que Mauricio Macri desconfía. Estas y otras historias y anécdotas fueron reunidas por Franco en su libro Los secretos de La Casa Rosada, editado por Sudamericana, del que ANÁLISIS reproduce algunos fragmentos a modo de anticipo. Todos los días, cuando llego a la Casa Rosada, saludo a los policías de la entrada, al personal de vigilancia y a los trabajadores de las distintas áreas que caminan por los pasillos de acá para allá. La sala de periodistas está ubicada en el primer piso, sobre la derecha, muy cerca de las escaleras. Queda entre dos patios. No tiene luz ni ventilación natural. Es fea, oscura, pero tiene una ubicación estratégica porque desde ahí se puede ver a quienes circulan por la casa de gobierno.

Entrar en la sala es como entrar en el pasado. Los últimos arreglos importantes fueron realizados durante la presidencia de Carlos Menem. Desde entonces, sólo la pintaron una vez por indicación de Oscar Parrilli. Se trató de un arreglo parcial, motivado únicamente por el deterioro de la pared de la sala debido a la instalación de un enorme aparato de aire acondicionado para enfriar los pasillos. El abandono está en sintonía con un hecho que para mí forma parte de la realidad diaria: a los gobiernos -no importa su signo político- siempre les produce malestar la presencia cotidiana de los periodistas.

Pero ¿cuál es la razón de esta incomodidad?

Empecé a trabajar como periodista acreditada por Radio Rivadavia en la Casa Rosada en 1999, pero ya la conocía. En los años noventa yo trabajaba en el suplemento económico de Clarín. En los diarios de esa época se trabajaba como si cada área fuera un compartimiento estanco. Economía, por un lado, Política por el otro. En la vida real, la política y la economía siempre van juntas, pero en el ejercicio del periodismo estaban separadas. Los periodistas económicos formábamos parte de una elite. No teníamos computadoras, ni estadísticas, había hiperinflación. Escribir una nota era un desafío muy complicado. Entre los editores de Economía circulaba la broma de mandar a los periodistas a buscar estadísticas provinciales, algo imposible en aquella época. La complejidad de analizar una charla con un político parecía mínima en comparación con el esfuerzo que representaba analizar las cuentas públicas del Estado. Se consideraba a los periodistas económicos como más “serios” en su tarea. Pero debido a mi interés por las cuestiones políticas (cultivado durante la militancia en los años setenta), yo soñaba con ser acreditada en la Casa Rosada, en donde se cocina todo el poder.

Los caminos del periodismo económico y el político empezaron a mezclarse en forma definitiva durante el gobierno de Carlos Menem. Se encaró una gran reestructuración del Estado, que incluyó despidos, y se llevaron adelante las privatizaciones de las empresas estatales. La de Aerolíneas Argentinas, por ejemplo, era tratada por Clarín en Economía. Como con frecuencia había que entrevistar a algún funcionario que estaba en Casa Rosada, mi actividad profesional allí se volvió habitual.

Mi acreditación en la Casa Rosada llegó durante la presidencia de Fernando de la Rúa. Desde entonces trabajo todos los días en la sala de periodistas. En mi rutina me cruzo con ministros, secretarios de Estado, funcionarios de todo rango. A veces, también, con el presidente. Quien sea que ocupe momentáneamente el cargo de primer mandatario, siempre lo trato de usted. Su investidura me merece el máximo respeto. Es el presidente de todos los argentinos y yo considero un honor la posibilidad de estar ahí.

“Dicen las malas lenguas que los periodistas acreditados somos vagos. Eso no es verdad. Al menos no lo es en la mayoría de los casos. Si uno se queda sentado en la sala de periodistas, no se entera de nada. Termina pasando gacetillas. La información no llega sola: hay que salir a buscarla. Yo recorro mucho los pasillos, descubro quién entra y quién no, miro las caras, observo los estados de ánimo. Suelo pasar más tiempo parada que sentada. En el Palacio de Hacienda, donde sigo estando acreditada, han cerrado mucho los accesos. Los ministros ingresan por un sector privado. Los periodistas no tenemos manera de “pasillear” porque es imposible acceder a las áreas, en un edificio donde hay cinco ministerios.

Para ser un periodista acreditado hay que tener cierto aplomo. En los Estados Unidos, cada medio envía a la Casa Blanca una terna de candidatos, sus mejores periodistas, y el gobierno elige al que considera que tiene el currículum más apropiado. Suelen ser periodistas de mediana edad, que tienen cierta experiencia y capacidad. Un joven, con tal de tener una primicia, quizá no evalúa que hay que cuidar el vínculo con el personal de la casa de gobierno.

“Cuando uno trabaja en la casa del presidente, donde tiene la posibilidad de encontrarlo en los pasillos, no puede tirarse encima de él para pedirle una nota. Lo saluda, lo trata con respeto y nada más. Un periodista inexperto puede hacerle mucho daño a la información que se emite desde la casa de gobierno. A cambio de este respeto, uno espera obtener las noticias antes que otros medios que no están acreditados.

“Lamentablemente, esto no siempre sucede, porque hay un menosprecio muy grande hacia nuestra profesión. Se privilegia transmitir la información a través de las redes sociales, en desmedro del trabajo del periodista. Publican los comunicados a través de Twitter y Facebook, en un gesto que se supone democratizador, cuando en realidad es un desprecio por la función del periodista.

Antes también éramos maltratados, pero de otras maneras. Los funcionarios de la gestión kirchnerista se comunicaban directamente con los editores de los diarios, como si no existiéramos. Debido a esto, en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner llegamos a ser sólo siete periodistas en la sala. Para un medio, enviar a un periodista a la Casa Rosada significa prescindir de un recurso en la redacción. Eso tiene un costo. Y como desde el gobierno se nos ignoraba, entonces muchas veces los medios consideraban que no tenía sentido que estuviéramos ahí. Durante el velorio de Néstor Kirchner, por ejemplo, muy pocos estuvimos acreditados en la Casa Rosada. Ahora somos más, pero el presidente Mauricio Macri ya no se deja ver tanto por los pasillos, a tal punto que algunos colegas que concurren diariamente a la casa de gobierno nunca se lo cruzaron.

La arquitecta egipcia

Durante el mandato del presidente Néstor Kirchner, la Casa Rosada volvió a ponerse en valor. Se pintaron tres fachadas que habían quedado sin restaurar y se armonizó el tono rosado de todo el edificio. Además, se recuperaron las molduras externas que habían sido invadidas por la vegetación y que amenazaban la estabilidad de uno de los muros. Por otra parte, el Parque Colón fue enrejado y transformado de facto en un jardín privado de la Casa Rosada, lo cual causó una polémica porque se trata de una plaza pública.

Sin embargo, quien mayor cantidad de reformas encaró fue su esposa, la presidente Cristina Fernández. Ni un rincón de la Casa Rosada dejó de ser testigo de su paso y de su ansia de permanencia. Rescató y puso en valor varios de los patios internos; incluso restauró los arabescos originales del Patio de las Palmeras. Eliminó oficinas provisorias, restauró pisos de mosaico y pinturas murales y no sólo inauguró salones (como el Eva Perón y el de los Científicos Argentinos, entre otros) sino que también renombró otros: el Salón Colón fue rebautizado como “Salón de los Pueblos Originarios”, el Salón de las Artes, que debía funcionar como Sala de Conferencias el de los Pensadores y Escritores Argentinos del Bicentenario.

En 2010, durante los festejos por el aniversario de la Revolución de Mayo, inauguró el Museo del Bicentenario en la zona que había sido la Aduana de Taylor y despertó varias polémicas por su sesgada reconstrucción de los hechos. Allí llevó el famoso mural de Siqueiros, el cual mandó restaurar luego de años de haber estado guardado en cajas.

Estas son expresiones de la historia de nuestra Casa de Gobierno. De sus mutaciones, de sus momentos de esplendor o de drama. De la tensión entre destruir para comenzar de cero y reconstruir a partir del pasado. Esa tónica tortuosa y cambiante también es la que rige la vida de sus gobernantes. En las páginas que siguen veremos lo que esconde la Casa Rosada, anécdotas, muchas veces pequeñas y cotidianas, que habitan sus pasillos y que, de alguna manera, son el reflejo de la política y de la sociedad en cada momento de la historia de nuestro país.


(Más información en la edición gráfica número 1073 de la revista ANALISIS del jueves 21 de diciembre de 2017)
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