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20/12/2017 -  tiempo  4' 39" - 615 Visitas Comparación de prácticas culturales En defensa de la fotografía artística
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A través de un recorrido y análisis por los principales certámenes de nuestra región de los últimos años intentamos acercarnos a una reflexión crítica sobre determinados elementos simbólicos que van en detrimento de la consideración de la fotografía como arte. Por Ferny Kosiak

En el mes de octubre se realizó la 1° Jornada de Gestión Cultural organizada desde la Tecnicatura de Gestión Cultural de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) sobre la cual se dio cuenta oportunamente en este espacio de ANÁLISIS. Durante la multitudinaria y ecléctica jornada leí una versión extendida del texto que sigue a continuación y las preguntas que se generaron desde el público asistente me dejaron, mínimamente, preocupado porque sigue habiendo un desconocimiento de elementos mínimos y simbólicos acerca de la fotografía como una de las artes. El proceso que a nivel internacional lleva décadas de arraigo y que en algunos países incluso está legislado, se ve avasallado desde diversas operaciones que se tejen entre lo económico, lo artístico y lo simbólico. Por este motivo es que comparto este análisis, este recorrido por los principales certámenes de fotografía de la región, ya que para muchos fotógrafos son los espacios de validación de su arte.

En la última década se ha comenzado a convocar desde diversas entidades concursos de fotografía con variadas metodologías (presentación de la imagen impresa y montada en passpartout o envío digital), en torno a diferentes temáticas y bajo ciertos estándares que cambian demasiado de un certamen a otro. Entre esas pautas estipuladas en las bases está el valor monetario de los premios que varían considerablemente de una entidad a otra, pero también en relación con otras obras de arte, es decir que el valor de una fotografía es considerablemente inferior (entre un cuarto y un tercio en 2017) que el de una pintura.

En el avance de esta pequeña investigación apareció un elemento que no había tenido en cuenta al comenzar: la construcción de la identidad del fotógrafo a partir de la nominalización del mismo a través de las bases de participación de las distintas convocatorias. En el intento de inclusión y participación masiva en estos concursos se tejen significados y estrategias que van en contra de que pensemos a la fotografía como parte de una de las artes.

Pienso que todo certamen sobre fotografía de nuestra zona (ciudad y provincia, al menos) es funcional porque las temáticas siempre son acotadas. A partir de allí ese pensamiento deriva en que los concursos para otras artes consagradas (pintura, dibujo, escultura, etcétera) tienen libertad en los temas o en las estéticas que pueden abordar. Entonces, ¿qué valor artístico posee la fotografía en nuestra región?

Reflexionemos por un instante sobre cuáles son los mecanismos de validación de un artista. Sin lugar a dudas que uno de ellos es el ganar algún premio o distinción en un concurso. A partir de allí su obra adquiere un elemento más de validación: adquiere valor artístico y comercial. Raymonde Moulin en su libro El mercado del arte explica que “(…) la constitución de los valores artísticos es el resultado de la articulación del campo artístico y el mercado. En el campo artístico se producen y se revisan las evaluaciones estéticas. En el mercado se realizan las transacciones y se elaboran los precios”. Todo concurso estipula un premio en sus bases y el artista decide si acatar ese valor que ha sido pre impuesto a la que será elegida como la mejor obra de ese certamen. Es el artista quien decide sumarse a la carrera que permita acceder al homenaje simbólico y material. La mayoría de los concursos prohíben la presentación de obras de alguien fallecido, lo cual refuerza la idea de que es el artista quien decide correr el riesgo (nuevamente simbólico y material) de sumarse a un concurso que invita a la competencia dentro de los límites del arte contemporáneo por excelencia.

Sin embargo esos límites no son los mismos cuando hablamos de fotografía.

Moulin desarrolla que para “(…) entrar en el mercado del arte con el estatus de obra de arte, un objeto debe ser único o, en caso de no ser único, debe ser raro. Para poder extender la categorización de artístico fuera de la definición tradicional de la obra singular, se deben establecer mecanismos de control de la rareza. La rareza artística está deliberadamente recreada para ser económicamente valorada”. Según la explicación de Moulin a la fotografía le llevó “(…) casi cien años obtener el status de obra de arte (…)”, camino que inició en 1855 cuando en la exposición universal se la consideró como arte industrial y que entre fines de la Segunda Guerra Mundial y el fin de los ´60 obtuvo “reconocimiento institucional”. Moulin destaca que luego de la consagración artística, el mercado es el “logro paradójico” de la fotografía, ya que frente a la unicidad de la obra de arte tradicional aparece lo jurídico. En los ´90 se establece en Europa como obra de arte “las fotografías tomadas por el artista o bajo su control, firmadas y numeradas en el límite de treinta ejemplares en cualquier formato o soporte”.


(Más información en la edición gráfica número 1073 de la revista ANALISIS del jueves 21 de diciembre de 2017)
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