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06/09/2017 -  tiempo  13' 56" - 82 Visitas ¡Teléfono en la Redacción! Señora violencia y el tercero excluido
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El clima de violencia no cesa y no lo hará porque a los principales sectores en disputa les sirve. La “Señora violencia” que cantaban Pedro y Pablo tiene a su disposición “nubes de petardos, palabras lanzallamas y razón criminal”, con el cinismo enturbiando todo, hasta lo más sagrado, como deberían serlo los derechos humanos. De eso se habla en esta columna, con pocas sonrisas y mucha pesadumbre, y la convicción de que los dos principales contendientes del negocio llamado “grieta” se necesitan mutuamente. Por A.S.

—Buenas. ¿Cómo le va?
—Algo apesadumbrado.
—No es para menos. Iba a preguntarle qué lo afecta, ¡pero en estos días pueden ser tantas cosas!
—Sí, lo más obvio: la desaparición de Santiago Maldonado, más de un mes sin noticias. Pero tanto como eso me tira para atrás el manoseo de su nombre. De todos lados, eh. De los muchos lados de eso que llaman “grieta”.
—¿Cómo “muchos lados”? Una grieta sólo tiene dos lados.
—Nah. Hay muchos cortes que pueden hacerse en la sociedad y parte del negocio de la “grieta” es precisamente hacer creer que hay una sola franja divisoria, convencer a los incautos, a los distraídos, de que solamente hay dos lados y que tenés que elegir.
—A ver, cómo es eso...
—Y es duro, porque la dirigencia de nuestro país es magister en cinismo. Y no me refiero sólo a la dirigencia política: la aristocracia mediática y académica, pasando por las dirigencias gremiales (laborales o empresarias) no son distintas. Por eso estamos así.
—¿De qué habla?
—Por un lado de que es infame equiparar cualquier desaparición en democracia con las desapariciones de la dictadura. El punto de partida es una falacia. Al menos hasta que se esclarezca. Pero por otro lado, por poner sólo dos casos, un par de años atrás Lanata reclamaba por Julio López, hacía informes sobre la represión a las comunidades Qom y los votantes antikirchneristas se solidarizaban hasta las lágrimas con la situación de los pueblos originarios. Y por esa misma época Cristina y su Gobierno no hablaban sobre Julio López (ni ninguna otra de las personas desaparecidas en democracia) y se negaba a recibir a Félix Díaz o a las víctimas de la masacre de Once. Y La Cámpora colaboraba con el desalojo de la carpa de los pueblos originarios en la Capital.
—Ja. Todo cambia.
—Ahora Lanata hace programas especiales para ir preparando a las buenas conciencias progres ante la futura represión a los mapuches y Cristina va a misa por Santiago Maldonado mientras sus seguidores descubrieron la causa de las tierras de los pueblos indígenas, después de 12 años de entregarles cientos de miles de hectáreas a Bennetton, Joe Lewis o Lázaro Baez.
—Este país es el reino del cinismo.
—Por eso le decía. Alcanza con que elija un tema. Verá que puede tener dos (o más) lados respecto de él y que, de acuerdo al que haya elegido, varía la gente que se agrupa en cada posición. ¿Le propongo un tema del que nadie quiere hablar? O casi nadie...
—Los qom. Ya lo dijo recién. Nadie se acuerda de Félix Díaz y sus reclamos. Es más, lo vi el otro día reclamando que por las desapariciones de su gente a nadie le importa.
—Yo le iba a proponer el fracking, o el derrame de cianuro, o el aborto, o la legalización de la marihuana, o la separación de la Iglesia del Estado, o la propiedad y su función social, o el sistema impositivo, por poner algunos temas en los que la sociedad suele dividirse en dos partes tajantes.
—Está claro que no necesariamente las personas quedan siempre del mismo lado en esas diferentes “grietas”.
—Ajá. Usté puede ponerse de acuerdo con un admirador del papa Bergoglio en la necesidad de proteger el ambiente y prohibir el fracking, ¿no? Pero pruebe ponerse de acuerdo en legalizar el aborto.
—Ah, le entiendo.
—Y en cambio, con un liberal de verdá (no con nuestros pseudoliberales, que realmente son conservadores) podrá hacerlo. O podrá coincidir en que cada persona tiene la potestad de consumir lo que quiera, porque (dice la Constitución) “las acciones privadas que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados”.
—Artículo 19, sí. Y en todo caso por qué algunas sustancias sí y otras no. Alcohol o tabaco sí, pero cannabis no…
—Pero difícilmente coincida con él en la necesidad de que el Estado intervenga para impedir la concentración en los medios de comunicación, pongalé.
—Si es un liberal de verdá, sí podría. Las democracias liberales no permiten que los medios se concentren en pocas manos precisamente para cuidar la libertad de expresión. Vea los Estados Unidos, o Inglaterra, donde si usté tiene un medio gráfico no puede tener una radio o una TV en ese mismo ámbito...
—Bueeeno. Tiene razón. Le cambio el ejemplo: no van a poder coincidir en la necesidad (o no) de que el Estado controle el comercio exterior, o el tipo de cambio.
—Le entiendo, quédese tranquilo. Pero ojo: el liberal ése o el católico aquel, podrán discutir con usté y acordar en el plano teórico. Pero en la real realidá, esos asuntos no se ponen en discusión. El modelo, el fondo del asunto, no se discute, se impone. Discutimos la espuma, la hojarasca, no lo que hay debajo.
—Esa es otra historia y, de nuevo, tiene razón.
—En parte, lo que impide que hablemos del fondo es que nadie concede nada, nadie reconoce nada. Y esa cerrazón, al no aceptar discutir lo que es evidentemente negativo y que no tiene ningún sentido defender, impide que podamos dar siquiera un solo paso en ninguna discusión.
—A ver si le entiendo. Deme un ejemplo.
—La violencia en las marchas como lo que pasó el viernes pasado en Capital, los destrozos tras la marcha por Santiago Maldonado. ¿Seguiríamos hablando de eso si los mismos convocantes repudiaran la violencia con claridad, en lugar de intentar defender, comprender o justificar a los violentos?
—Y no. Pero no se olvide que la propia justicia decidió soltar a las 31 personas detenidas después del acto. Hay demasiadas pruebas de que no estaban en la zona donde se produjeron los incidentes o de que fueron arrestados más tarde de lo que figura en los sumarios. O sea: una truchada. Claramente ésos no fueron los que hicieron los desmanes.
—¿Entonces?
—Entonces parece cada vez más claro que hay sólo dos posibilidades: los que hacen destrozos en marchas como la del viernes, o son imbéciles alienados egocéntricos que objetivamente contribuyen a deslegitimar el reclamo y a que no se hable de lo importante (¿dónde está Santiago?) y sí de ellos; o bien son infiltrados que buscan precisamente ese resultado.
—¡Con más razón! Si los desmanes fueron hechos deliberadamente por infiltrados, por gente que tiene el objetivo de causar esa deslegitimación, ¿por qué diablos no los repudian enérgicamente, al unísono, de inmediato, todas las organizaciones que participan de la convocatoria? ¿No es la mejor manera de dejar todo claro y de desalentar a futuros violentos?
—Sí. Pero las organizaciones, lamentablemente, tienen otra lógica. Que yo no comparto, le aclaro. Yo tampoco entiendo qué las lleva a callar ante ese tipo de cosas. E históricamente ha sido así en nuestra recuperada democracia. En eso comparto lo de Gandhi, que no es ninguna ingenuidad, sino una verdad que rompe los ojos y los oídos: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”. Si no querés reproducir o alentar la espiral de la violencia, tenés que ser muy claro en eso: hay que rechazar la violencia cuando se manifiesta, no justificarla con diferenciaciones entre `la violencia de abajo´ y `la de arriba´ y argumentos así. La violencia de arriba no puede combatirse con violencia de abajo. La violencia sólo puede combatirse denunciándola y renunciando a ella. Algunos creen que eso es cobardía. Al contrario: hay que ser muy valiente para renunciar a la violencia.
—Estoy de acuerdo. En eso parece que no hubiéramos aprendido nada del pasado reciente. Pero hay otro detalle: yo no tengo dudas de que todo esto refuerza la estrategia electoral del gobierno. Es decir: uno de los argumentos más fuertes, quizás el definitorio, para el que vota a Cambiemos -pese al nulo entusiasmo que provoca la gestión de Macri en ningún sector social, pese a la disconformidad con un montón de medidas, pese a la evidencia de que favorecen a los grupos sociales dominantes, pese a la clara conciencia de que sus funcionarios tienen algunos de los mismos vicios que los anteriores, pese a la cantidad de sectores populares que son desfavorecidos por las políticas oficiales, pese a la incoherencia de tener funcionarios riquísimos que tienen sus fondos en el exterior mientras claman por inversores- en fin, pese a todo eso, casi dos tercios de la sociedad argentina prefiere sin asomo de duda que sigan éstos y no que vuelvan los impresentables que gobernaron el país durante los últimos doce años.
—Es decir: al Gobierno le conviene polarizar con Cristina, le conviene hacerle creer a la sociedad que el reclamo por Santiago Maldonado es promovido o capitalizado por el kirchnerismo y sabe que destrozos como los del viernes en la Capital significan más votos para ellos en octubre.
—Permítame un toque de duda en “sabe”. Me parece que “cree”. No sé si es un hecho.
—Lo veremos en octubre, pero sí, creen eso. Están convencidos. Algo de eso hablamos un tiempo atrás: la represión garpa electoralmente mucho más que la corrupción.
—Yo igual no estaría tan seguro. Creo que un poquito de represión garpa, según a quién. Un exceso de represión, ya no. Y digo “exceso”, con toda malicia, para recordar el pasado reciente.
—Puede ser. Una de las cosas extrañas de la sociedad argentina es que es muy violenta verbalmente (en seguida se descalifica o se desprecia a quien opina diferente) pero rechaza la violencia efectiva, registrable, en todas sus formas: no quiere bombas Molotov contra gendarmes, pero tampoco quiere represión a manifestantes. Es como que, por ese lado, el pasado reciente dejó huellas muy fuertes.
—Sí. O al menos, me parece, que para la población una cosa es que se reprima a quienes están destrozando o incendiando sin ningún motivo, y otra cosa muy distinta es si se reprime a reclamos que considera legítimos.
—Por eso en parte la estrategia es empezar a deslegitimar los reclamos. La opereta de Lanata en ese sentido fue muy clara.
—¿A qué se refiere?
—¿No vio el programa que hizo Lanata sobre los reclamos de los pueblos aborígenes?
—La verdá que no. No quise verlo.
—Una obra maestra. Es el inicio de la reversión de la empatía que sus televidentes (que son el "colchón" electoral de Cambiemos) habían desarrollado en los años anteriores por otros pueblos originarios y sus luchas.
—Ah, claro, como el caso de los Qom.
—En efecto. Ahora Lanata les muestra cuán malos son los mapuches, y en general todos los pueblos originarios, para que puedan dormir tranquilos frente a la posibilidad de que el gobierno empiece a reprimir con mayor dureza.
—¿En serio? ¿Para eso fue el programa?
—No lo dude. Una obra maestra de la maldad. Hecho con la eficacia con que Lanata y su producción hacen sus cosas. A excepción del penoso mano a mano del propio Lanata con Facundo Jones Huala, este módico lonko de un grupito casi insignificante, elevado ahora a Che Guevara mapuche por obra y gracia del complejo mediático afín al gobierno. En ese mano a mano, Jones Huala quedó mejor que Lanata. Fue, como le digo, penoso. Había que escucharlo al fundador de Página/12, al ex “enfant terrible” del periodismo argentino, defendiendo la propiedad de Benetton y la legitimidad de la apropiación de tierras por parte de los grandes grupos. Le faltó justificar las 400.000 hectáreas de Lázaro Báez, aunque por ahora a tanto no llega...
—No sé si le estoy entendiendo.
—Es que si no vio el programa no es fácil.
—Explíqueme. No debe ser taaaaan bravo. Sé que entrevistó a Jones Huala, pero no mucho más.
—Sí, ese fue uno de los casos. Lanata mostró cuatro, uno peor que el otro, a saber: 1) Jones Huala, presentado como un terrorista, en un mano a mano en el que le discutía casi como si estuvieran en una mesa de un bar, con pobres argumentos (y peores los de Lanata que los del lonko). 2) Una comunidad trucha en Tucumán armada por la Iglesia para evitar desalojo, la comunidad Solco Yampa. 3) Un "cacique" diaguita trucho vitalicio en Salta, Armando Salva, hijo de un senador del PJ y que no habla lengua originaria alguna. Cuarto caso: Gabriel Cherqui, un empresario petrolero mapuche dirigente de la Confederación Neuquina y que hace negocios con Vaca Muerta.
—A ver: un terrorista, una comunidad entera trucha, un aprovechador y un empresario sucio. Linda mezcla. Inmejorable. ¿No encontró ningún caso de comunidades originarias luchando por sus derechos?
—No. Ni una sola muestra en contrario. Así, los "indios" son usurpadores, delincuentes, asesinos, corruptos y en el mejor de los casos, ¡pobrecitos!, son pobres, brutos, utilizados por aprovechadores o por políticos chorros. Impecable trabajo de dislocación semántica del periodista, irreconocible ya en su caricatura deformada y deformante de sí mismo. En ese mismo marco, a mí me resultó sumamente revelador escuchar a un invitado en el panel de “análisis”, Willy Kohan, diferenciando entre los cuatro casos: "No todo es lo mismo, con el diaguita se puede arreglar, pero al que ataca la propiedad, con ése no hay arreglo posible". Palabras más palabras menos: a ése fusílenlo.
—Exagera.
—Para nada. Y por supuesto, allí no convenía mostrar lo que cualquiera (basta que quiera) puede ver si anda por la Argentina: comunidades originarias a lo largo y a lo ancho del país, que van emergiendo desde el exilio interno al que los condenó el Estado argentino, que han recompuesto su identidad y su tejido social y su lengua y su cosmovisión y aparecen en paz, pero con absoluta firmeza y dedicación, a decir: "Existimos. Acá estamos. Háganse cargo de que nosotros también somos parte de la realidad".
—Dice bien, porque eso ya no fueron los españoles invasores. Fueron los organizadores de nuestra Patria, bastante lejos del mandato de los fundadores, San Martín, Belgrano, Artigas, Moreno, cuya actitud era muy diferente hacia los pueblos originarios.
—Por eso le digo que para mí el programa fue una notable muestra de cómo encarar "el problema aborigen" desde todos los prejuicios posibles: de clase, raciales, ideológicos, de status, etc. El conjunto construye un relato absolutamente arbitrario pero muy eficaz para que las clases medias argentinas (que hasta hace poco empatizaban fuertemente con los qom y demás etnias) puedan tener a mano un discurso justificador, que les proporcione tranquilidad moral para apoyar sus cabecitas culposas en sus suaves almohadas y dormir en paz mientras el gobierno al que votaron decide reprimir a todos los Jones Huala que aparezcan.
—Su cinismo no tiene límites. ¿Sabe cuál fue el tema de este domingo, una semana después? “El agite del odio”. Lanata diciendo: “noto que hay más odio”.
—No tiene vergüenza. Es la contracara de Cristina. Creo que nadie los supera en cinismo en este país. Nadie ha promovido el odio tanto como ellos. Pero dejemos acá, no quiero envenenarme más.
—Yo tampoco. Y está claro que eso les sirve a los dos, tanto al macrismo como al kirchnerismo. Se necesitan mutuamente, así como necesitan que no haya otra opción que no sean ellos. Y en eso los numerosos sectores de la izquierda se equivocan al no mostrar una cara sensata, lejos del kirchnerismo y capaz de crear algo superador. ¿Charlamos en quince días?
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