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05/07/2017 -  tiempo  7' 20" - 169 Visitas Anticipo del libro de la periodista Sabina Melchiori Las dos versiones del conflicto por las papeleras
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Sabina Melchiori en su libro se refiere a la construcción mediática del conflicto por las papeleras.
La materia prima del libro de la periodista de Gualeguaychú Sabina Melchiori, titulado La construcción mediática del conflicto por las papeleras, es el análisis del contenido de las noticias publicadas en un diario de su ciudad y en otro de Fray Bentos durante el conflicto con Uruguay por la instalación de las pasteras. Se usaron palabras antagónicas para hablar de lo mismo. Las personas que en Gualeguaychú eran presentadas como vecinos, asambleístas, comprometidos en una lucha por la vida, del otro eran piqueteros o activistas violentos. Y eso fue lo que miles de lectores recibían a uno y al otro lado del río. Así las cosas, el entenderse se volvió imposible, por eso el nombre Babel. Con prefacio del editor y columnista de La Nación José Crettaz y prólogo del docente uruguayense Luis Cerrudo, el libro fue publicado a través de la editorial de la Universidad de Concepción del Uruguay (UCU), donde primero el trabajo fue presentado por la autora en forma de tesis. Los medios construyen noticias y, a la par, construyen una relación de lealtad con sus oyentes o lectores, quienes confían en su relato como herramienta para conocer aquellos hechos de la realidad a los cuales no pueden acceder directamente.

La variedad de productos y formatos periodísticos se debe a la diversidad de públicos. Entre todos los medios que tenemos a disposición, elegimos a través de cuáles informarnos y, a partir de entonces, constituimos una opinión del mundo y tomamos decisiones.

La versión, puntualmente, del diferendo por las papeleras que recibieron los habitantes de una y otra costa del río Uruguay, fue distinta. Si circunscribimos la mirada a la zona inmediata al conflicto, esto es: Gualeguaychú y Fray Bentos (también Mercedes), podemos afirmar que las versiones fueron opuestas. Las mismas personas que a un lado del río infundían respeto y contaban con la confianza y la admiración de sus conciudadanos por haberse involucrado en una “lucha” por un medio ambiente sano, del otro eran presentadas como “piqueteros” y “activistas violentos”; el mismo sitio que para unos representaba una “resistencia civil pacífica”, para otros era el “piquete de Arroyo Verde”.

Como aquellos antiguos obreros de Babel, no parecía que estuvieran hablando de lo mismo.

En el caso que nos ocupa, el desentendimiento no llegó por un castigo divino a partir del cual los hombres empezaron a hablar diferentes lenguas, sino por la manera en la que se fueron interpretando los hechos. Según el relato del capítulo 11 del Génesis, la dificultad para comprenderse frustró la construcción de una inmensa torre mediante la cual los hombres pretendían llegar al cielo; en este caso, resintió la relación entre los vecinos de una y otra orilla y fue llevando lejos aquel objetivo primigenio de oponerse juntos a la instalación de fábricas de pasta de celulosa; devino la desunión y un conflicto social que lastimó. Y mucho.

La pregunta que inevitablemente surge es: ¿por qué?

En un artículo publicado en 2001 en el diario La Repubblica, de Italia, Umberto Eco escribió: “…el hombre tiene cinco necesidades fundamentales (en este momento no consigo encontrar otras): la alimentación, el sueño, el afecto (que incluye el sexo, aunque también la necesidad de vincularse al menos a un animal doméstico), el juego (o hacer algo por el puro placer de hacerlo) y el preguntarse por qué. Las he puesto en orden de irrenunciabilidad decreciente, pero es cierto que el niño, tras haber mamado, dormido, jugado y aprendido a identificar a papá y a mamá, en cuanto crece pregunta el porqué de todo. Las primeras cuatro necesidades las compartimos también con otros animales, la quinta es típicamente humana y exige el ejercicio del lenguaje”.

Nos preguntamos, entonces: ¿Por qué los habitantes de Gualeguaychú y Fray Bentos, aparentemente tan parecidos y hermanados, no reaccionaron del mismo modo ante la instalación de las fábricas de pasta de celulosa? ¿Pueden las palabras ser tan poderosas y ocasionar una ruptura social?, ¿por qué?
Por último, si consideramos que “la forma como se construye socialmente la realidad es asignándole sentido, es decir, nombrándola, ¿qué papel jugaron los medios de comunicación?, ¿por qué y cómo se llega a creer en sus discursos?

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Todos quienes pretendemos recibir información lo hacemos principalmente a través de los medios de comunicación periodística. Leemos el diario, encendemos la radio, abrimos una página web de noticias, o nos detenemos en un programa informativo ante el televisor porque hemos depositado en estos medios la confianza para conocer aquello a lo que no podemos acceder directamente. Recién entonces, a partir de lo que los medios que consumimos nos muestran, formamos en gran medida nuestra opinión y tomamos decisiones.

Ingenuamente, muchas veces creemos que los medios dan a conocer la realidad cuando en verdad lo que publican es apenas un recorte (su recorte); que las noticias son hechos cuando no son más que su construcción y desconocemos que entre cada mañana y cada noche cientos de acontecimientos son descartados para priorizar otros.

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Como parte de las llamadas rutinas productivas, los medios de información periodística no solo recolectan y seleccionan de la realidad lo que darán a conocer, también resuelven el modo en que lo harán. Es decir, establecen el qué y el cómo, lo cual no es un hecho menor. Se trata, nada más y nada menos, que de escoger las palabras para describir el escenario social y su contexto, es la manera en la que los medios construyen (o reconstruyen para sus audiencias) la realidad. Lo dijo Roland Barthes: “…el lenguaje nunca es inocente: las palabras tienen una memoria segunda que se prolonga misteriosamente en medio de las significaciones nuevas”.

Pensemos. La carga semántica que tiene “activista”, no es la misma que tiene “vecino”. Optar por una u otra, al momento de elaborar el discurso informativo, condiciona la representación que de dicho sujeto vaya a realizar el público receptor y va estableciendo así su visión de los hechos.

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En cada palabra y en cada lugar asignado para cada palabra hay una elección, y en las elecciones está, inevitablemente, la impronta de los sujetos.
Al definir la comunicación como una experiencia antropológica, Wolton explica que “así como no existen hombres sin sociedad, tampoco existe sociedad sin comunicación. En esto la comunicación es siempre, a la vez, una realidad y un modelo cultural. . . No existe la comunicación en sí misma, ella siempre está ligada a un modelo cultural, es decir, a una representación del otro, porque comunicar consiste en difundir, pero también es un interactuar con un individuo o una colectividad. El acto banal de la comunicación condensa en realidad la historia de una cultura y de una sociedad”.

Detrás de cada palabra que ha sido dicha o escrita hay un ser humano que arrastra consigo, desde el momento en que nació, vivencias que lo han ido definiendo y posicionando en una determinada sociedad que, a su vez, reúne características que la diferencian de otras sociedades. De modo que el mensaje, además de estar condicionado por aquellos hacia quienes va dirigido ─ya que es elaborado y emitido pensando en un público determinado─, también está condicionado por quien lo emite en su doble condición de ser individual y social. Por lo tanto, un acontecimiento puede ser transformado en noticia de tantas maneras como periodistas haya en el mundo.
Quienes en Gualeguaychú elaboraron las noticias relativas al conflicto entre Uruguay y Argentina por la instalación de fábricas de pasta de celulosa en el río Uruguay, evitaron el uso de las palabras “piqueteros”, y “activistas”, para referirse a los integrantes de la Asamblea Ciudadana Ambiental, o a quienes en su apoyo participaron de las acciones en contra de las pasteras, aun cuando estas acciones implicaban interrumpir el tránsito de una ruta. En Uruguay, en cambio, fueron precisamente esas las denominaciones que más se utilizaron en los relatos periodísticos.

Mientras en Gualeguaychú se enaltecía las acciones de la Asamblea Ciudadana Ambiental con titulares heroicos como “De pie, de frente, convencidos, en paz” y los cronistas describían movilizaciones de las que participaban “hombres, mujeres y niños portando las banderas características de la lucha”; en Fray Bentos se titulaba: “Uruguay define qué hacer con los activistas violentos”.

Lo que a un lado del río fue el “piquete de Arroyo Verde”, del otro fue una “resistencia civil pacífica”. Así lo entendieron tanto los comunicadores, como la generalidad de los vecinos.

A la par de la fábrica, fueron construyéndose dos realidades paralelas.



(Más información en la edición gráfica número 1062 de la revista ANALISIS del 6 de julio de 2017)
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