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06/07/2017 -  tiempo  3' 52" - 146 Visitas De Vicenzo, entrevistado por el Gordo Puchulu, hace un cuarto de siglo, en Concepción del Uruguay ¡Música, maestros!
El golf puede ser que no sea tu deporte preferido. Personalmente, no es el mío.
Pero invito a un acto de magia. Que leas las respuestas de Roberto De Vicenzo.
Descubrirás a un hombre que se hace Maestro con el correr de los temas. Eso te hará crecer, compartir, abrir las puertas de la imaginación y acompañar con alegría el vuelo del viento de la libertad y la humildad.
Por Juan Luis Puchulu

Roberto De Vicenzo llegaba a Concepción. Era un acontecimiento de lujo, tener entre nosotros a ese maestro. Él llegaba y lo recibíamos a Fangio, Juan Gálvez, Vilas, Monzón, Sabatini, Froilán González, Moreno, Pedernera, Bielsa, Menotti… Era estar con todos ellos, en una sola persona. Llegaba un maestro serio y auténtico. El que recorrió no menos de 50 veces el mundo, tan sólo diciendo: “Soy argentino, me llamo Roberto De Vicenzo” y las puertas se abrían porque eran una marca distinguida de decencia y honestidad.

Nos visitaba el integrante de los salones de la fama. El que tiene torneos y hoyos con su nombre. El ganador del Open Británico y el perdedor de Augusta por una tarjeta mal anotada. El tres veces campeón mundial. El que ganó 321 campeonatos. El que no olvidaba sus orígenes humildes y los recordaba con orgullo. El Señor, adentro y afuera del green. El maestro llegaba al otro día.

Otro maestro, pero del periodismo, el profesor Visagno, me encontró en el pasillo de la radio y me preguntó: “¿Sabés quién viene mañana?”

—Yo no se nada de golf –le dije anticipándome a lo que vendría-.
—Bueno, —se hizo silencio y me replicó con esa natural autoridad que emanaba de él—. Hablá de la vida. Pero esa nota se hace y la hacés vos, ¡sólo vos!
Repasé mis conocimientos. Eran nulos. Sólo me acordaba de un cuento de Oscar Bisonte Allende y el golf, algo no favorable a ese deporte, lo cual me llevó a pensar que no sería un buen inicio.

En casa encontré algunos papeles que hablaban de golf y el maestro. Me los aprendí un poco. Pero pensé que me quedaba una chance y era que Mito me dijera algo como “imposible, a la mañana tiene una clínica, a la tarde se realiza el torneo y después regresa a Buenos Aires”. En consecuencia, el sábado a la mañana, me iría sin culpa a la Peña 25 de Mayo a tomar Marcela con los amigos.

Venciendo prejuicios, inhibiciones, falta de conocimientos y vergüenza profesional, lo hablé a Mito Mir. La respuesta fue digna de un tipo generoso como él: “venite al diario La Calle a las 10 de la mañana y es todo tuyo”. ¡Me mató!

Llegó el día. Después de las presentaciones, me negué a entrevistarlo primero. Reclamé aireadamente que debía hacerlo el diario que era su anfitrión, por lo tanto debía dar la primicia. En verdad, lo que yo quería era escuchar algunas cosas como para entrar en tema. Fue imposible. Dialogamos más de dos horas. La charla fue riquísima, muchas veces hasta coloquial. Tenía la sensación de hablar con un amigo de toda la vida. Nunca marcó distancia ni diferencia. Me trató con la humildad de los grandes y ante mi analfabetismo practicó el humor de los inteligentes.

En el propio escritorio de Mito, en medio de fotos de Gardel, F. González, Fangio, Landriscina, Bordeau, Leguizamo, estaba a menos de un metro de la leyenda. Él naturalmente me hablaba del mundo y enfrente estaba yo, que de la misma manera hablaba con dificultad de los barrios de Concepción. Ésa era la kilométrica distancia entre él y yo.

Esa historia viva del deporte me miraba a los ojos preguntando… “Dale pibe, ¿qué es lo que querés saber? Hablá”. Y yo mudo.

Mentalmente me puteaba por no haberle preguntado algo a Lucio, no haber hablado con Mito o escuchado al Polaco cuando hablaba de golf en casa. La situación no tenía retorno. Sabía que nadie vendría a rescatarme. Eso sólo sucede en las novelas o en las películas. Era él y mi silencio. Era él y mi desconocimiento. Era él y mi ignorancia. Mentalmente me acordé del profe y su sentencia: “tenés que hacer la nota, vos la tenés que hacer”.

Tomando un coraje que no tenía, le tiré una pregunta fina, profunda y llena de inteligencia: “¿Qué tal, maestro?”. Él de inmediato entendió la situación. El otro que entendió fue Mito, que lleno de vergüenza se fue de su escritorio. Estaba seguro que él le había dicho la verdad… “Maestro, el primer reportaje es para la radio. El barbudo es amigo, sólo sabe de noches, de lunas, bolichos, guitarra, poemas y cuentos. Pero nada de greens, hoyos, ni putter. Quedamos solos cuando aún flotaba, el “¿qué tal?”.


(Más información en la edición gráfica número 1062 de la revista ANALISIS del 6 de julio de 2017)
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