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13/04/2005 -  tiempo  30' 56" - 18146 Visitas Anticipo del libro "Las flores de Fernanda" Capítulo IX: La horca
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La muerte de Lencina sigue generando dudas en torno a la investigación del Caso Fernanda.
La muerte del principal imputado por el secuestro de la joven Fernanda Aguirre, Miguel Angel Lencina, siempre fue una incógnita. Apareció colgado en un patio de la celda de la Comisaría Quinta de Paraná y su deceso de inmediato se determinó como consecuencia de un suicidio. Sin embargo, alrededor de su fallecimiento aparecieron gruesos errores en la investigación judicial, que nunca citó a declarar a personal de la División Homicidios –de quien realmente dependía el ex recluso- ni tampoco se profundizó sobre los extraños traslados que sufría casi diariamente. Una tarde lo sacaron a las 16.10 y lo regresaron a su celda al día siguiente, poco antes de las 5 de la madrugada, pero nadie le pidió explicaciones a los policías. Lencina fue coaccionado y sufrió apremios ilegales, pero optó por no denunciarlos. “Doctora, nos tiene que dar una mano en esto. Usted, que está cerca de los Lencina, tiene que ver la forma en que este hombre nos diga dónde está la piba”, le dijo por teléfono a Nora Lanfranqui el jefe de la División Homicidios, Carlos Catena, poco después de la detención de Lencina.

La abogada se sorprendió con la comunicación. Por lo general, no la llamaban a su celular hombres de la Policía de Entre Ríos. “Déjeme ver que puedo hacer, Catena”, le respondió, sin dejar mucho margen para continuar el diálogo. Subió al auto y enfiló hacía calle Hernandarias al final, donde viven los Lencina.
Esther Torres estaba tomando unos mates con su marido, rodeada de sus teros, sus perros y algunos de sus nietos. Lanfranqui la encaró y le planteó lo que le había pedido Catena.

-¿Quieren que colaboremos después de la garroteada que me dieron estos hijos de puta? -se indignó Esther.
-Les dije que se les había ido la mano, que esas cosas no se hacen, menos en estas circunstancias. Y se disculparon. Sucede que los muchachos están algo nerviosos también; hay que entender… Tienen a toda la prensa nacional encima, el gobernador pidiendo explicaciones todo el tiempo, no es fácil, Esther.
-Bueno, está bien, si usted me lo pide, yo trato de darles una mano. ¿Qué es lo que hay que hacer?
-Quieren que trate de hablar con Miguel, a ver qué le dice.
-¿Ahora?
-Si, quieren que la lleve ahora.

Lencina había ingresado a la Comisaría Quinta a las cinco y media de la mañana del sábado 31 de julio. La seccional policial -ubicada en el populoso barrio La Floresta- siempre estuvo identificada con casos de apremios ilegales y hasta las desapariciones de algunos jóvenes, a comienzos de la década del noventa. Miguel quedó incomunicado en una celda ubicada a unos diez metros de la puerta principal. Ese día, a las 13.30, le llevaron el almuerzo y no quiso aceptarlo. “Estoy en huelga de hambre hasta que me digan por qué me tienen acá y de qué me acusan”, le manifestó al guardia. Una hora después llegó personal de la División Homicidios junto a un médico policial; le hicieron la revisación de rutina y se fueron. A las 14.35 fue trasladado al Juzgado Federal de Paraná, a prestar declaración indagatoria ante el fiscal Mario Silva. Tuvo que esperar hasta poco después de las 17. En ese ínterin preguntó por su mujer. Sintió que lo estaban tratando bien, así que optó por no quejarse ni hablar demás.

-¿Le puedo escribir una carta a mi esposa? -le consultó a uno de los funcionarios judiciales.
-No creo que haya problemas.
El funcionario pidió la autorización, nadie se opuso y retornó con un par de hojas membretadas y una birome.
-¿Se la van a dar a la carta? -preguntó desconfiado.
-Hoy mismo.

Le retiraron las esposas y se puso a escribir en las hojas, debajo del encabezamiento, que decía “Fiscalía Federal de Paraná”:

“Hola amor mío, ¿cómo estás? Yo sin ganas de vivir. Vos sabés que para vivir en estos, no con estas cosas y esta injusticia y lejos de todo de mis dulces cosas que son nuestros hijos. Amor, no te pongas mal. Todo va a salir bien. Vos sos inocente como yo pero lamentablemente nos han cortado las alas que tanto queremos. Si me llega a pasar algo cuidá de los chicos que yo desde el cielo los voy a estar cuidando. Y más allá de lo que digan de mí, siempre hablale a los chicos de mí. Y deciles que los amo con todas las fuerzas del alma y que su papá no es un secuestrador, ni violador. Y con respecto a vos, lamento con el alma que estés pasando por esto, amor. Siempre serás la persona y la mujer que alimentó mi vida, pero estoy dispuesto a dejar de existir a sufrir esta injusticia. Yo no sé qué harás, pero quiero que sepas que voy a morir pensando en vos y en el cielo te esperaré. Amor, me despido de vos y de los chicos. Con todas mis fuerzas y nos vemos muy pronto en el cielo. Te amo. Miguel, tu esposo.”

Lencina agradeció la atención e ingresó a declarar ante el fiscal Silva. Lo llevaron de regreso a la comisaría a las 21.25. Los hombres de la División Homicidios -quienes tenían el control de Lencina- se quedaron en la dependencia policial hasta las 22.10, según consta en el Libro de Guardia. Al parecer, en ese lapso se produjo el primer apriete; habían esperado a que declarara primero. Le llevaron la cena a las 22.50, pero de nuevo la rechazó. “No voy a comer y no me jodan”, avisó desafiante.

El domingo volvió a adoptar la misma actitud a la hora del almuerzo. El jefe Ernesto Geuna llegó a las 13.30, fue hasta la celda de Lencina y le dijo un par de cosas sobre la necesidad aportar datos sobre la desaparición de Fernanda, pero no obtuvo ninguna respuesta. Lencina parecía no verlo; era como que no había nadie delante de él. Sin lograr su cometido, Geuna abandonó la seccional a las 14.45. Antes de retirarse, avisó que Esther Torres podía hablar con su hijo, pese a que estaba incomunicado, según lo dispuesto por Silva.

La mujer llegó con Nora Lanfranqui a las 16.55. En la puerta de la comisaría las esperaba Carlos Catena, a cargo de la investigación de acuerdo a las directivas de Geuna.

-Doctora, le quieren hablar por teléfono -dijo Catena, mostrándole a Lanfranqui el celular y alejándola de la madre de Lencina.
-¿Quién es?
-El gobernador.

Jorge Busti siempre tuvo una buena relación con la abogada. Le insistió para que tratara de sacarle información a Lencina y también le pidió que luego fuera a la Unidad Penal de Mujeres a hablar con Mirta Cháves.

“Doctor, yo no voy a entrar a hablar con Lencina porque él me conoce y quizás se moleste con mi presencia, pero sí hablará con él mi socio. Mejor me voy a la cárcel de mujeres directamente”, le explicó Lanfranqui al gobernador.
Esther Torres y el joven abogado Humberto Franchi ingresaron a la celda. Estuvieron no más de cuarenta minutos.

-Mire Miguel, estoy aquí para tratar de defenderlo en el caso, ante la grave acusación que existe sobre sus espaldas y en la medida en que usted me cuente qué fue realmente lo que pasó, lo ayudaré -arrancó Franchi.
-Yo no tengo nada que ver con el hecho, doctor. No estuve en Paraná, sino en San Martín de las Escobas el otro fin de semana.
-Trate de sincerarse; su mujer nos acaba de decir otra cosa. Nos reconoció que estuvo con usted en Paraná -le retrucó el letrado, ensayando un ardid, puesto que nunca había estado con Cháves.
-¿Cómo que Mirta dijo eso? Es mentira, es mentira, estuve en la provincia de Santa Fe.

Lencina no se movió de sus dichos. Es más: hasta le contó en detalle al abogado lo mismo que le había dicho el día anterior al fiscal Silva. Franchi, que había llevado una libreta de apuntes, anotó cada uno de los puntos. Esther sabía que su hijo mentía: había estado con él en su casa ese fin de semana. Pero no dijo nada. En un momento, el abogado se alejó para ver si Miguel le confesaba algo a su madre, pero tampoco habló.

Franchi y Esther Torres volvieron a concurrir a la comisaría el lunes 2 de agosto a las 11.20. Llegaron acompañados por el comisario Catena, pero el policía se quedó en la entrada. La visita se frustró a los diez minutos cuando llegó un aviso que comunicaba que un grupo de vecinos estaba yendo hacia el lugar para copar el edificio y linchar a Lencina. Los policías dispusieron un rápido operativo en las inmediaciones y reforzaron la custodia del detenido, pero fue una falsa alarma: nadie llegó a la seccional.

Pese a la interrupción, Esther Torres aprovechó los minutos en que estuvieron a solas, arrinconó a su hijo y logró sacarle algo de información.
-¿Qué le hiciste a la nena, Miguel?
-Le tuve un rato desnuda, atada a un árbol. Le até las manos con la remera…
-¿Pero después qué le hiciste?
-La tuve que fondear.
-¿Pero dónde, por favor?
-En un pozo de la zona.
La madre de Lencina recién informó este dato a un alto funcionario del gobierno entrerriano cinco meses después.

Esa tarde, Miguel volvió a ser trasladado al Juzgado Federal, esta vez para una rueda de reconocimiento. Allí se reencontró con su mujer.
-¿Puedo estar con ella un ratito? -preguntó.
-No. Tal vez el fiscal lo autorice después del reconocimiento.
Así fue. “Tienen solamente diez minutos”, les informó un empleado.
Mirta se asustó cuando vio los cortes que tenía Miguel en el rostro. También notó un golpe en la frente y otro en la mejilla izquierda.
-¿Qué te pasó?
-Nada, no te preocupes, no me pasó nada. ¿Sabés algo de los chicos?
-Están bien, los fue a buscar papá el domingo y los llevó a Gualeguay. Papá me dejó esta bolsa de caramelos de menta, pero a mi no me gustan. Tomá, para vos…
-No me gustan mucho, pero igual gracias.
-Recibí tu carta. ¿Vos estás loco? ¿Qué es lo querés hacer? ¿No pensás que tenemos tres hijos que nos están esperando?
-Está bien. Tenés razón, tranquilizate, tranquilizate…
-No, vos tenés que tranquilizarte. Prometeme que no vas a hacer ninguna locura.
-Está bien, quedate tranquila.

*****

Lencina fue varias veces trasladado, al parecer al Juzgado Federal, para diferentes trámites. Siempre lo llevaban en patrulleros o en móviles de la División Homicidios, cuyos hombres eran los que más lo apretaban para que hablara. Durante su estadía en la comisaría, nunca quiso almorzar o cenar, a excepción del último día. Hay quienes señalan que su huelga de hambre no era voluntaria, sino inducida. Algunas veces, quienes le llevaban la comida la escupían delante de su cara, se la orinaban a su vista o le agregaban excrementos. “Total, nadie le va a creer lo que diga, si es que se anima a denunciar”, se burlaban.

El odio policial para con Lencina se podía sentir en cada rincón de la comisaría. A presos con historias como la suya, los uniformados se la tienen jurada y aprovechan para vengarse cuando los tienen a su disposición en dependencias policiales. Miguel nunca demostró temor; por el contrario, los desafiaba permanentemente, como si fuera parte de un juego psicópata y perverso.

-¿No la encontraron a la chica, no? No la van a encontrar, manga de inútiles -les repetía cada vez que lo iban a apretar.

Lo único que no quería Lencina era que lo trasladaran al penal de Paraná. Y los policías lo torturaban con ese tema. “Son las últimas horas que vas a estar acá, hijo de puta, después te llevan a la cárcel y te van a volver a romper el culo como cuando eras chico. Pero esta vez, además de romperte el culo, te van a matar despacito”, le señalaba un conocido oficial. “Ahí tenés, después de la cagada que te mandaste, los diputados prohibieron toda salida transitoria para los presos. Les cagaste la salida a todos tus compañeros y vos sabés bien que eso no se perdona”, lo asustaban.

Lencina nunca denunció apremios ilegales o tortura psicológica. Algo le comentó al pasar a su madre, pero sin darle demasiada trascendencia. “Yo me la aguanto, Mita, estos no saben con quién se meten”, exclamaba, como para que los policías lo escucharan y recordaran lo que le había pasado a la sobrina de un guardiacárcel en 1994. “Si es necesario, me voy a matar, Mita, pero nunca les voy a dar el gusto a estos hijos de puta”, llegó a decirle a su madre.

El martes 3 de agosto lo sacaron a las 16.10 de la comisaría porque lo requerían en el Juzgado Federal. Lo llevaron de regreso recién a las 4.50 de la madrugada del día siguiente. Lo trasladó el móvil 115 de la División Homicidios. Nunca se supo a dónde lo llevaron. Las oficinas de la Justicia Federal habían extendido su horario de trabajo por la investigación del caso Fernanda, pero no más allá de las 2.30, sobre todo porque la actividad comenzaba al día siguiente a las 7.

Pero nadie le preguntó a Catena adónde habían ido con Lencina. El comisario, recibido como oficial en 1981, tenía antecedentes como golpeador, pero siempre se las ingenió para zafar. Se inició en la Comisaría 11 de Paraná en la que, en la década del noventa, trasladaron a casi todos los efectivos después de la feroz golpiza que les propinaron a varias personas, a las que acusaban erróneamente de la muerte de un chico sucedida en los corsos. Hay quienes también recuerdan a Catena como uno de los oficiales que no dudó en reprimir durante los saqueos ocurridos en Paraná en diciembre de 2001, fundamentalmente en la zona del supermercado Wal Mart, donde cayó muerta la adolescente Romina Iturain, de quince años, a raíz de una bala perdida policial. Catena estuvo durante varios años en la Comisaría de Bajada Grande. La causa, a manos de la entonces jueza de Instrucción Susana Medina de Rizzo, hoy vocal del Superior Tribunal de Justicia, nunca se profundizó. Cuando la magistrada solicitó a la policía que informara quiénes estaban de turno en esa zona y portaban armas, la respuesta fue inteligente y no permitió avanzar. La conducción explicó que a esa zona no solamente estaba asignado personal de la Comisaría de Bajada Grande, sino también hombres de diversas divisiones, por lo cual había que controlar el armamento de no menos de doscientos policías para intentar determinar de dónde había salido la bala.

Catena no dudaba en perseguir a los jóvenes de la zona, en su jeep blanco o su moto Honda 650. “Ya te voy a dejar pegado con drogas o armas”, solía advertirles a quienes no obedecían sus directivas. Los fines de semana se divertía con los pibes, muchos de los cuales regularmente se veían rozados con hechos delictivos cometidos en esa jurisdicción, donde conviven familias de diversas extracciones sociales. Los sábados a la noche hacía una ronda, después de las 22 y les indicaba: “Al que no se queda dentro de su casa a partir de las once, me lo llevo preso”. Cualquiera que desobedecía, terminaba encerrado durante todo el fin de semana, sin ningún tipo de orden judicial. En la dependencia había una habitación acondicionada, de tal modo que no se pudieran oír los gritos desde el exterior. Los golpes o la aplicación de picana, conectada a una pequeña batería, eran moneda corriente en el lugar. Con otros era más benévolo: se hacía limpiar las botas, los obligaba a higienizar toda la comisaría o bien les aplicaba lo más parecido a una instrucción militar, con la realización de saltos de rana o abdominales en forma continua. Era como un divertimento para el comisario. De todas maneras, en la fuerza siempre se lo consideró como “un buen investigador”.

*****

No dejarlo dormir a Lencina era parte del plan de presión psicológica orquestado por los policías. No obstante, ese miércoles 4 de agosto había logrado conciliar un rato el sueño cuando lo despertaron para avisarle que había llegado una carta de su mujer. “Te la damos porque es un pedido de la Fiscalía Federal”, le explicó un oficial. Miguel lo miró fijo y le hizo una leve mueca.

La misiva había sido escrita también con membrete de la Justicia Federal:
“Hola cielo ¿cómo estás? Me parece que no bien, como yo. Ya leí tu carta y te digo que no es mucho agrado. También sé que estamos injustamente acusados, sin motivo. Tengo ganas de verte aunque sea una vez más. Mis ganas de vivir son como las tuyas. Dejar todo e ir ídem contigo, al cielo. Te amo con todo mi corazón y ahora voy a estar con vos en donde estés. Te ama, tu esposa. Te amo mucho (tontito mío). Any.”

Lencina volvió a ver a su mujer el jueves, en las primeras horas de la tarde. A las 16.35 lo buscó un móvil de Homicidios y lo llevó al Juzgado Federal. Mirta había llegado antes y preguntó si le podía escribir otra carta a su esposo. “No hay inconvenientes”, le mandó a decir el fiscal. Nadie le explicó que él iba a llegar de un momento a otro. De nuevo le dieron hojas membretadas y el defensor oficial, Carlos Ferrari, le prestó una birome.

La mujer escribió la nota en el despacho de Ferrari:

“Hola cielo. No creo que estés en un buen momento, como yo. Quiero decirte que este sufrimiento tiene que acabar para ambos. Principalmente a vos. Yo después de todo te amo y mucho. Ah, los chicos están bien, gracias a Dios. Yo, tirando. Amor, tu sufrimiento es hoy y hoy tiene que terminar. Yo ídem con el cielo, después, como dos alas que se vuelan a un lugar. Esta vez yo te gané; te amo más. Quedate tranquilo, yo voy a estar bien, cielo. Me despido con un adiós y que te amamos mucho, los chicos y yo. No dudes que te aman tu familia. Tu esposa Any, te ama”.

Apenas llegó, Lencina la vio a Mirta, pero esta vez no pudo hablar con ella, aunque enseguida le entregaron la carta.

A las 0.41 del jueves 6 de agosto lo volvieron a llevar a la celda de la comisaría. Esta vez lo trasladó un móvil de la Policía Federal, tal como tendría que haber sido siempre. Eran las 7.15 de la mañana cuando el oficial ayudante Ernesto Barón y el cabo Andrés López -quienes habían tomado la guardia poco después de las 6- comenzaron a recorrer las celdas. Intentaron despertar a dos hombres que estaban detenidos por contravenciones, pero decidieron dejarlos dormir un rato más. “Están muy borrachos”, comentó uno de ellos. Juan Carlos Annichini, de cuarenta años, había sido detenido el día anterior a la mañana, por lo que resulta extraño que estuviera ebrio.

Ambos policías acudieron a la celda de Lencina. Abrieron la puerta del patio interno y lo encontraron durmiendo. Lo despertaron y le pidieron que retirara todas sus pertenencias al patio. Lencina no hizo problemas; tomó el colchón, la frazada y salió. Lo pusieron contra la pared, le hicieron abrir las piernas y lo revisaron.

-¿Y esto qué es? -preguntó el cabo, al inspeccionar la campera del recluso.
-Son las cartas de mi esposa, me las dieron ayer en el Juzgado Federal.
López abrió el sobre y halló los escritos de Mirta Cháves. También le encontraron la bolsa de caramelos de menta.
-¿A usted no le dijeron que no puede tener nada en la celda? -inquirió el otro policía.
-Sí, pero esto no es nada…

Le devolvieron las cartas y los caramelos y mientras Miguel guardaba las cosas vieron que tenía otro papel.
-¿Y eso, Lencina?
-Es el recibo de mis pertenencias, de cuando entré a la comisaría.

Barón y López revisaron el colchón sin forro y la frazada celeste, una de la tanda comprada un mes antes en el supermercado Wal Mart. También vieron una botella de plástico, aparentemente con agua, a la que no le dieron mayor trascendencia. “Vuelva a su celda; está todo bien”, le dijeron. Lo vieron acostarse y le avisaron que le dejaban la puerta abierta por si quería salir al patiecito.

El agente Ramón Manuel Mena ingresó a las siete de la mañana a la seccional. Es el encargado de la cocina, pero también se ocupa de la limpieza. Lavó la cocina, barrió el patio y el garaje. Cerca de las nueve fue al pasillo de las celdas para continuar con su labor. Se asomó a la que ocupaba Lencina y le preguntó si necesitaba algo, pero se sorprendió porque nadie le contestaba. Miró y vio que no estaba. Cuando se dio vuelta, lo divisó colgado del techo de rejas del patio interno de las celdas. Salió corriendo y a los gritos, aunque casi no podía hablar de los nervios. Varios policías fueron rápidamente al patiecito y observaron a Lencina pendiendo de un trozo de frazada, con un buen nudo tanto en los barrotes como en el cuello. Lo descolgaron e intentaron reanimarlo, pero ya era tarde. “Se paró arriba de la puerta de la celda y se colgó”, explicaron de inmediato.

Según el croquis realizado, desde el piso hasta el techo de barrotes hay 3,42 metros. Lencina medía 1,73. Lo lógico hubiera sido que hubiese colocado el trozo de frazada bien arriba de la puerta de la celda, de 1,34 metros. Pero no fue así, sino que la tela estaba atada algo alejada de la puerta, que tuvo que abrir para subirse y colgarse. Según los peritos, Lencina se paró en la punta de la puerta de la celda -lo que resulta prácticamente imposible, salvo que haya tenido un pasado de trapecista de circo del que nadie supo- y se colgó. Desde la punta de la puerta hasta donde estaba puesta la frazada había 1,46 metros. Si se paró en la primera barra de la puerta, la distancia hubiera sido de casi 1,66 metros y precisaba también margen para colocarse la frazada y poder maniobrar.

Los policías de la guardia le comunicaron urgente la novedad a Ernesto Geuna. El jefe policial lo llamó al celular al secretario de Seguridad, Justicia y Derechos Humanos, José Carlos Halle, quien en ese preciso momento se encontraba acompañando a Jorge Busti en su despacho, junto a un periodista del canal Todo Noticias, que tenía un móvil en vivo para hablar de la investigación por el caso Fernanda.

-Se mató Lencina -le susurró Halle, totalmente pálido.
-¿Cómo que se mató?
-Lo encontraron ahorcado en un patio pegado a la celda.
-No, no puede ser, es una locura, es una locura; no puede ser que no lo hayan cuidado. Hay que echarlos a todos los policías de ese lugar… -se enfureció Busti.

Lo interrumpió el periodista de TN. “Gobernador, disculpe, pero me dicen que estamos a cinco segundos de salir al aire”, le indicó. El cronista le perdonó la vida: le hizo una nota breve sobre la investigación, pero no dijo nada sobre lo que había escuchado. “Volvemos en instantes”, cerró el periodista. A los cinco minutos Todo Noticias daba a conocer la primicia y transmitía una nota en vivo al secretario Halle.

*****

El primero en llegar al lugar fue Geuna. Entró y enseguida salió a la puerta, a responderle a los más de veinte periodistas que rápidamente se apostaron en el lugar, acompañados de numerosos vecinos de la zona que corrieron para ver qué pasaba y, de paso, para salir en televisión. “Se ahorcó con una frazada que le dimos porque hacía frío. La cortó con los dientes. Se encontraron restos de la tela en su boca”, precisó. Geuna nunca se enteró -o no quiso enterarse- de que Lencina tenía varios dientes postizos. El odontólogo del penal de Concepción del Uruguay, Carlos Vieyra, le había hecho cuatro prótesis dos meses antes, que reemplazaban a los cuatro dientes antero-superiores: los incisivos centrales y los incisivos laterales. Tenían ganchos a los costados y, por ende, con ellos no se podía hacer demasiada fuerza.

A las 9.35 llegó el juez de Instrucción Ricardo González y a los pocos minutos aparecieron los integrantes del Gabinete de Criminalística y los médicos forenses. La presencia que no se entendió fue la de la defensora oficial Mirta Acuña, quien incluso, apenas llegó, hurgó en el cadáver, agarró las cartas que habían encontrado y se puso a leerlas en voz alta como si nada. La hizo callar uno de los médicos, advirtiéndole de su desubicada actitud. Acuña fue la primera que salió a la puerta de la comisaría -como representante judicial, aunque no tenía por qué estar allí- a dar explicaciones ante los medios. El cuerpo de Lencina estaba aún caliente en la dependencia policial, pero para la defensora oficial el hecho estaba totalmente aclarado. “Se ahorcó con un trozo de frazada y fue su mujer quien lo indujo al suicidio. Eso queda claro en las cartas que encontramos”, aseveró. “Yo leí las cartas porque pensé que explicaban el suicidio, pero eran de la esposa.
Una es del día 2 y la otra del día 5. Las dos hablaban en el segundo párrafo de la decisión que habían pensado y que era la única y la mejor”, detalló. Y apuró una conclusión: “La mujer le decía que lo amaba y que se iban a encontrar en el más allá. Eso habla a las claras de que el suicidio había sido conversado con ella”. A las pocas semanas, Acuña pidió la jubilación por invalidez en la justicia entrerriana -pese a que es una mujer que apenas supera los cincuenta años. Meses antes, su hijo -que es analista de sistemas- había sido nombrado como oficial ayudante en el área de Informática de la Policía de Entre Ríos.

Busti ordenó de inmediato que la investigación quedara a cargo de una fuerza de seguridad nacional. El fiscal Silva dispuso que actuara Gendarmería, cuyos hombres elaboraron un flojo sumario y desarrollaron una investigación sin demasiada profundidad. Como para cumplir, simplemente.

Las críticas contra el gobernador y los funcionarios del área de Seguridad comenzaron a hacerse cada vez más fuertes en los medios. Lencina estaba en la dependencia policial por disposición de la Justicia Federal, ya que así lo había solicitado, puesto que no quería ir al penal de Paraná. Optaron por dejarlo en la comisaría y no en la Alcaidía de Tribunales donde hubiera estado mejor controlado. La Seccional Quinta es una de las dependencias que se utilizan para ubicar a reclusos con determinadas características, a fin de que no haya represalias contra ellos. No obstante, en los últimos años, fue también la más denunciada por casos de apremios ilegales.

La abogada Nora Lanfranqui estaba en su trabajo en las oficinas del Instituto para la Ayuda Financiera y la Acción Social (IAFAS) cuando la llamó Esther Torres. “Lo mataron a Miguel”, le informó la mujer. La abogada le pidió a su socio, Franchi, que acudiera con ellos a la comisaría y tratara de interiorizarse. “Yo enseguida voy”, le indicó Lanfranqui. Cerca de las diez y media llegó Ramón Lencina, el padrastro de Miguel, junto a Franchi. Los periodistas casi no lo dejaron acceder a la comisaría. Aseguró que Miguel “estaba mal porque no comía y no le daban nada”.
Aprovechó para quejarse por la golpiza recibida por su mujer y confesó algo que le había dicho a los abogados: “Nosotros también nos íbamos a pegar un tiro porque no podemos más por la presión de la policía y de todos”. A los pocos minutos se sumó una de las hermanas de Lencina. “A mi hermano lo mataron, lo mataron estos asesinos”, insistió. La abogada Lanfranqui intentó abrirse paso para llegar. Le costó, pero pudo acceder a la puerta. En un primer momento no la dejaron entrar, pero terció el juez González.

-La madre quiere ver a su hijo muerto -reclamó Lanfranqui
-No, doctora, imposible, porque se están haciendo las pericias y no se podría trabajar.
-¿Puedo concurrir a la autopsia? -le preguntó.
-No, por ahora no.

A las 12.15 el cadáver de Lencina fue llevado a la morgue judicial de la localidad de Oro Verde, a diez kilómetros de Paraná. El cuerpo fue subido a una camioneta policial, envuelto en un plástico rojo similar al que se usó para cubrir el cadáver del empresario Alfredo Yabrán, protagonista en 1998 del otro suicidio más conmocionante y polémico ocurrido en Entre Ríos. De la autopsia participaron los integrantes del Departamento Médico Forense del Superior Tribunal de Justicia, Luis Leonardo Moyano y Horacio Guillermo Siromski. También estuvo Armando González -pariente del juez de Instrucción de la causa-, en su condición de médico de la Cámara Federal de Apelaciones de Paraná. El juez González, el fiscal federal Silva y la defensora oficial Mirta Acuña completaban el grupo.

“Al practicarse examen traumatológico, en la región anterior del cuello se observa un lazo de tela que rodea completamente el mismo, estando el nudo, que es corredizo, en la región lateral izquierda y posterior. Retirado el mismo deja ver por debajo la impronta, que es un surco único de ahorcadura de 1,2 cm. de diámetro, con el fondo apergaminado, ascendente y oblicuado hacia la región posterior y que se hace discontinuo en el lugar donde asentó el nudo. Por debajo del borde inferior del surco, en la región derecha lateral del cuello, se observa un rea excoriativa de aproximadamente 7 cm. y otra pequeña excoriación en la región media y también sobre el borde inferior del surco una excoriación costrosa lineal en región superciliar izquierda”, indicaron los médicos en el correspondiente informe, en el que también detallaron varias lesiones en distintas partes del cuerpo que, según los cálculos, habían sido producidas unas treinta y seis horas antes. Pero nadie pidió explicaciones a la policía al respecto.

En lo concerniente a consideraciones médicos legales, se indicó en el informe: “Se constató en el cuello, un lazo realizado con tela que usaba la víctima a modo de frazada, color celeste -100 % poliéster-, que formaba una cinta, de aproximadamente 8 a 10 cm. de ancho y largo de mas o menos 1,50 m.; que al arrollarse sobre sí misma toma la forma de cordel, con el nudo corredizo a la izquierda, y que extrayendo el mismo, deja ver por debajo, un surco de ahorcadura único en el cual ya se describieron las características que presentaba; que las lesiones musculares, vasculares y cartilaginosas (hasta del hioides) halladas sobre la proyección en profundidad del surco de ahorcadura, son de naturaleza vital, o sea que ocurrieron en vida. La compresión por el lazo sobre el cuello, le comprometió estructuras nobles como el paquete vásculo nervioso y la región laríngea, llevándolo al paro cardíaco y su deceso”.

La autopsia finalizó a las cinco de la tarde y de inmediato el cuerpo fue entregado a los familiares. El velatorio se realizó en la pieza de sepelio del Cementerio Municipal de Paraná, pero únicamente hasta las diez de la noche de ese día. A esa hora se va el personal municipal, el cadáver queda en el féretro y recién se reabren las puertas para continuar a partir de las seis de la mañana. Cerca del mediodía llegó Mirta Cháves para darle el último adiós a su esposo; estuvo unos minutos y la llevaron de regreso a la cárcel de mujeres. Mirta se había enterado esa misma mañana por uno de los oficiales. Ella le preguntó si la estaba cargando.
Los restos de Lencina fueron sepultados a las tres de la tarde del sábado 7 de agosto. El féretro únicamente fue acompañado por sus familiares directos. Estuvieron sus padres, una de sus hermanas y Claudio, quien llegó esposado y custodiado por un fuerte operativo policial y penitenciario.

La madre de Lencina hizo graves denuncias después del sepelio. Aseguró que su hijo tenía quemaduras en los testículos y en las piernas y que ella le había visto un fuerte golpe en la cabeza. Pidió también que cuidaran mucho a su hijo preso, Claudio. “Si no, también va a aparecer como suicidado en la cárcel. Me lo dijo recién, casi llorando”, expresó. El mismo día del fallecimiento de Miguel, Claudio fue trasladado a una celda especial. En ámbitos carcelarios se pensó que podrían existir represalias contra su persona, ante la muerte de su hermano.

*****

Mirta Cháves declaró el 10 de agosto ante el juez González y precisó algunas cuestiones. Indicó que había recibido una sola carta de Lencina, antes de que ella le escribiera por primera vez y sólo recordó que le decía que lo amaba y que el momento que estaban pasando era “muy malo, muy feo, muy injusto”. Aclaró que “ídem” es una palabra que está en sus dos cartas y que era “una forma de decir más que amor”. Contó que ellos siempre hablaban de que algún día se iban “a encontrar en el cielo, pero como algo natural, de viejos, no de esta forma”.
Agregó que Lencina nunca había mencionado la posibilidad de suicidarse. “Era muy duro y nunca bajaba los brazos”, acotó. Dijo que no creía que Lencina hubiese tenido tomada la decisión de quitarse la vida y reconoció que en la segunda carta que ella le había escrito le manifestaba que estaba mal, que sufría mucho y que era tiempo de dejar de sufrir, “pero en el sentido de que si tenía que hablar que hablara”.

Consideró, ante una pregunta del fiscal, que Miguel había escrito “con bronca” y aseguró que, después de hablar con su esposo, ella pensó que había descartado la idea del suicidio. Explicó que cuando expresó en su carta del 2 de agosto “tengo ganas de verte aunque sea una vez más” y “mis ganas de vivir son como las tuyas, dejar todo e ir ídem contigo al cielo”, se refería a que no les permitían estar juntos. “Nos cruzábamos pero no nos dejaban hablar”, añadió.
A los pocos días, la Dirección de Policía Científica de la Gendarmería Nacional le remitió al juez el resultado del informe técnico pericial tendiente a determinar la existencia de drogas, psicofármacos, tóxicos en general y alcohol en muestras de orina, sangre, contenido gástrico, humor vítreo y pool de vísceras obtenidas del cadáver de Miguel Angel Lencina. La profesional Mirta Alejandra Borra concluyó que en la muestra de sangre remitida no se había detectado alcohol etílico, aunque en las muestras de sangre y pool de vísceras se observó “la presencia de vestigios de cocaína”. Lencina no consumía alcohol ni drogas; a veces, simplemente fumaba cigarrillos. Nunca se trató de determinar cómo había llegado la cocaína a su cuerpo y por qué motivos. ¿Para excitarlo, para hacerlo hablar? Nadie quiso encontrar las respuestas, pero estaba claro que había consumido la droga por lo menos entre veinticuatro a treinta horas antes de morir. Quizás fue en ese lapso en el que jamás se supo adónde lo llevaron. En el informe oficial de Gendarmería se indicaba que la cocaína habría ingresado al organismo unos siete días antes de la muerte, lo que coincide con la jornada en la que Lencina fue trasladado desde la cárcel de Concepción del Uruguay a Paraná.

El 20 de octubre de 2004 el juez Ricardo González dispuso el archivo de la causa. Desestimó la posibilidad de que Mirta Cháves hubiera inducido a su marido al suicidio, descartó la presencia de terceras personas y deslindó responsabilidades de los hombres de la Comisaría Quinta, al entender que no dejaron de cumplir función alguna.

Lo cierto es que el magistrado únicamente citó a declarar a personal de la seccional, pero nunca llamó a comparecer a personal de la División Homicidios que lo llevaban y lo traían cada día. Ni siquiera se ocupó de estudiar con atención el Libro de Guardia de esos días, donde surgían claramente algunas irregularidades. Era mejor dejar todo así. El chacal ya estaba muerto.



Copyright 2005, Daniel Enz
ISBN: 987-22069-0-2
Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio, sin permiso escrito del autor.

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