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 -  tiempo  37' 44" - 18204 Visitas Capítulo I: Las niñas de diciembre
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Eloísa, una de las víctimas en Entre Ríos.
El golpeado barrio Maccarone estaba de luto. Ese viernes 21 de diciembre, a las tres y media de la madrugada, el joven padre recibió el cuerpo de su niña y casi se descompuso de dolor. Como consecuencia de la bala calibre 9 milímetros que le atravesó la cabeza y por la autopsia realizada en la morgue de Oro Verde, el rostro de la chica estaba morado. “Traumatismo de cráneo encefálico”, fueron las frías palabras escritas por uno de los médicos. “Un proyectil de arma de fuego, que labró en el cerebro un túnel amplio con desgarros del tejido noble cerebral, acompañado de fracturas de huesos del cráneo”, fue el resultado de la locura y la irracionalidad de un hombre de la fuerza policial entrerriana (sigue).
El golpeado barrio Maccarone estaba de luto. Ese viernes 21 de diciembre, a las tres y media de la madrugada, el joven padre recibió el cuerpo de su niña y casi se descompuso de dolor. Como consecuencia de la bala calibre 9 milímetros que le atravesó la cabeza y por la autopsia realizada en la morgue de Oro Verde, el rostro de la chica estaba morado. “Traumatismo de cráneo encefálico”, fueron las frías palabras escritas por uno de los médicos. “Un proyectil de arma de fuego, que labró en el cerebro un túnel amplio con desgarros del tejido noble cerebral, acompañado de fracturas de huesos del cráneo”, fue el resultado de la locura y la irracionalidad de un hombre de la fuerza policial entrerriana.

Eloísa Paniagua había cumplido trece años hacía poco más de cinco meses. Su pequeño cuerpo tenía aún las manchas de sangre en el vaquero gastado y en la remera blanca de hilo. Entre sollozos y preguntas sin respuesta, la chica fue llevada hasta su pequeña casa, casi pegada a la barranca, en el conocido barrio paranaense donde a diario conviven la marginalidad, el hambre, el dolor y el desempleo. El olor a muerte impregnó de nuevo las paredes de la vivienda. Dos años antes se había ido la madre de Eloísa, como consecuencia de un cáncer, y la pequeña se hizo cargo de sus cinco hermanitos, de entre tres y cinco años. Su padre miró al cielo como pidiendo compasión y buscó desesperado algunos ojos cómplices, que esta vez no pudo encontrar. No fue como antes, cuando las lágrimas de Eloísa le dieron la fuerza suficiente para sepultar a su joven mujer, Rosa Valenzuela, y seguir adelante.

La ciudad estaba conmocionada por lo ocurrido. La adolescente del barrio Maccarone no era la única víctima. También había muerto Romina Iturain, de quince años, quien fue alcanzada por una bala perdida en la zona de Wal Mart. Allí la Policía reprimió duramente los intentos de saqueo, que se repitieron en buena parte de los supermercados de Paraná y la provincia.

Eloísa estaba en el féretro con su vaquero nuevo. Se lo había regalado su padre luego de ver las notas de la escuela. Hasta tenía un diez en Formación Etica y Ciudadana. La chica nunca pudo disfrutar ese jean; lo iba a estrenar en Navidad y sólo alcanzó a probárselo un día antes de morir.

El desfile de amigos era incesante en el barrio. Nadie podía creer lo que había ocurrido. La pequeña era un ejemplo para todos. No sólo cuidaba a sus hermanos desde que se levantaban hasta que se acostaban, sino que, además, se hacía tiempo para ayudar al padre Alejandro en la parroquia, donde servía la leche a cada uno de los chicos que concurren a diario. A la misma hora en que la estaban velando, los representantes del poder –los mismos que felicitaron a la Policía por su accionar represivo contra los saqueadores- salieron raudamente, triunfantes, de la Casa del Partido de la Unión Cívica Radical. Tomados del brazo, avanzaron desafiantes en una marcha a pie. Estaban a no más de diez cuadras del dolor de los Paniagua.

“Vayamos todos juntos”, ordenó el gobernador Sergio Montiel al caer la tarde del 21 de diciembre, después de dar una conferencia de prensa en la sede del Comité Provincial de la UCR. Allí fustigó con dureza a lo que siempre denominó “la guerrilla urbana” en la que, según su particular entender, se encontraban las jóvenes víctimas. El mandatario tomó del brazo a su esposa, Marta Jordán, y a su hijo, el también funcionario Víctor Alcides Montiel, y se puso al frente de una absurda manifestación, encabezada por ministros y colaboradores más cercanos, rumbo a la Casa de Gobierno. El grupo avanzó rodeado de policías de civil que se habían apostado en horas previas en las adyacencias de la sede radical. Montiel hizo la marcha -como dijo en la rueda de prensa- en “defensa de este partido, de este gobierno, esta democracia, estas instituciones”. Era la forma de repudiar la quema de la puerta de la Casa Gris -a manos de militantes de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE)- y de demostrar que su gestión aún estaba viva; que la caída del Presidente Fernando de la Rúa era un episodio que ni siquiera rozaba a la administración entrerriana.

La gente que circulaba a esa hora por la calle no podía entender lo que veía. Buena parte de la población estaba aún conmocionada por las dos muertes registradas horas antes, por los saqueos y por la violencia irracional de varios de los hombres de la Policía de Entre Ríos. Y esa demostración de poder de parte de Montiel y sus allegados era lo más parecido a una burla insensata. “¿Nadie les avisó que hay dos chicas muertas?”, se preguntaban algunos, y no faltó quien llegó a demostrar a los gritos la bronca que provocaba la actitud. Muchos rostros de los personajes que ocupaban la primera línea oficialista estaban inconmovibles; otros, no podían dejar de esbozar una sonrisa burlona por la situación. Pero nada importaba. Lo más significativo era mostrar “un gobierno unido”, en medio del caos y el sufrimiento de demasiada gente humilde que aún seguía esperando decisiones burocráticas para poder darle de comer a sus hijos.

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Eloísa tenía otra actividad esa semana, pero prefirió no cumplirla: debía viajar a Buenos Aires con un grupo de la parroquia del barrio y no fue porque no quería descuidar a sus hermanitos. Sus compañeros iban a regresar el jueves 20 a la noche. La chica se levantó temprano ese día y por un instante pensó en ellos, si llegarían bien del viaje. Fue dos veces a buscar a su hermana Jésica para convencerla de ir lo antes posible a la sucursal de Norte de calle San Juan. “¿Cómo querés que te diga que en el súper están dando comida?”, le insistió Eloísa, después de escuchar la información por una radio FM.
-Bueno, vamos, pero despacio- le advirtió Jésica, de dieciséis años y con un embarazo de siete meses.

La mayoría de la gente del barrio -hombres, mujeres y niños- había partido minutos antes hacia el supermercado que alguna vez perteneció a la familia Abud, pero que a fines de los noventa fue arrastrado por la tentadora oferta del grupo Exxel, liderado por el empresario Juan Navarro, que también se quedó con la cadena Los Hermanitos del ex gobernador Mario Moine (PJ).

En realidad, fueron más lento de lo previsto. No sólo por la panza de Jésica, sino porque se les coló Brian, de diez años, uno de los hermanitos de ambas. Junto con ellos siempre estuvo Lázaro Javier Valenzuela, tío de los tres. Ninguno llegó hasta el comercio, distante a no más de siete cuadras del barrio en que vivían. Cuando estaban a doscientos metros, se asustaron por los tiros que se escuchaban -provenientes de la guardia de Infantería de la Policía- y las corridas de los vecinos. Los habitantes del Maccarone que llegaron hasta las inmediaciones del supermercado fueron interceptados por personal de la Comisaría Octava. Concurrieron en dos oportunidades al lugar. La primera vez fue después de las ocho. En ese grupo estaba Julián Paniagua, padre de Eloísa.

-Están diciendo por radio que van a repartir comida a la gente más pobre, comisario- le dijo un vocero de los vecinos al jefe de la seccional, Edgardo Enrique Dreise.
-Está bien. Yo tengo la misma versión e incluso escuché que desde Acción Social van a distribuir bolsones, pero no sé dónde. Esperen que pregunte, se me quedan todos tranquilos por aquí y les traigo una respuesta.

Dreise se cruzó de vereda, ingresó al supermercado y dialogó por unos minutos con un gerente, de apellido Fernández. “No tengo ninguna directiva de entregar mercadería. Además, ante la situación, el local está cerrado y yo me voy a una reunión con los empresarios de Norte”, le indicó. La gente siguió el desarrollo de la charla porque los hombres se reflejaban en uno de los espejos del lugar. El comisario regresó con su mejor cara de circunstancia y explicó lo que había dicho el gerente. Varios putearon por la insensibilidad de la empresa y por la falta de respuestas desde el gobierno. “Estamos podridos de que nos tengan de forros, de aquí para allá”, se quejó un vecino.
-Me dicen que cerca de las diez y media van a entregar unos seiscientos bolsones de Acción Social. Vuelvan y esperen la información porque la van a pasar por radio- les insistió el comisario.
Fue a las once y media cuando los habitantes del Maccarone escucharon por una emisora local que había “un camión en calle San Juan, cerca de la feria, repartiendo alimentos”. Se reorganizaron y retornaron a la zona del supermercado Norte. Dreise los interceptó y les dijo que era “una falsa alarma”. Los insultos se volvieron a escuchar.
-Váyanse o empezamos a tirar- les advirtió el oficial.
-Pero queremos comida, nada más- le contestó uno de ellos.

Los vecinos dispusieron que todos se sacaran las remeras para que los policías comprobaran que ninguno llevaba armas en la cintura, pero el clima estaba cada vez más tenso. Era casi el mediodía y desde temprano escuchaban que en diferentes puntos de Paraná y la provincia se estaban organizando para repartir comida y aquietar el grave conflicto social suscitado en distintos lugares. Fue en ese marco que llegó un camión de Gendarmería Nacional, del que bajaron numerosos efectivos, con largos bastones. Enseguida pusieron en foco al grupo del Maccarone. Hombres, mujeres y niños comenzaron a correr desesperadamente, más cuando se sumaron los gases lacrimógenos arrojados por policías. Gendarmería actuó por pedido expreso del ministro de Gobierno, Enrique Carbó, al secretario de Seguridad de la Nación, Enrique Mathov, ante el desborde de la situación.

Con esa gente que huía se encontró Eloísa, en inmediaciones de la Feria de Salta y Nogoyá. “Las mujeres y los chicos, al Parque Berduc; los hombres, por calle Salta, Moreno y luego al barrio”, fueron las directivas. Se trataba de un método que usaban los vecinos cada vez que se producía una razzia. El objetivo era que los policías siguieran solamente a los hombres, pero un reducido grupo de efectivos de la Comisaría Octava optó también por ir tras los más débiles. Mujeres y niños habían ingresado corriendo al Parque Berduc por la puerta principal, para desde allí acceder rápidamente al Maccarone, ya que el predio no tiene cerco perimetral.

Cuando llegaron a la pista de atletismo del lugar observaron que llegaba un Fiat Duna color blanco, perteneciente a la Octava. Una sola persona iba adentro. El policía detuvo la marcha de su vehículo, se bajó y se acomodó para tirarle a la gente. La escena era patética: el uniformado estiró su brazo derecho, lo sostuvo con el izquierdo y comenzó a apretar el gatillo de su pistola reglamentaria 9 milímetros, como si estuviera en una práctica de tiro al blanco. Todos corrían de espaldas al policía, a unos quince metros de distancia. Había que llegar a la barranca, ubicada a no más de diez metros, y saltar para salir de la línea de fuego.

Eloísa dio algunas volteretas –consecuencia del impacto- se precipitó de boca y no se movió más. Se había retrasado un poco esperando a su hermano Brian. “Se cayó Eloísa, ayudala”, le gritó una vecina a Jésica. La joven tomó rápidamente al nene y lo dejó al borde de la barranca. El cuerpito de Eloísa quedó desparramado sobre la pista de atletismo, en proximidades al cajón de salto, donde más de una vez ella miraba embelesada a los pibes que a diario acuden a entrenar. Su tío Lázaro -que los había acompañado en el trayecto, ya que no siguió la estrategia de los hombres del barrio- fue el primero en llegar a socorrerla; de hecho, según su cálculo, la bala rozó su frente y luego hirió a Eloísa. Cuando la dio vuelta se encontró con el rostro ensangrentado de la niña. Le salía sangre de la parte superior de la cabeza y también por la boca. Fueron segundos de impotencia, desesperación, de no saber qué hacer.

A lo primero que atinó Jésica fue a gritarle al policía, porque después del disparo contra Eloísa efectuó otros más. “¡Dejá de tirar, hijo de puta, no ves que le pegaste en la cabeza a mi hermana!”, le dijo. El hombre siguió gatillando -por lo que Jésica tuvo que permanecer escondida, al borde de la barranca- y recién se detuvo cuando se dio cuenta de la situación. También paró porque se le acercó otro agente y el comisario Dreise, ambos armados con itakas. El desesperado grito de Jésica hizo que otro de sus tíos, Alejandro Retamal, acudiera a la escena. Fue el primero que le pidió al policía del Duna que trasladara a Eloísa al hospital.
-Ya llamé a la ambulancia- respondió el hombre, con una frialdad incomparable.
-Vos me vas a llevar, hijo de puta. ¿No te das cuenta de lo que le hiciste a la piba? ¿No ves que se está muriendo?- le señaló, en tono amenazante, a la vez que empezó a pegarle patadas al vehículo.

El cabo Silvio Martínez recién tomó conciencia de lo que había provocado cuando vio el cráneo destrozado de la niña, que ya prácticamente no se movía. Incluso, se bajó la visera de la gorra, como para que no lo reconocieran los familiares directos, que únicamente pensaban en ver cómo le salvaban la vida a la pequeña. El policía no tuvo margen: se subió al automóvil y llevó a Eloísa hasta el hospital San Roque, el mismo lugar en que la niña había nacido, en junio de 1988. Dreise se quedó en el Berduc, junto al cabo Jesús Nazareno Acosta. El y Martínez estaban de guardia desde las ocho de la mañana de ese día.
-¿Qué fue lo que pasó?- preguntó el oficial.
-Martínez me dijo que le rompieron el parabrisas del auto con una piedra que cayó desde la zona de las hamacas del Parque, desenfundó y se le escapó el tiro, que le pegó a una piba.

Acosta no ocultaba su nerviosismo por el frágil argumento en defensa de su amigo. Su rostro era la prueba más evidente. Estaba colorado y no dejaba de transpirar. Dreise regresó a la comisaría y llamó al hospital. Lo atendió una agente que estaba de guardia en el lugar. “La chica tiene lesiones graves, pero no puedo dar más información porque a mi alrededor están todos los de su familia. Y el clima contra la Policía es el peor; no quieren saber nada con nosotros”, le explicó por teléfono.

Apenas cortó la comunicación, Dreise observó que ingresaba el cabo Martínez, en el Fiat Duna. El suboficial se bajó del auto y fue directamente hacia la canilla del fondo de la repartición, donde se lavó la cara y las manos. Temblaba y estaba llorando.
-Venga Martínez... - le ordenó Dreise.
El cabo no podía levantar la cabeza de la culpa que tenía.
-¿Qué hizo?
-Jefe, se me escapó el tiro. Yo nunca pude haberle pegado a la chica; se me escapó el tiro.

Era lo único que reiteraba Martínez, entre sollozos, después de contar que alguien lo había agredido en el Berduc, aunque nunca lo vio. Dreise entendió que no era buen momento para hablar. “Vaya nomás, pero quédese por acá”, le dijo. El comisario llamó por teléfono al juez Ricardo González, quien le comunicó que por disposición del Superior Tribunal de Justicia (STJ) y por estar en vigencia el estado de sitio dispuesto por el gobierno nacional, los jueces de Instrucción habían entrado en emergencia. Y que la Octava estaba bajo la jurisdicción del juez Raúl Herzovich. A los pocos minutos llamó el magistrado y Dreise le informó sobre lo ocurrido en el Parque. “Secuestre las armas de los cabos”, le ordenó.

Eloísa falleció a las ocho de la noche del jueves 20 de diciembre.

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Nada había sido casual en Entre Ríos. Los informes de Inteligencia que manejaba el gobierno indicaban perfectamente lo que iba a suceder. Pero nadie o casi nadie lo quiso ver. La mayoría de los empleados públicos hacía tres meses que no cobraba y los jubilados no recibían sus haberes desde agosto. No había dinero en plaza y el Estado solamente emitía bonos federales, que eran aceptados en pocos supermercados. “Tenemos hambre”, repetía la gente en cada uno de los lugares a los que iba a pedir algo para comer. Mientras tanto, en vez de adelantar la entrega de bolsones de alimentos a los más necesitados, los funcionarios de Acción Social optaron por mantener los tiempos previstos y respetar el cronograma.

El estallido no se hizo esperar. Primero explotó Concordia y a las pocas horas el caos llegó a Concepción del Uruguay, donde se desvalijaron comercios por primera vez en la historia. El efecto cascada hizo que Paraná se convirtiera luego en el centro de los saqueos de la provincia. Algunos pudieron entrar y llevarse comida de esos supermercados que nunca quisieron aceptar federales. Otros recibieron sólo balas de goma y gases lacrimógenos de los mismos policías que el día del estallido cobraron un alto porcentaje del salario de octubre.

La reacción no se produjo solamente en las capas más humildes, sino que abarcó a sectores sociales superiores. “Que se tire, que se tire”, cantaban las casi cien personas que cerca de la una de la madrugada del jueves 20 de diciembre se apostaron frente al lujoso edificio de calle Etchevehere -en pleno Parque Urquiza-, donde Sergio Montiel reside en el décimo piso. La mayoría llegó en su auto particular. Era un segmento social que no estaba en los supermercados. La gente había escuchado sobre la renuncia del ministro de Economía Domingo Cavallo y la presencia frente a la casa de Montiel no era para felicitarlo por la caída del funcionario al que tanto cuestionaba, sino para exhortarlo a que siguiera su camino. Nunca se supo si el mandatario estaba en el departamento o si se encontraba en su despacho en la Casa de Gobierno, a la espera de novedades sobre lo acontecido en el ámbito nacional.

El gobernador estaba feliz por la dimisión del titular del Palacio de Hacienda y seguramente a esa hora sonreía como nadie, porque sabía que, en algo, se reposicionaría políticamente. Tres días antes había manifestado que vislumbraba “un positivo panorama para el año 2002”. Y esa misma noche del 20 de diciembre, pese a los continuos saqueos y desórdenes en la provincia, dijo que la situación en Entre Ríos era “de tranquilidad”, aunque aseguró que había numerosos policías heridos y más de cien detenidos. “Está demostrado que se trata de personajes que no son de acá o que se han trasladado de un lugar a otro. Evidentemente no es una actitud de protesta, sino de robo y saqueo. Da la impresión de que hay algún tipo de estructura que se ha movido por debajo, montándose en las necesidades de la gente”, sentenció.
Hasta el décimo piso de su edificio, en Etchevehere 253, no llegaba el sonido seco de las itakas de los policías reprimiendo en los supermercados, aunque tal vez desde lo alto Montiel podía apreciar que los fogonazos en la zona de Wal Mart no tenían relación con la cercana fiesta navideña. Afuera era un caos como nunca se había vivido en Entre Ríos en los últimos veinte años.

La bronca fue creciendo con el correr de los días, alimentada por la constante falta de respuestas. El gobernador minimizó primero lo planteado por los intendentes del norte provincial. “Algunos gastaron de más”, explicó, cuando le indicaron que el presidente comunal de Chajarí, Daniel Tisocco -de su mismo partido-, había tirado la toalla. Tampoco le dio demasiada importancia a los reclamos del intendente de Concordia, Hernán Orduna (PJ). En esa ciudad la situación social explotó, pero Orduna nunca obtuvo la atención de los integrantes del gobierno entrerriano. Nadie quiso saber demasiado y sólo hubo algunas declaraciones circunstanciales, como para tranquilizar por unos días las aguas turbulentas en una población que en los últimos años siempre tuvo una desocupación que rondó el treinta por ciento, aunque el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INDEC) nunca le reconoció más del veinte. “Lo único claro es que la ayuda nunca llega y Concordia no aguanta más. Esto estalla en cualquier momento”, alertó el intendente en días previos. Pero nadie lo escuchó o, mejor dicho, nadie lo quiso oír.

Los saqueos empezaron en Concordia y resultaron incontrolables. Primero fueron los supermercados, pero cuando no alcanzó la mercadería se avanzó sobre los pequeños almacenes, donde la crisis se siente como en las casas de quienes saqueaban. A las pocas horas se contagió la tranquila Concepción del Uruguay, donde no quedó ni un supermercado sin desvalijar en la madrugada del martes. También se aprovechó una situación: buena parte de los policías estaban vigilando el corte de la ruta 14, donde protestaban los productores a los que el gobierno tampoco quería escuchar. “Ahora vamos por los mercaditos”, fue la advertencia de la gente, por lo cual el Centro Comercial salió a pedir el estado de sitio mucho antes de que el Presidente Fernando de la Rúa firmara el decreto correspondiente. Prefectura Naval y Gendarmería Nacional tuvieron que hacerse cargo del control de la ciudad, por expresa solicitud del intendente, José Eduardo Lauritto (PJ), que horas antes de los saqueos había pagado los sueldos de noviembre; es decir, con menos atraso que el gobierno provincial. Gualeguaychú no estuvo al margen, pese a las cuentas equilibradas y a veces superavitarias que logró su jefe municipal, Emilio Martínez Garbino (PJ). Las concentraciones se produjeron en los supermercados de la cadena Norte. Hubo balas de goma hasta que a los policías se les terminaron las municiones. La instancia de negociación hizo que se entregaran trescientos cincuenta bolsones de alimentos, aunque casi nueve horas después de los hechos. Pero hubo un grupo que no quiso transar; fueron los que llegaron hasta la zona céntrica de la ciudad y rompieron varias vidrieras, por lo cual terminaron treinta personas detenidas y cerca de diez policías heridos.

Más allá de los dichos de Montiel, la espontaneidad de los intentos de saqueo y de los saqueos en sí fue una constante en Paraná. No quedó supermercado sin gente en la puerta, pugnando por ingresar. Hubo una característica común: en ningún momento apareció dirigente o funcionario alguno para mediar en las situaciones. Tal vez, temían algún tipo de reprimenda, ya que los hombres de la clase política fueron los más fustigados a la hora de buscar responsables. “Nos estamos muriendo de hambre por las cagadas que se siguen mandando. Primero estaban los que afanaban, pero hacían algo; ahora están los inútiles, que también afanan, no hacen nada y nos matan de hambre”, era el razonamiento popular.

En cada uno de los supermercados, primero se le prometía a la gente que si tenía “paciencia” iba a llegar “de un momento a otro” un camión del Ministerio de Acción Social de la provincia para entregar bolsones de alimentos. Los datos eran confirmados por el director de Acción Social, Tito Londra, hijo de un ex senador radical, Roque Londra, que en la última gobernación de Jorge Busti (PJ) pasó sin pena ni gloria por la Cámara Alta, salvo por los pedidos non sanctos que hacía a cambio de levantar la mano ante cada proyecto. La información de los bolsones siempre la comunicaba personal policial a cargo de los operativos de control que se hacían, pero la mercadería nunca llegó.
-¿Por qué esa perversidad de tener madres y chicas, esperando que llegue algo que no aparece?- preguntó un cronista.
-Porque jamás pudo salir la camioneta del depósito ubicado en Bajada Grande. Estaba rodeado el lugar y se temía un saqueo- respondió un alto funcionario del gobierno.
Los hombres del oficialismo, de alguna manera, se despreocuparon y dejaron el problema para resolución de los supermercados, donde no existen gerentes zonales, sino que, por pertenecer a grandes cadenas, simplemente se reciben órdenes desde Capital Federal o Rosario. En algunos casos, la actitud omisa sonó a vendetta. Muchas de las empresas atacadas fueron -salvo Coto- las que no aceptaban los bonos federales emitidos por el gobierno, lo que provocó un particular desagrado en buena parte de la población, que únicamente giraba en sus operaciones hogareñas en torno a la moneda dispuesta por el Poder Ejecutivo entrerriano.

Coto fue también uno de los lugares más custodiados, no solamente por la Policía, sino por personal de seguridad privada que se apostó en los techos. Pero hubo una particularidad: la mayoría de los empleados hombres, a puertas cerradas, estaban provistos de largos palos para resistir, si era necesario, ante cualquier ataque externo. “Nosotros vamos a defender nuestro empleo”, decían; al poco tiempo, fueron despedidos más de veinte trabajadores por plan de ajuste. Nadie se acordó de los hombres de palo largo. El supermercado que menos problemas registró fue Plaza Vea, de la cadena Disco. Apenas se emitieron los bonos federales, la empresa firmó un acuerdo con el gobierno para venderle al público con las letras entrerrianas y lograr un rápido cambio por pesos. Claro que nadie controló el sobreprecio aplicado en cada uno de los productos de góndola, pese a que lograban convertir los bonos a las pocas semanas. El hecho motivó incluso que surgieran versiones sobre las supuestas relaciones de negocios de algunos hombres cercanos a Montiel con los dueños del supermercado, lo que explicaba los privilegios.

La Policía contuvo buena parte de las avalanchas en busca de comida, pero en algunos casos miró para otro lado, tal como sucedió en el supermercado Norte de avenida Don Bosco, donde familias enteras ingresaron y se llevaron la totalidad de la mercadería de las góndolas y los depósitos. No pudieron avanzar demasiado en Wal Mart -donde ayudó el cerco perimetral, que fue tumbado en gran medida-, como así tampoco en Los Hermanitos de la intersección de las calles General Galán y José María Paz. Ese lugar, ubicado en pleno corazón del barrio San Agustín, se convirtió en uno de los más conflictivos. En principio, habían aceptado el acceso de la gente para retirar comida, pero la sorpresiva irrupción de una bandita de muchachones, comandada por el conocido Gabriel Massat (uno de los delincuentes con más frondoso prontuario en Paraná e involucrado en el crimen de la abogada Dalma Otero, ocurrido en 1997), rompió los códigos y por ende fueron sacados a los tiros limpios por el personal policial, apostado con itakas y balas de goma. Lo extraño fue que el mismo Massat, en los últimos tiempos, siempre prestó activa colaboración a los uniformados.

La situación se puso tensa cuando la banda se replegó y comenzó a producir una verdadera lluvia de piedras, algunas de las cuales terminaron de destrozar los vidrios del supermercado, donde también se apostaron policías y efectuaron numerosos disparos desde adentro. “Queremos comer, queremos comer”, gritaban las mujeres -muchas de ellas de más de cincuenta años-, en medio de la batalla campal, en la que, al no cortarse el tránsito -lo que constituyó otra verdadera irresponsabilidad-, la gente utilizaba como escudo cada camión que pasaba por la esquina, para así atacar. Muchos formaron una barricada y no tenían problemas en orinar los gases lacrimógenos cuando llegaban al terreno delimitado.

La guardia de Infantería –todos con chalecos antibalas- reprimió con disparos de goma y gases, mientras toda la situación era controlada por el helicóptero Bell Ranger de la Policía. Por lo menos en esa zona, los uniformados trataron de moverse con cuidado; se reprimía el ataque solamente y siempre con balas de goma, a una distancia superior a los sesenta metros. La única excepción la constituyeron las actitudes alocadas e inconcebibles de integrantes de la División Investigaciones, quienes cada tanto pasaban en un Fiat Duna color rojo y efectuaban disparos sobre la muchedumbre. Incluso, cerca de las 22.30 de ese 20 de diciembre, cuando sus propios camaradas estaban negociando la entrega de bolsones, descendió uno de los agentes de civil de Investigaciones y comenzó a gatillar sin control y a corta distancia -desde calle Galán- sobre hombres, mujeres y niños, y no dudó en hacer alarde de su actitud.

La negociación no avanzó más, producto de irracionalidades de parte de algunos activistas -que rompían vidrios mientras se trataba de lograr algún acuerdo-, como así también de determinados policías, que utilizaban su arma con una impunidad inconcebible, sin importar quién estaba delante. Muchos de esos activistas no eran vecinos barriales, sino infiltrados de la propia fuerza, que estaban allí para fogonear los saqueos y justificar la represión indiscriminada. “Nos encontrábamos con tipos que no conocíamos y que nos reclamaban a los gritos que saqueáramos”, repitieron los lugareños.

No más de diez vecinos alcanzaron a recibir los prometidos bolsones de alimentos. La reacción no se hizo esperar: hubo repliegue, una nueva lluvia de piedras y la obvia represión, por lo cual alrededor de cien personas se tuvieron que tirar al suelo para protegerse. Se rompieron vidrios del supermercado, pero también del Banco de Entre Ríos, sucursal San Agustín.

La noche siguió entre corridas. Paraná era lo más parecido a una ciudad sitiada en la madrugada del jueves. Autos y carros policiales iban y venían por diferentes barrios, detrás de los saqueadores que, ante el control de los uniformados en los grandes supermercados, optaron por atacar los pequeños comercios. Hubo mucha bala de goma, especialmente en inmediaciones al puente de Avenida de las Américas. Varios policías estaban agotados de tanto gatillar. Seguramente nunca en su vida efectuaron semejante cantidad de disparos. La mayoría no dormía desde la noche del 18; estaban mal alimentados y un gran lote de agentes provenía del interior.

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-Andrea, mirá que enseguida te vamos a buscar con papá. Hacemos unos trámites y después me quedo en tu casa. Tengo muchas cosas que contarte...-
Romina Iturain llamó a su prima a las 10.20 de ese jueves. “Voy a llevarle este regalo, en agradecimiento por lo que me ayudó en la escuela”, le dijo a su padre, Mario Iturain, empleado de la Municipalidad de Paraná, siempre conocido por ser quien mantenía con sumo cuidado el reloj del frente del edificio comunal. La ayuda de Andrea había sido clave para que Romina pudiera sacar adelante una materia que siempre la aterrorizó: Matemáticas. Pero aprobó y pasó a tercer año de la Escuela Número 91 La Baxada de Paraná. Romina también quería contarle su experiencia de ir a bailar a un boliche. El sábado anterior la habían dejado salir por primera vez, con sus juveniles quince años, y soñaba con volver.

Se puso un vaquero, zapatillas y se ató el pelo con una gomita amarilla. Ir a lo de su prima era lo más parecido a un día de campo para ella. La humilde casa, en la zona de Bajada Grande -un lugar con sectores muy pobres-, está rodeada de un maizal y una pradera donde, por lo general, siempre se encuentran algunas ovejas. Ir a ver a sus ocho primos siempre fue un lindo motivo. Buscaron a Andrea, acompañaron a Mario a realizar algunos mandados y pasado el mediodía retornaron a la casa de la prima, ubicada a unos seiscientos metros del inmenso local de Wal Mart. El clima estaba un poco denso en la zona, pero ellos se sentían tranquilos por la distancia con el hipermercado de origen norteamericano, que había cerrado sus puertas y desplegado su ejército privado de seguridad. Muchos custodios estaban ubicados en los techos, provistos de armas largas.

El almuerzo se extendió por unos pocos minutos. “Yo me voy a dormir un rato”, dijo Romina. Andrea se puso a limpiar la cocina y después se puso a mirar televisión. Al finalizar la siesta, lo primero que hicieron fue preparar el mate. Cargaron el agua en el termo y salieron a caminar por el terreno de la casa. Romina no aguantaba más las ganas de comenzar a contarle a su prima todo sobre su salida nocturna y mostrarle los nuevos poemas de amor que había escrito. No alcanzaron a acomodarse porque se sorprendieron cuando escucharon algunos gritos de unos muchachones, que provenían de la calle. “Estalló el problema en el supermercado”, dijo Andrea, cuando oyó los primeros tiros. Romina la miró azorada; casi no estaba enterada de lo que ocurría porque, por lo general, andaba con el walkman puesto, escuchando su música preferida.

Nadie tomó conciencia de que en las inmediaciones había una verdadera batalla campal. En la zona estaban desplegados más de cien efectivos de diversas comisarías, el Comando Radioeléctrico, el Grupo de Operaciones Especiales, la Policía Montada e Investigaciones. Era el operativo de mayor magnitud desarrollado en una sector de Paraná y se le sumaba la seguridad privada de Wal Mart, conformada por un total de diecisiete personas pertenecientes a la empresa Segu Car.

Los vecinos del barrio esperaban respuestas desde las siete de la mañana de parte de los gerentes del supermercado. Apenas se podían ubicar a cien metros del cerco perimetral que tiene el predio, que se encuentra a unos doscientos metros de la planta cubierta. Las respuestas nunca llegaron. Cerca de las 15.30 alguien dio la orden de reprimir. Comenzaron los tiros desde los techos de Wal Mart -donde había personal policial y de seguridad privada-, pero también disparaban los efectivos que se desplegaron en las adyacencias. Hubo quienes trataron de hacerles frente, arrojando piedras, pero la mayoría comenzó a correr en forma alocada, tratando de sobrevivir a la fuerte embestida. Andrea alcanzó a ver que las primeras que llegaron desesperadamente hasta la zona de su casa fueron unas veinte mujeres. A los pocos segundos, también se sumaron algunos jóvenes. La Policía los había cercado de tal manera, con patrulleros, móviles y caballos, que prácticamente no les dejó salida. Los uniformados no paraban de disparar, pese al pedido de los vecinos. Era un infierno. Las balas -muchas de ellas provistas por los directivos del supermercado, como apoyo a la causa- pasaban silbando por cada una de sus casas y cabezas.

La gente empezó a ingresar por todas partes al predio de los Iturain. La gran mayoría se arrojaba al maizal, tratando de salvar su vida. “¡Entren rápido a la casa, que la Policía tira para todos lados!”, gritó Carlos, hermano de Andrea, quien se estaba bañando cuando escuchó los primeros balazos y salió rápido a ver qué sucedía. Intentó en vano pedirle a la gente que no se escondiera en los maizales o a los efectivos que dejaran de disparar. “Vamos para adentro, Romina”, le dijo Andrea. Alcanzó a ver un chispazo sobre la mesa colorada, pero no le dio demasiada importancia. Ingresaron raudamente al living y se sorprendió con las gotas de sangre que vio. Todo fue en una ráfaga de segundos. Romina, que iba delante de ella, se cayó al suelo y quedó debajo de un espejo.
-¿Te dieron?- le preguntó Andrea desesperada.

Romina alcanzó a mirarla fijo, con los ojos desorbitados, como pidiéndole auxilio, pero no le contestó. Ya no podía emitir sonido. Andrea vio que le salía demasiada sangre. Allí entró en razón de que una bala la había herido gravemente. El proyectil, de una pistola calibre 9 milímetros, le atravesó el pulmón y quedó incrustado en el ladrillo hueco de la vivienda, según se pudo determinar minutos después. La joven empezó a pedir ayuda a los gritos. Carlos fue el primero que llegó para asistirla. Tomó a Romina con los brazos, para levantarla, y le ordenó a su hermana que llamara a una ambulancia. El teléfono daba siempre ocupado. No esperó más y salió alterado, tratando de encontrar algún vehículo que pudiera llevarla hasta el Hospital San Martín.
Con los únicos que se encontró fue con unos policías. “Ayúdenme, por favor; mi prima ya no respira. ¿Nadie de ustedes sabe primeros auxilios?”, alcanzó a preguntarles, casi como un ruego. Uno de ellos se apiadó de la situación. Se puso unos guantes descartables, le tocó el cuello para ver si tenía pulso y le dijo: “Calmate, flaco, que ya viene la ambulancia”. Carlos no sabía qué hacer ante la situación. Suavemente, puso a Romina sobre el asfalto. A la joven no le dejaba de salir sangre por la boca y la nariz. A los pocos minutos llegó la ambulancia; su hermana se había podido comunicar. El policía ayudó a cargar a la chica. Cuando llegaron al hospital se encargó de bajarla y la dejó en la camilla de una salita. Romina no llegó viva: la bala de la muerte había provocado demasiadas heridas y derivó en una hemorragia.

A su padre le avisaron por teléfono que la chica estaba grave. Cuando llegó al hospital se encontró con la infausta noticia. Mario no encontraba consuelo. Pocas horas antes, su hija le había estampado un beso y quedaron en que la iba a buscar a la tardecita. Iturain sacó fuerzas de algún lugar, buscó un teléfono y se comunicó con su ex esposa, en Buenos Aires, para contarle lo ocurrido. La madre de Romina ya había escuchado la noticia por la televisión. Paraná, con sus dos muertes trágicas -específicamente la de dos pequeñas-, ya era una de las ciudades del interior del país con mayor número de víctimas como consecuencia de los hechos del 20 de diciembre.
Los primeros que reaccionaron fueron los dirigentes y militantes de ATE-Entre Ríos. La desazón por las muertes era muy fuerte. “Tenemos que hacer alguna acción frente a la Casa de Gobierno; no se la pueden llevar de arriba así nomás”, coincidieron en señalar algunos de los integrantes de la cúpula, liderada por Edgardo Massarotti, y salieron desde la sede gremial de calle Colón hasta el edificio gubernamental. La determinación provocó rupturas entre los propios gremialistas. “Ustedes están locos; no cuenten con nosotros”, les dijeron algunos. La columna de ATE, de no más de doscientas personas, llegó hasta la puerta de la Casa Gris. Desde algunos vehículos bajaron cubiertas, las encendieron y se lanzó una bomba molotov. La puerta comenzó a arder intensamente. Del lado de adentro del edificio había no menos de cien policías formados. Ninguno hizo nada para apagar el incendio. Recién comenzaron a movilizarse cuando pasaron por el lugar el fiscal de Estado, Sergio Avero, y el entonces asesor de Montiel, Miguel Rettore. Avero quedó pálido. Los intentos fueron en vano: la mayoría de los extinguidores no funcionaban. La puerta se quemó, fundamentalmente, por la apatía de policías y bomberos, que recién trataron de sofocar el fuego cuando el daño era irreversible. La guardia de Infantería llegó al lugar y comenzó a dispersar a los manifestantes con balas de goma y gases lacrimógenos. La corrida fue la respuesta. Muchos terminaron escondiéndose en la Parroquia San Miguel, pese a los reclamos de los curas, que les pedían que abandonaran de inmediato el lugar. Otros, se guarecieron en el Automóvil Club Argentino o en determinados lugares de la plaza Alvear.

Que Romina Iturain había sido muerta por los manifestantes y no por los hombres de la fuerza, fue lo primero que señaló la Policía. Más de un funcionario abonó incluso esa versión, tal como ocurrió con el fiscal Avero quien, sin necesidad alguna, comentó en algunos medios que el proyectil podía ser de un calibre 38. La bala asesina fue una de las primeras cuestiones que la jueza Susana Medina de Rizzo aclaró, porque delante de ella, el mismo día de la muerte de la pequeña, un oficial de la fuerza encontró el proyectil 9 milímetros incrustado en un ladrillo hueco de la casa de los Iturain. Pero cuando pidió la investigación de las armas, le enviaron un detalle de más de cien pistolas que habían participado en el operativo y la pericia resultó imposible. Incluso, no se tuvieron en cuenta las armas sacadas del Servicio Penitenciario de Entre Ríos y utilizadas en la represión, tal como lo denunciaron, al poco tiempo, ex guardiacárceles dejados en disponibilidad. El 14 de enero de 2002, el jefe de Policía, Victoriano Ojeda, recibió una carta de directivos de Wal Mart. En la misiva –que estaba dirigida al comisario general Jorge Cabrera- se agradecía “la diligente e idónea tarea” desarrollada en inmediaciones del hipermercado, “evitando poner en riesgo la vida del cliente y empleado de la compañía”. Tal información fue publicada en el libro 9 milímetros, de Lucas Carrasco, Paola Calabreta y Malala Haimovich, sobre los hechos de diciembre.

Al velorio de Eloísa concurrieron policías de Investigaciones para tratar de conseguir algún testigo de los hechos y casi los sacan a tiros por la desubicación. Al velatorio de Romina cayó el funcionario Tito Londra preguntando si la familia precisaba algo y el padre de la niña tuvo que ser contenido para que no lo agarrara a trompadas. Sergio Montiel dijo públicamente que la Policía de Entre Ríos había tenido “un gran desempeño” y no dudó en señalar que “otros fueron los que provocaron una de las muertes”. El ministro de Gobierno y Justicia, Enrique Carbó, también felicitó el accionar policial y en particular alabó la tarea del jefe, Victoriano Ojeda. Los dos, junto a familiares directos y colaboradores inmediatos, encabezaban la marcha desde el Comité Provincial hasta el edificio gubernamental, en repudio a la quema de la puerta de la Casa Gris. Ninguno se quiso acordar de las niñas que estaban siendo veladas en ese momento. Ya estaban muertas.
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