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08/02/2019 -  tiempo  15' 58" - 434 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Sexto capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
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Sexto capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra.
CAPITULO VI: Diciembre
… luego de dos días de luto, volvieron a verse.
Una semana antes, Camilo pasó por la casa de José y, como éste estaba prácticamente de guardia en la redacción, dejó un papel por debajo de la puerta: “Tenemos que hablar. Llámame, por favor, el número es (…)”, y lo anotó al final de la esquela. José la encontró y se sorprendió más por la noticia del celular que por la aparición de Camilo. Lo llamó. Acordaron pescar y comer en la isla, una excusa para charlar: Camilo llevaría cuatro chorizos y José un pecho de cerdo que tenía preparado en la heladera; aquel se encargaría de llevar el protector solar, ciertamente lo necesitaba más que José, de piel trigueña; éste, se encargó de preparar la caja de pesca, diarios para avivar el fuego y un cajón de madera para iniciarlo; ahí metió todo, inclusive la bolsa de carbón para asar; José sabía que con la leña de la isla la carne tomaría olor a pescado, y quería prevenirlo todo, siempre; por eso fueron temprano ese fin de semana, Camilo y José temían quedarse sin embarcación, la gente aprovecharía para ir a navegar si amanecía despejado de nubes el día. Pudieron elegir una piragua llamada Esperanza, que luego bajarían hasta el río, no sin antes abrir el rol de navegación y contestar preguntas informales sobre el primo de José. Camilo, no entendiendo de qué hablaban, hecho un vistazo al reloj, “no es sumergible”, pensó y se lo quitó para luego ponerlo dentro de la caja de pesca: “son como las nueve y cuarto”, dijo, ya al borde del agua, antes de embarcarse en el silencio de la canoa, sentarse en la proa y virar, juntos, a estribor.
Arriba, el cielo era una sola seda azul. Abajo, los peces mayores coleteaban el agua de la mañana. Y, en el lado firme de la orilla, los pescadores saludaban lacónicamente a quienes pasaban remando. No charlaban. Cada uno, formateado por la rutina, remaba a su ritmo, hasta que, con el subir y bajar de la pala al agua, sincronizaron. Remaron desde el atracadero del puerto hasta Las Conchillas. Solamente se detuvieron unos minutos en la casa de Oscar, un habitante de la costa que le prestaba la parrilla y le vendía las carnadas a José. Entre que bajaron y volvieron a subir, José había notado nuevas canas en los rulos, más arrugas y ojeras, antes de decir “¡ya estás para jubilarte!”, extremando la caricatura y la situación; y con un humor totalmente opuesto al de aquella última vez que se vieron. “No”, contestó Camilo, y soltó una carcajada, “pero podría estar de vacaciones, ¡si no fuera que nos corrieron los exámenes para la semana que viene!”. Ya con todo lo necesario para pescar y comer un asado, siguieron rumbo hacia Las Tres Bocas, entre miles de chispas que se encendían con el sol sobre la superficie del caudal por delante de ellos. Antes de anclar, dejaron un trampero al borde de una orilla, y cuando arribaron al destino elegido, anclaron en el silencio:

—Parece que el mundo se quedó mudo, hermano.
—Parece, pero no. En el único lugar donde hay que quedarse mudo es en los mundillos, Camilo —replicó José, mientras encarnaba el anzuelo con tripas de pollo.
—Me dejas perplejo… como estoy perplejo con esa idea de hay más mundos que pueden caber en este mundo.
—Pero en qué mundo podría caber un mundo, donde, si saco un pescado chico, no lo devuelvo… —y tiró su anzuelo al agua— ¡Es inaceptable!
—¿Se refiere a la niñez?
—No me refiero a nada y a todo, Camilo.
—Porque yo pensaba hermano, en que, de ese mundo, el de mi infancia, arrastro toditos los fantasmas que hoy me perturban… —y también tiró su anzuelo.
—Si bien andar en lo mundano nos hace conocer el mundo… En fin, ¿pueden caber otros mundos en un mundo?, no lo sé, Camilo; para mí, esa duda, es una pérdida de tiempo —mientras sacaba un cigarrillo.
—¿Me escucha José o hace como si me escucha?
—Sí, te sigo atentamente, y hago como que te entiendo; estas hablando, en el fondo, de Magdalena, pero sin nombrarla. Escuche y mire —dijo José, y cruzó su brazo izquierdo, extendido por delante de Camilo, como desplegando una capa y descubriendo, detrás de ella, algo nuevo. Sin sacarse el cigarrillo de la boca, dijo: “todas estas aguas son producto de lágrimas derramadas por amores no correspondidos de dioses y diosas”, y se pasó el cigarrillo de la boca a la mano, mientras tiraba el humo.
—¿De dónde saca semejante barbaridad? —indagó Camilo.
—Si te refieres a la leyenda; creo que lo leí por ahí; si hablas de Magdalena, lo intuyo. Pero no me hagas caso.
—¡Como si me hubieses parido, hermano! — y luego de un instante de ensimismamiento, Camilo siguió con sus preguntas—. ¿Nunca pensaste en que estos dos ríos que nos contienen son dos paréntesis?...
— ¡Y nosotros adentro!, ¿qué seriamos?
—… puntos suspensivos de un relato.
—Puede ser… —dijo José y advirtió “¡Ahí pica el tuyo!”, y picó y picó.
Camilo se apresuró a coger la caña con tenacidad. “Sabes que me enganché algo grande…”, presentía. “¿Quiero ayuda?”, confesó Camilo.
—Tú puedes, ¡vamos!
—No hablo del pescado, hablo de Magda.
—Ya lo sé.
—Se mueve como campanario —y el pez se marchó dejando un gong en el agua.
—¡Pucha!, Camilo, que pena, se le fue.
—¿Lo sabía? —indagó, cejijunto y fulminando con la mirada a José —. “Sabré qué hacer yo con mi amor y vos con el tuyo”, eso me dijo, hermano… Se va la semana que viene —reveló el maestro, aguantando las ganas de llorar.
—¿Qué es lo que siente?

—Siento culpa, hermano.
—¡No!, Camilo, culpa nunca; solamente reconozca su parte. Culpa, no; ¡culpa!, eso es de muy cristianos que somos nomás.
—¿Reconocer qué cosa?
—¡Ah, no sé!, eso ya es problema suyo, no sé yo… Lo único que sé, así como ella tiene sus ciclos, debe buscar los suyos; encontrarlos… ah, eso es otro asunto.
—… yo no sé hermano si estoy preparado para amar.
—Nadie lo sabe, Camilo, nadie, hasta que… —se saca los anteojos, refriega sus ojos, y se los vuelve a colocar—. Amar es como el día y la noche; tiene sus partes claras y oscuras, hay matices que pueden ser segundos; quizás días; años, digamos, toda una vida por reconocer.
—¡Y dele con reconocer!... ¿qué es lo que tengo que reconocer?, José, por favor.
—¡Reconocer!, Camilo, reconocer, darse cuenta de cual de todas ellas compartió su amor contigo.
—¡¿Ellas?!... No sé si estoy preparado para amar a una y usted me habla de “todas ellas”.
—Pero Camilo, hombre, en síntesis: no sabemos si estamos preparados nunca. ¡Ni el ejército de Terracota, firme ahí, desde quién sabe cuánto tiempo, sabe qué batalla a de librar!
—Miré si es bolacero… ¡¿Alguna vez se sentirán cansados?! —y dan una carcajada al unísono, cómplices del disparate —. Es verdad, hermano, ya lo has dicho: estoy un poco cansado.
Ambos miraron el sol que ya estaba arriba de ellos. Luego, volvieron a mirarse a los ojos. Dudaron, mientras se observaban, si en realidad se conocían. Ninguno sabía del otro lo suficiente para hablar en profundidad, simplemente hablaban de lo externo del mundo. Y, por dentro, había un lugar deshabitado y por conocer. Su vínculo era como la relación con ese río: tenía una profundidad desconocida para ellos y, ante cada creciente de las emociones, las costas se modificaban. Ambos respiraron profundo, suspiraron. Luego, José agarró el cabo que permanecía atado a un árbol de la isla y acercó la embarcación de un tirón, ya salivando y mojándose los labios. Camilo juntó su caña, luego José hizo lo mismo. Mientras seguían hablando, bajaron a la isla:

—Cuando no me baste ni mi Dios, hermano, porque cada uno tiene el suyo, trataré de recordarla con una sonrisa. Esa será mi imagen de ella.
—¿Acaso todo en la vida se parece a esa mujer?, Camilo.
—¡La vida es mujer!, hermano.
—Claro: La vida; femenino del singular.
—¿Está de vivo?...
—No, Camilo, pero ya es suficiente; hablando de ella nos olvidamos de hablar de nosotros.
—¡Tiene razón!, José, disculpas —y en ese momento se miraron de una manera inédita, dándose cuenta de que su encuentro fue la entrada a un laberinto que comenzaron a transitar juntos, buscando una salida, por momentos separados, en el mismo sentido, y se estrecharon en un abrazo.
—Bueno, bueno, Camilo, que nos van a ver, y qué van a decir después, que venimos a la isla para abrazarnos. Además, ya le dije que no pida tantas disculpas, que no hay culpas, y te lo digo con rima y todo, para que no se te olvide.
—Hablando de rima, un día estaba haciendo un fueguito y llegó el comisario —y Camilo comenzó a narrar, y a hacer el “asadito”.
—¿Cómo anda el maestrito?
—Pero bien, comisario, haciendo algo por la patria —contaba Camilo, mientras ponía caras raras al soplar el fuego.
—¡Vienen muchos, por lo que veo! … Tiene muchísima leña.
—Y… más vale que sobre y no que falte —dijo Camilo, mientras agregaba un leño.
—¡Conteste lo que pregunto!, Fink, ¿vienen muchos a hablar de política?, o piensa que yo no sé. Yo sé todo, y lo que no… lo averiguo.
—Me parece bien que investigue, pero acá no hay nada que ocultar, porque hablamos de cosas que nos pasan a todos. Lo invito a que venga.
—¡Con gusto! —dijo el comisario.
Sin embargo, no asistió a comer el asado, llegó después. Bajó de la camioneta vestido de gaucho y gritó desde la puerta: “Desafío a cualquiera a un contrapunto”, y ahí se quedó, esperando que alguien le conteste.
La luna se había puesto su mejor vestido y brillaba por entre los espinillos, en el fondo, mientras el cielo negro se iluminaba con caricias de luz azul estrella. La leña ardía, pronto serían brasas. Cuando escuchó llegar al comisario, Camilo se arrimó a la mesa, tomó su vaso de vino y explicó antes de que aquel entre: “No me sorprende hermano que éste venga a querer payar acá. Nunca falta algún payador alcahuete”, mientras varios dijeron “entre”. Una ronda se hizo alrededor de los dos payadores de ocasión; el guitarrista, dentro de ella, era el más próximo al fuego, y el más sobrio; más allá, para el lado del portón por donde entró, el comisario y, más acá, cerca del alero de la casa de la estancia, Camilo, que sudaba. Los punteos y rasgueos de la guitarra en mi menor comenzaron, y el que se precipitó primero fue el comisario:

“No me parece bien compañero
y escuche bien lo que le digo
no es cosa de buenos amigos
hacer asado y no invitar
no es que lo venga yo a retar
solo escuche mi sugerencia
de seguir con estas ocurrencias
el patrón se les va a enojar”.

Todos, menos Camilo, pusieron cara de susto. La palabra patrón los amortajaba. Se relajaron cuando escucharon decir a Camilo.

“Yo solo le voy a decir algo
y comuníqueselo al patrón
pá evitar aquí la confusión
nosotros tenemos convicciones
no necesitamos más lecciones
pregúntenos lo que quiera saber
no nos venga con eso del deber
en respuesta a sus intromisiones”.

En consecuencia, algunos no aguantaron la alegría que les invadió al escuchar las palabras de Camilo y dieron un sapucai. El comisario los miró serio, y no le quedó otra opción que seguir el desafío.

“Ahora hablaré con paciencia
sepa disculpar mi intromisión
no es pá arruinarles la reunión
aceptemos pues las diferencias
agrandando así la conciencia
tampoco defiendo yo al patrón
él es un hombre de buen corazón
nos honraría él con su presencia”.

Nuevamente en la cara de algunos de los presentes se manifestaba la duda. Camilo los miraba sabiendo que debía remontar la situación, por eso explicó.

“Discúlpeme pero usted le erra
la gente ya estaba reunida
pá peor más mal que bien distribuida
y así nos llevan a la guerra
en esta vida que es bien perra
como pá invitarlo al patrón
que nada tiene que ver con el peón
dejándole clara mi postura”.

Por un lado, la cara del comisario se desfiguraba, pues no estaba acostumbrado a que lo contradigan en sus dichos. Por otro, los peones se sentían identificados con las palabras de Camilo, tanto que podían mirar sin miedo al comisario, descubierto en sus posiciones. Entonces, avanzó, señalándolos.

“Van a pedir disculpas señores
pues ustedes caerán en falta
el patrón es la vara más alta
con la cual hoy deberían medirse
y lo que digo no es pá reírse
él aquí no es bien bienvenido
hay que estar mejor prevenido
es mejor que piensen en irse”.

En la ronda, algunos agacharon la cabeza, pues sentían afecto por el patrón, y eso Camilo lo sabía. Entonces, a continuación, trató de ser moderado con la persona y hacer hincapié en sus actos, cuando expresó.

“Aquí del patrón no desconfío
desconfió de su abundancia
que se vea bien la diferencia
será que la hace por no pagar
no es que venga a macanear
y pregúnteles a los presentes
los defiendo como mis parientes
porque no es que me gusta juzgar”.

Los que escuchaban cabeza gacha, la levantaron y se les dibujó una sonrisa, porque sabían que era la verdad: a varios se le debía vacaciones y aguinaldo, y algunos ya tenían la edad para jubilarse. De modo que asentían o disentían moviendo la cabeza, mientras escuchaban.

“Si uno sabe andar tranquilo
no hay de que tener desconfianza
menos aún pensar en la venganza
nos puede salvar la linda vida
usted viene y me intimida
seguro que me voy a enojar
y la relación va a empeorar
seamos gente civilizada”.

Camilo observó como el enojo del comisario comenzaba a notársele en la cara y en la mirada. Para mal de éste, los peones se reían por lo bajo, pues se daban cuenta que se le terminaban los argumentos al comisario, y que, por ese motivo, recurría a la violencia, a contrapartida de Camilo que, sereno, contestó:

“Me extraña usted que es la ley
y su enojo no hace falta
fue el que habló de vara alta
con la cual las verdades se alzan
ya los campesinos abalanzan
es lo que tengo entre dientes
y ya se han ido mis parientes
son las verdades las que nos cantan”.

Ante ese último verso, ni el comisario ni los presentes en la ronda pudieron decir algo. Todos quedaron callados y ahí se terminó el contrapunto. La peonaba se puso en pie, sentenciando que el juego había terminado; a uno le tocó la gloria y al otro irse. Camilo dejaba sin palabra al comisario y cumplía un sueño: levantar al campesinado. Sin embargo, la historia no terminó allí. Según contó Camilo, el cielo luminoso era un salpicón de estrellas en un manto azulenco. Él volvía caminando. Ni los perros se escuchaban, ni sus pasos. Sólo escuchó el golpe en la nuca y no se acuerda más nada. Al otro día, fue el comentario. Camilo, hasta hoy, dice que es un misterio. Lo encontró el panadero que viajaba desde Villaguay hasta Lucas Norte, los domingos por la mañana. Camilo estaba en una zanja, cerca de una alcantarilla, en un cruce de calles, en el camino que unía la escuela donde trabajaba y la estancia El Molino, donde se hizo aquel asado, el escenario del contrapunto con el comisario.

Entre el asado en el campo y el de la isla había pasado más que tiempo. El sol de frente, en el ocaso del día, ya los invitaba a retirarse del río. Y el viento de la estrella los apuraba. De camino, recorrieron el trampero, que por fortuna tenía un pescado. El único de la jornada de pesca. El sol también juntaba sus últimos rayos. Llegaron por babor a la casa de Oscar. Los perros los recibieron ladrando todos al mismo tiempo, desparejos, aullando algunos. Reclamaban el motín. José les tiró el resto de las carnadas, que se las devoraron antes de que éste bajara de la embarcación; Camilo esperó sentado; Oscar no estaba, se le dejó la parrilla y el pescado, todo colgado en la galería de la casa costera. La escuela de canotaje en verano “cierra a las siete”, recordó José a Camilo, mientras retomaban remo con prisa. Llegaron al atracadero, que es donde los esperaba el mayor remolino, ya más bravío por la aparición de la luna en cuarto creciente y el viento que se había levantado de todos lados. Lo cruzaron entre los dos. Subieron, limpiaron la Esperanza y la guardaron en el galpón. Cerraron el rol, saludaron a todos antes de irse, recordaron los saludos para el primo de José y marcharon cuesta arriba por las barrancas del Parque Urquiza.

Subiendo, Camilo confesó que eso de limpiar y guardar las canoas al atardecer, le recordaba a cuando se lavan los caballos en las bateas, para luego largarlos a pastar, al finalizar una jornada de trabajo campesino. “En esta provincia, el gaucho también es canoero”, reflexionó, mientras caminaban por calle San Juan, hasta que pararon la marcha. “Creo que acá voy a subir al 6, hermano; sí, lo voy a abordar aquí”. Se apretaron las manos en señal de bienvenida y despedida: “Gracias por invitarme a navegar”, le dijo José a Camilo. “Gracias a vos, hermano, yo no tenía ni idea a dónde ir”, confiesa y el doble sentido persistía, apremiante, entre ellos. “Lo digo porque vos conoces más el río y porque necesitaba contar lo que me pasa con Magda”, corroboró Camilo. Como no había más nada que agregar, José le cedió un nuevo abrazo, para luego seguir caminando hacia su casa. Una vez allí, y luego de afeitarse y bañarse, mientras limpiaba la caja de pesca, José encontró el reloj de Camilo; a su vez, éste, al darse cuenta de que lo había olvidado, sonrío porque la historia se repetía:

—Ahora que tiene teléfono lo voy a llamar a cada rato, Camilo. Es para decirle que encontré su reloj.
—Sí, hermano, tenía que pasar así.
—¿Qué es lo que tenía que pasar así?
—Luego te cuento.
—¡Ya saldrás con algunas de sus historias!
—Bien dicho, hermano, siempre hay historias por contar. De hecho, con todo lo de Magda, olvidé invitarlo a pasar el fin de año en Villaguay, ¿acepta?
—Gracias, Camilo, no es para tanto.
—No, no es por el reloj, es que olvidé, de veras, de hacerlo en el río.
—Bien, bien, gracias, lo pienso y te aviso en la semana —y se despidieron cortando a la vez.
En definitiva, quedaba pendiente la respuesta. No se hizo esperar.

§


Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)


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