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04/01/2019 -  tiempo  17' 14" - 588 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Quinto capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
CAPITULO V: El primer ómnibus que vieron fue el Retraser y se subieron. Luego de cruzar por el túnel, bajaron en la ex estación de tren Belgrano, en el bulevar Gálvez. En la misma parada, esperando la línea C de un colectivo urbano, Camilo encontró a un amigo de la infancia. “Gordo”, dijo aquel que esperaba parado con una guitarra al hombro. “El mellizo”, reaccionó Camilo. Al poco de charlar, estaban invitados a ver un espectáculo musical, esa misma noche, en el Centro Cultural Birri. “¿Saben dónde queda?”, indagó, apurado porque venía el colectivo. “Tengo que ir a buscar a mi hermano, para el otro lado de donde vivimos, y vamos para allá”, agregó, mientras levantaba el brazo, haciendo señas al colectivero que de inmediato paró delante de ellos. El “melli” subió y se fue. Camilo y José se volvieron a mirar: “¡Vamos!”, dijo Camilo y miró su reloj; José no dudó en aceptar y cabeceó afirmando. “De aquí a que lleguemos se va a hacer la hora del comienzo”, dijo José, acomodándose los anteojos, y siguieron caminando por el bulevar.
Desde entonces, Camilo comenzó a imaginar todo el escenario del baile donde había visto a los hermanos Medrano, cuando todos ellos eran chicos: las bolsas de arpillera rededor de la pista, un escenario armado con un carro o un acoplado, cuanto más unas tarimas. Recordó que en esos bailes juntaba las botellas de vidrio, ya vacías, para luego cambiarlas, en la cantina, por gaseosas. “Esos fueron mis primeros trabajos”, reflexionó. El tiempo pasaba entre las anécdotas de Camilo y el humo del cigarrillo de José: “Los Mellizos, mejor dicho, Los Hermanos Medrano; así los anunciaban en la Cantina Bonaldo, en Lucas Norte, para las fiestas de navidad y de fin de año, se fueron del campo al terminar la primaria, y solo los volví a ver una vez en el velorio de la abuela de los Medrano, que fue en la estancia El Molino, donde trabajaron algunos de mis familiares”, recordó, para ese entonces, llegando al Centro Cultural Birri.

Los artistas llegaron media hora después, en un taxi que tocó bocina desde la calle. “Gordito”, dijo el otro, al que no había visto, que sacaba medio cuerpo por la ventada del auto. Una de las organizadoras, que también esperaba pues no tenía la llave para abrir la puerta y entrar al lugar, refunfuñó por el alboroto de las bocinas y les chistó. “¡Que quiere, si hace como diez años que no lo vemos a éste!”, argumentó uno de los Medrano. “¡Pero, ponele más!”, agregó Camilo, a los gritos, mientras se cruzaba delante del auto para recibirlos con los brazos abiertos:
—Che gürises y… ¿cuál es el repertorio?
—Malena, Bofetada, Vuelvo al Sur y … —contestó, dubitativamente uno de los mellizos.
—¡Calambre! —agregó el otro y cuestionó—, ¡viste que no aprendes todo el repertorio!
“¡Calambre! Calambre das vos”, se respondieron, uno más enojado que otro, y la discusión de los mellizos hizo que la cara de extraviado que puso Camilo pasara desapercibida. “¿Malena?”, preguntó; “ese no es un tango”, le dijo a José, mientras recapacitaba y se daba cuenta del cambio: los hermanos Medrano habían dejado de ser cantores de campo para convertirse en tangueros. Estaban a punto de entrar a una milonga. Un lugar que Camilo conocía, a medias tintas, por la literatura. Ni siquiera conocía muchos tangos, sabía que Malena era uno, pues recordó que se lo escuchó cantar a un tío que vivía en Buenos Aires, y que solamente encontró un par de veces para las fiestas de navidad. Mientras tanto, Camilo y José; Los Hermanos Medrano; el sonidista; la cantinera y la seguranza del lugar esperaban que llegue quien tenía las llaves para entrar: Ella.

Una madama del siglo XXI, vestida de negro, sin tacos y con zapatillas, que llegó sofocada por la humedad y el calor de esa ciudad litoraleña. Al abrir, cada uno ocupó su lugar rápidamente: el sonidista comenzó a bajas las cajas llenas de cables y los parlantes; la seguranza fue directamente a prender las luces; la cantinera abrió un poco las heladeras para que las bebidas no se congelaran; Los Hermanos Medrano desenfundaron sus guitarras y comenzaron a afinarlas; mientras Camilo y José miraban el centro cultural, y ella; ella se buscó una silla, la abrió con cuidado y se sentó sin decir nada. Su voz era una incógnita. Respiraba largo, mantenía el aire y lo largaba como en un ejercicio. Apoyaba los pies, con sus manos en las rodillas, estirando sus brazos y todo el cuerpo. Estuvo así quince minutos, hasta que se echó para atrás y con voz risueña y en tono alto los interrogó: “Y ustedes dos”, y justo la música comenzó a sonar. Ella se paró, hizo siete pasos, uno más, y se plantó ante Camilo y José:
—Soy amigo de los gürises —respondió Camilo, y se sintió mirado por José, que se acomodó los anteojos para disimular.
—¿De los muchachos? —preguntó ella y miró a Camilo. En los ojos de esa mujer había un puñal y se lo clavó, atravesando de arriba a abajo su cuerpo. Ella comenzaba su miraba desde detrás de los hombros, escondiéndose en el mentón. José pensó que con todos los novatos de la milonga podía ser igual de urticante con la mirada, pero no:
—En realidad, Camilo, ¡nosotros dos estamos de casualidad acá! —aclaró, apresurado, José, que se sacó los lentes para limpiarlos, luego de refregarse los ojos.
—¡Ah!, de casualidad… —y movió la cabeza de un lado al otro, al mismo tiempo que bisbiseó— ¿Sabían que no existen las casualidades? —continuó ella, y nadie pronunció una palabra; salvo la seguranza del lugar que, desde la puerta, la llamó.

Camilo y José la miraron mientras recibió a cada uno de los que llegaban. Lo hacía con el brazo derecho firme, dando la mano y con dos besos pronunciados en el aire de las mejillas. El cuello hacia arriba y la columna recta; su torso parecía un faro que alumbraba con un aura de luz. Y, debajo, sus piernas parecían dibujar un infinito cuando bailaba en punta de pie. Movediza. Cada doce segundo ella charlaba con alguien distinto. La observaron en varios momentos de la noche: cuando bailaba o hablaba ante el público; cuando sonreía a carcajadas o tomaba un vaso de vino. No perdieron oportunidad, hasta que llegó un momento en que ambos pensaron que cruzaban miradas con ella. “¿Me miró a mí?”, pensó José, y observó para los costados donde solo estaba Camilo, que sonreía distendido, porque pensaba que la miraba había sido para él. “¿Y si la invito a bailar?”, especuló José, insuflado porque un profesor, quien minutos antes brindó una clase abierta, dijo que aprendía rápido; la primera vez que decidió sacarla a bailar fue anticipado por un hombre de 68 años, con el cual había charlado afuera, cuando salió a fumar un cigarrillo, y que hacía alarde de sus visitas a un antiguo prostíbulo que se encontraba a cien metros de allí; la segunda, quien le ganó de mano fue el profesor de tango, incansable en el ritmo del dos por cuatro; a la tercera, ella cabeceó y se dirigió hacia donde estaban sentados, ahora, también con los hermanos Medrano, ya algo embebidos. “La tercera es la vencida”, rezaba José al devenir, dándose ánimos, mientras ella avanzaba. Arribó a la mesa, tres quedaron embelesados y uno sorprendido: Camilo. A él, ella le cedió la mano y lo invitó a bailar.

Bailaron durante cuatro, cinco o más temas, José ya había perdido la cuenta. Solo recordaba que a la segunda pieza salió hacia la cantina en busca de un nuevo vaso de vino. Desde allí, veía como Camilo y ella se paseaban por la pista. Los observaba por entre el marco de la puerta, lo cual hacía que esa escena apareciera y desapareciera sucesivamente. Cuando José no los podía ver, daba un paso para retirarse del mostrador, los miraba y volvía para acodarse en él. Así, ella también podía verlo, pensaba, porque el cruce de miradas entre ellos fue inevitable.

José pidió otra copa de vino y le dijeron que le vendían la última, pero en un vaso de plástico blanco, porque ya estaban cerrando. Cuando se lo dieron, ese vaso blanco de plástico fue un oráculo que lo trasportó en el tiempo: recordó que compartieron un mismo blanco vaso de plástico el día que se conocieron con Camilo, cuando estaban en el kiosco, donde tomaron agua; ese objeto fue un pasaporte para un viaje que había arrancado por casualidad, como esa misma noche primaveral, con la diferencia de que ahora Camilo no estaba para compartirlo. Entonces, sacándose los anteojos, José dijo: “Un verdadero amigo tendría que estar aquí, junto a este vaso de vino”, lo cual generó la risa de la cantinera, porque le pareció una ocurrencia infantil. José se envolvió en la vergüenza, se colocó los anteojos como escondiéndose, y decidió salir de la barra para ir hacia la puerta, fuera del centro cultural. Allí, los hermanos Medrano también tomaban su último vaso de vino. Camilo no estaba. “Esperamos el taxi que reservamos”, dijo uno de los hermanos. “¡¿Una reserva a las dos de la madrugada?!, qué raro… ¿Y Camilo?”, prácticamente cuestionó José sin querer darse cuenta de lo evidente-por-sí-mismo, mientras uno de los hermanos sonrió con piedad. Ya no quedaba concurrencia en la milonga. José, en una mano sostenía el vaso de vino y en la otra un cigarrillo. Los hermanos Medrano se hicieron los desentendidos cuando vieron salir a Camilo, y éste con una sonrisa que le comía las orejas. Tres pasos detrás de él, sobresalió ella. En ese instante, José entendió todo.

“¡Todavía acá ustedes!, pero que plagas, por Dios”, exclamó ella, juntando las manos, mirando al cielo, mientras se acercaba. “Estamos esperando el taxi”, respondieron al unísono los Medrano. Ella pidió un “tabaco”, José se apresuró a darle un cigarrillo, y preguntó cómo la habían pasado:
—¡La pasamos de diez!
—¡Más IVA! —agregó uno de los Medrano, mientras que el otro acotó.
—Sí, la recaudación salió abundante.
Camilo parecía que se había quedado mudo. José no decía nada, aunque ganas no le faltaban. Tampoco se podían mirar.
—¡Que respuesta tonta! —contestó ella, para sorpresa de todos, mientras largaba humo—. Con toda la gente que los conoce ahora, solo haces hincapié en el dinero.
—¿Por qué le responde de esa manera? —cuestionó José, abriendo la boca como un grifo para dejar salir la presión que sentía en su cuerpo, más que opinando de la situación—. Ellos son músicos, es lógico que les importe si la recaudación sale abundante, o no, viven de eso, por favor, más respeto.
—¿Y usted por qué me ataca? —dijo ella y por primera vez José lograba mirarla a los ojos. Despertó la fragilidad en ella y José se sintió un miserable.
—No la ataco, señora o señorita —y ahora, además de miserable, un patán—, tómelo como un alago a los músicos y también a la organización por toda la gente que logró convocar al evento.
—No sé… para mí los músicos… los artistas en general, no todos, siempre, siempre piensan en la plata. Así que, mejor que ahí viene el taxi —dijo ella, apuntando con el mentón hacia la calle, quedando al descubierto, cruzando los brazos, luego de dar la última pitada al cigarrillo y tirarlo, antes de marcharse hacia adentro.
En el aire quedó un silencio parco, interrumpido por la intermitencia del sonido de unos eucaliptus que se movían por el leve soplo del viento. Los faroles, colgados en medio y por encima de la calle, alumbraban también de manera discontinua a medida que avanzaba el taxi. Los ladridos de los perros daban testimonio de que algo en pie quedaba en el barrio, hasta que la luz de automóvil los encandiló. Subieron. El júbilo de algunos no opacó la amargura del otro. Los Medrano festejaban el buen espectáculo, y más aún que uno de ellos consiguió el número telefónico de la cantinera, acto que se festejaba como la obtención de un campeonato:
—¡Aquí traigo la copa! —y levantaba con las dos manos un papel, mientras el taxista tocaba bocina, subido al estado jocoso de algunos de los ocupantes del automóvil. En ese momento, el chofer miró por el espejo retrovisor y exclamó:
—¡Eh!, qué cara que tiene el que va contra la puerta —mientras José, por el mismo espejo, veía los ojos irritados del chofer; se miraron, aunque éste no veía más que un contorno a contraluz. “Usted mire para adelante”, dijo José, y el chofer imaginó ver otra anima, lo cual lo asustó tanto que dejó de tocar bocina.
—Vengo herido muchachos —siguió José, que dejó caer sus anteojos—. Llévenme a un hospital, así no llegó.
Los hermanos se rieron. El conductor, desde antes, ya venía serio como perro en bote. Y Camilo, nada. Él solo guardaba silencio, sabía que contó con la gracia de esa noche y no podía hacer alarde de ello.
—La Magdalena le puso los puntos —dijo el boca floja de los Medrano; el mismo que había obtenido el teléfono de la cantinera.
—Me parece que salió herido a causa de un altercado con la chica más linda del baile —acotó el otro, el que encontraron, horas antes, en la parada del colectivo.
—Y la mejor bailarina —agregó Camilo. Luego, la mirada que le propició José dejó en claro que algo se había roto entre ellos.
—Lléveme a la terminal, chofer; me vuelvo a Entre Ríos. Yo no estaba preparado para la hostilidad del mundo místico de cuchilleros y fiolos; de chorros, donde el ser macho pareciera contagiar a las mujeres. Yo vine a bailar con el amigo Camilo —y José lo miró, guiñándole un ojo para dar una señal de que todo era una broma, pero que ni él se creía—. Pensaba encontrarme con un chámame, como me dijo el compañero —con ironía, mientras buscaba los anteojos en la oscuridad—, pero me voy herido por una mujer tanguera.

Todos bajaron en la terminal de Santa Fe: los hermanos Medrano para tomar el colectivo hasta Sauce Viejo y Camilo con José para retornar hacia Paraná. Tuvieron que esperar sentados, solos, después de que los mellizos se fueron. No se hablaron hasta que uno tomó coraje. “Estuvo lindo”, dijo Camilo. “¡¿Cómo?!”, contestó José, frunciendo la cara de dolor, ya que había entendió “estaba linda”, pensando en que Camilo hablaba de ella. “Que la pasamos lindo, dije”, contestó él, dando volumen a su voz, y José, que confirmaba sus falsos pensamientos, exclamó:
—¡Ah!, bueno… —y se puso de pie—, no lo puedo creer, encima me lo refriega en la cara —y Camilo no entendió nada. Miraba a José como se marchaba hacia afuera, donde paraban los colectivos, y encendía un cigarrillo. Lo dejó sola hasta que aquel tiró el filtro fumado y luego se acercó. En ese momento, no sabía cómo reaccionaría José; y éste, tampoco sabía si aguantaría a Camilo enojado. Había más de diez kilos de diferencia entre ellos:
—¿De qué me habla José?, yo no le refriego nada en la cara —y volvieron a quedar en silencio porque llegaba el colectivo. Todos los que esperaban se amontonaron ante la puerta. Algunos quedaron afuera, Camilo y José subieron.

Durante el viaje de retorno de Santa Fe hasta Paraná., José no hizo otra cosa que pensar en ella; y Camilo, soñarla. Una vez que llegaron, cuando el colectivo dobló por calle Andrés Pazos, sin darse cuenta Camilo se pasó de su parada. Antes de llegar a la plaza de los bomberos, donde lo normal sería que baje solamente José, aquel se despertó. Pero nada ya era normal entre ellos. Camilo no entendía bien dónde estaba y José no le habló hasta que el colectivo llegó a la plaza. “Permiso, Camilo, voy a bajar”, se expresó con menos sueño que mal humor. “Espere —contestó Camilo y sugirió—, bajamos juntos”. José salió detrás de Camilo, y estaba por irse sin saludar. Hasta que recapacitó, dio media vuelta, hizo tres pasos, acomodó sus lentes y dijo:
—Bueno, Camilo, aquí se bifurcan nuestros caminos —como vio que éste seguía más en el sueño que en la vigilia, José dio otra media vuelta para irse a su casa.
—Espere, José, tenemos que hablar —mientras se desperezaba.
—Mire, para mi esta todo claro —dando la espalda.
—No, José, para mí no, ¿por qué de repente ahora no nos tuteamos más? Piensa que no me doy cuenta de sus miradas.
—Ah, bien, y usted, piensa que no me doy cuenta cuál es su juego, Camilo —mientras volvía a ponerse frente a Camilo.
—¡¿Mi juego?!
—Sí, su juego, Camilo. O se piensa que no percibo esa actuación que hace todo el tiempo; que se las da de un campesino en la ciudad, como para dar lástima, como si tuviera un papel que cumplir o un complejo de inferioridad, una especie de carnada para que todos piquen.
—¡Pero no, hermano!, de que actuación me habla… ¿No será que usted tiene envidia de que yo viví lo que usted conoce de oído?
—No, Camilo, no se equivoque, ¿envidia, yo, de usted?, ¡pero por favor!, ¡bien que me sacó ventaja diciéndole a esa muchacha que era amigo de los músicos!
—¿De qué habla, señor?, mezcla las cosas. ¡¿Quiere hablar de Magda?!, hablemos.
—¡Ah! ¿Magda? ¡Veo que entiende bien de lo que le hablo! Camilo, vamos, ya estamos grandes, vamos Camilo, vamos a dormir, y lo dejamos acá; quizás lo hablamos otro día —y volvió a retomar la marcha hacia su casa.
—¡¿Quizás?! No. ¡Lo tenemos que hablar José! —y por lo bajo añadió: “la del tero me viene a hacer éste”, y José lo escuchó.
—¿Qué dice?, ¿qué es eso del tero? Ve que siempre está tirando una carnada para que el otro pique, y yo me engancho de nuevo en su juego; siempre haciendo la pregunta —y José volvió a ponerse de frente por segunda vez. Lo hacía afligido, lamentándose de la situación.
—La del tero, ¿no la conoce?, que raro, usted que es tan leído —dice y agrega—. Es la del que pone los huevos en un lado y sale a cantar por otro.
—¿Y qué quiere decir con esa metáfora?
—¡No, señor, no es ninguna metáfora!, es la pura verdad José, se hace el enojado por otra cosa y, en realidad, le fastidió que Magda me eligiera.
—Camilo, ¿de verdad piensa que yo me puedo enojar por eso? —expresó José, haciéndose el superado—, me ofende. Mejor lo dejamos aquí —contestó y marchó hacia su casa.

Volvía con la noche de compañía. Como no quería pensar en lo que había pasado, José comenzó a recordar una poesía; sostenía que había que recitarlas de memoria, argumentando que así la escriben los pueblos que resisten. Entonces, perpetuó una de un poeta que vivió en la misma cortada donde ahora él lo hacía, y que permanecía escrita en un cartel callejero: “vivo en la más humilde, más serena y más íntima. La breve calle de ninguna parte. La poco conocida por su nombre. Que es Pasaje Baucis: una de las que sabe ciudad, tus muchos años, hasta que llegó y comenzó a leer: pues entre un algarrobo y una higuera se place en esperar la luna. Que va a venir del campo. Dejando una polvareda de ladridos distantes”. “¡Que linda poesía nos dejó Amaro Villanueva!”, reflexionó José, a metros a su casa, a la cual entró y fue directo a su habitación. Apoyó la cabeza en la almohada, nublado en una confusión, y comenzó a llorar. Por fuera, un gallo cantaba el arribo del nuevo día.

Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)
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