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08/12/2018 -  tiempo  8' 34" - 676 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL; entrega semanal por capítulos Mario Daniel Villagra presenta la novela “Los Mandatos de Camilo Fink”
El escritor, poeta, realizador y gestor cultural entrerriano, Mario Daniel Villagra Segovia, con residencia en París, publicó recientemente la novela Los Mandatos de Camilo Fink, que describe como un texto que “cuenta la historia de un maestro rural al que le cierran la escuela donde trabajaba, motivo por el cual debe viajar a la ciudad y es allí donde conoce a José Clementi, periodista. Una historia que trascurre en Entre Ríos, entre 2001 y 2002, entre la amistad, la educación y el periodismo”, adelanta Villagra, Licenciado en Comunicación Social con Mención en Educación, de UNER. En entregas semanales, ANALISIS DIGITAL publicará la novela completa del autor oriundo de Villaguay. En el cuerpo nota y a continuación, se invita a leer primer capítulo.
Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)


“Sabíamos algunas palabras para ayudarlo a Dios”
Carlos Mastronardi

CAPITULO I

Septiembre de 2001

“¡Carajo!”, escuchó y José se puso de pie como tirado de la oreja.

Sucedió en una gran isla argentina, abrazada por los ríos Paraná y Uruguay; dos torrentes que nacen en Brasil y recorren kilómetros separados, uniendo países, para luego juntarse en la cuenca de Río de La Plata, y que dan nombre a la provincia: Entre Ríos. Allí estaban, en la oficina de un diario, en Paraná, la capital de la provincia, ojeando el ejemplar del día. Camilo, en búsqueda de trabajo, miró aquella noticia; José, en la empresa, esperando un cheque, cuando el carajear de esa voz rabiosa, envuelta en una discusión, le mordió la atención: era la de Camilo.

“¡Eso es mentira!, hermano”, siguió él, y José dio toda la vuelta al escritorio para observar quién era. Se miraron. Camilo levantó las cejas, volteó a la derecha, puso su puño en la boca para acomodar la garganta y siguió:

—¿O no?, es mentira eso que expresa el título.

—¿A qué se refiere?

—Al cierre de las escuelas rurales, hermano.

—¡No, señor, está equivocado, verdaderamente se cierran las escuelas!

—Ya lo sé, yo trabajaba en una de ellas, y sé bien que no se cierran por falta de matrículas.

Camilo tenía pelo corto y ondulado, cara colorada, barba rala de meses y ojos inquietos. Con su energía cuarentona rellenaba el enorme salón de la entrada del matutino. En el cuello pequeños rollos, estrellados uno contra el otro, completaban su corpulencia. Transpiraba. Secó unas gotas de sudor en su frente y estiró la mano para presentarse como Camilo Fink, maestro rural.

José Clementi, acomodando su lente con el dedo índice, saludó atento, mirando hacia arriba, sabiendo que tenía una nota periodística ante sus ojos; lo olfateaba con su nariz arabesca y lo presentía con todos sus cabellos blancos, los de la cara y los de la experiencia: “Trabajo aquí”, agregó y siguieron la charla:

—Sí, es verdad, hermano, porque las escuelas están cerrando, pero no por bajas matriculas —dijo Camilo e insinuó en voz baja—. Otra cosa: a los dueños de este diario les regalaron las tierras de una escuela Agrotécnica en Santa Elena, ¿lo sabía?

—¡Sí! —contestó José, mientras se rascaba la barba apenas crecida.

—¿Sí?... ¿y por qué no dijeron nada?

—Porque nadie quiere perder el trabajo.

Camilo miró la hora en su reloj de pulsera y pidió a José seguir la conversación afuera. Salieron y caminaron por calle Buenos Aires. Mientras cada uno hablaba sobre sus respectivos trabajos, pasaron por frente a una librería y Camilo comentó que los libros estaban caros, a lo que José asintió con la cabeza. Algo los unía. Antes de llegar a la esquina de Cervantes, pararon en un kiosco con sus bocas secas. Pidieron una botella de agua. Luego de que se la entregaran, quedaron bajo un techo, al costado, en la entrada de un garaje colmado. El sol golpeaba fuerte. Camilo abrió la botella y sirvió en un sólo vaso de plástico blanco. Tomaron un trago cada uno. Camilo consultó a José si quería más, y éste lo rechazó con un cabezazo. Ante la negativa, Camilo sirvió el agua, dejó que corra por su garganta, miró la etiqueta de la botella y preguntó:

—¿Se extasió alguna vez con agua?

—¿Con agua?, no, no me drogo. Y dígame, ¿cómo anda ahora?

—Y… en la lucha, hermano, como se dice… ¡¿Quién sabe de dónde salió ese dicho?!, ¿usted por qué lucha?

—Nunca lo escuché. ¿Yo?... —la barba nueva le picaba—; yo lucho todos los días contra la autocensura, el individualismo, y en mi oficio que se ha vuelto solitario —agregó, despegándose de una pena.

—Bien dicho hermano, yo también lucho contra mis contradicciones: maestro rural y dando clase en las ciudades, pero así es América Latina.

—¿América Latina?, ¿y qué conoce usted de América Latina? —Camilo, interpelado, no contestó. Guardó silencio. Luego de unos segundos, siguió con sus interrogantes.

—En fin. ¿Usted tiene propiedad?

—No —y José sacó sus cigarrillos.

—¡No es que no se drogaba!, seguramente usted no sabe lo que es el tabaco.

—Fumo hace mucho tiempo, Camilo —aclaró José, inflando el pecho, hombros arriba, mientras largaba una cortina de humo y se rascaba la barbilla.

—Hablo del verdadero tabaco, hermano, no esa porquería; hablo del rey de los curanderos, la que se utilizaba en las ceremonias para eliminar los malos espíritus… ¿Por qué no se puede tener una planta de tabaco?

—¡Ya sé la respuesta Camilo!, conozco el puerto al que usted quiere llegar: sin la tierra no puedo tener la planta de tabaco.

—¡Exacto!, hermano, por eso mismo, por no tener un árbol de donde morder la manzana del conocimiento, cuando nosotros imaginamos la manzana inmediatamente nos proclaman pecadores. Y no me llame usted, puede tutearme —aclaró.

Camilo era más que maestro y menos que estadista campesino. Con él, José supo que sólo el diez por ciento de cuarenta y cinco millones de habitantes en la Argentina disfrutan de los frutos de la tierra.

Datos que, a José, menos periodista que filósofo, le interesaban. Camilo, además, era incansable, entonces con José se hicieron coequiper en un juego de preguntas y respuestas:

—Volviendo a su trabajo, ¿no hay inversiones en el campo para que eso no pase?

—Sí, ponen plata, pero acá, hermano —y apuntaba la tierra con el dedo—, acomodan todos los silos y las acopiadoras al costado de las rutas para mandar el producto hasta Asia y Europa. Así y todo, aquí estoy —cerraba la intervención Camilo, abriendo los brazos, sin pestañear y respirando profundo.

Camilo miró para ver qué hora era: “ya comienza la asamblea”, dijo, y luego de ponerse de acuerdo en el kiosco, emprendieron marcha; Camilo hacia el gremio docente y José, que lo acompañó a su lado, luego retornaría a la redacción. En la puerta de enfrente, sobre calle Laprida, antes de despedirse, Camilo dijo: “Espere, hermano, ahora recuerdo como comenzó la charla. En el titular de la noticia, donde decía: “Cierran escuela por baja matricula”, tendría que decir: “La frontera de la soja se come todo”, hermanito, porque el cultivo subió de nueve mil hectáreas, que eran a principios de 1970, a hoy, que ya estamos pasando los diez millones”, y el sol alumbró en las caras de todos los transeúntes que con anteojos negros, uniformados, no podían ver el resplandor de la verdad; eran almas monocultivadas que caminaban con cuerpos sin oídos, destrozados, y con auriculares puestos para no escuchar el mediocre coro desafinado de bocinas, dirigido por los conductores de automóviles chocadores, en la cultura reciclada del Central Park. José anotó su dirección en un papel, aclaró que a veces no tenía tiempo ni para afeitarse, y se lo entregó. Camilo lo guardó, refregó sus manos y prometió que se volverían a ver.


Más sobre el autor
Mario Daniel Villagra
Nació el 24 de febrero de 1987 en Villaguay, Entre Ríos, Argentina. Licenciado en Comunicación Social, en la Facultad de Ciencias de la Educación (UNER), con la tesis: “Un gremio Escuela, relatos en torno a la conformación de AGMER”. En 2015 publicó “Poemas del Principiante”, por la Ed. Árbol Animal (Buenos Aires). En 2016 formó parte de la Antología Poética Juan L. Ortiz, de la Ed. Bruma (Mendoza). En 2018 publica “Benavento”, vida, obra y selección de poemas, por Ed. Azogue (Entre Ríos). Desde 2014 administra “El Blog de Villa”, un espacio de difusión literaria, y, desde 2008, colabora en diferentes medios de comunicación y sitios educativos de habla hispana. Entre 2014 y 2018 realizó tres films sobre poetas: “Marta Zamarripa, una poeta en pie (2do Premio del Certamen Miradas 2016); “Miguel Ángel Federik, el poeta descalzo” y “Arnaldo Calveyra, tras sus huellas”, subtitulados al francés. Actualmente reside en Paris, Francia, donde cursa el Master en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos de la Universidad Paris III-Sorbonne Nouvelle.


Por contacto:
En Facebook: Mario Daniel Villagra Segovia
Whatsapp: +33758558943
Email: mariodanielvillagrasegovia@gmail.com
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