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12/03/2018 -  tiempo  5' 56" - 1585 Visitas Columna de opinión No soy mujer
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El pensamiento de Leila Guerriero.
En la edición América del diario El País de España, la excelente periodista y destacada escritora argentina, Leila Guerriero, de 51 años, nacida en Junín, reflexiona sobre la lucha de las mujeres, el feminismo y la igualdad de género. Un testimonio para leer, releer y valorar. Considero que debo compartir su pensamiento, con los miles de lectores que tiene ANÁLISIS DIGITAL. Por Roberto Trevesse
Para ANALISIS DIGITAL


Antes que inicien su lectura quiero recordar a una de las grandes mujeres conocida como Marie Curie (Varsovia, 7 de noviembre de 1867-Passy, 4 de julio de 1934), fue una científica polaca nacionalizada francesa. Pionera en el campo de la radioactividad, fue la primera persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades -Física y Química- y la primera mujer en ocupar el puesto de profesora en la Universidad de París. En 1995 fue sepultada con honores en el Panteón de París por méritos propios, quien dijo textualmente:

“Nunca he creído que por ser mujer deba tener tratos especiales, de creerlo estaría reconociendo que soy inferior a los hombres, y no soy inferior a ninguno de ellos”.

Ahora leemos a nuestra colega Leila Guerriero:

“No soy mujer. Vivo en un país latinoamericano y tengo género femenino. Pero gano más dinero que muchos hombres que conozco; si hubiera tenido que hacerme un aborto -aunque en mi país, la Argentina, la interrupción del embarazo es ilegal- hubiera podido pagarle a un buen médico y no hubiera corrido el riesgo de acabar muerta o estéril por causa de una infección; nunca me han arrojado ácido a la cara; no me han arrancado los ojos; no me han quemado viva; no fui violada ni por extraños ni por mi pareja; jamás fui golpeada por un hombre; no tuve que hacerme cargo de cuidar sola a los enfermos de mi familia; no soy la única en mi casa que cocina o hace las compras; la “presión social” para reproducirme no me hizo mella (al punto de no haberla sentido).

Viví en, de, por y para la libertad, la autosuficiencia y la insurrección, y pagué por eso los precios que paga cualquier persona, macho, hembra, travesti, transgénero, etcétera, de cualquier orientación sexual. Lo dicho: no soy mujer.

O mejor: soy una mujer de clase media, con estudios universitarios, sin creencia religiosa, con conocimientos precisos acerca de la anticoncepción, las enfermedades de transmisión sexual, la conciencia del cuerpo y los derechos ciudadanos que me asisten, con independencia económica, un trabajo que me gusta, una pareja que comparte las tareas cotidianas y que no emplea frases que empiezan con “Te”, como “Te lavé los platos” o “Te hice las compras”, puesto que los platos y las compras son asunto de los dos, no solamente míos.

Viajo donde quiero sin pedir permiso; salgo con amigos sin que eso dispare celos de ninguna clase; no rindo cuentas; no pido ni doy explicaciones; no reviso teléfonos celulares ajenos ni me los revisan; abomino de las frases “cosas de chicas”, “charla de mujeres” o “el grupo de las mamis”, y nunca sentí que mi género fuera un impedimento para hacer lo que me gusta (ni tampoco lo contrario: mi género no me facilitó nada).

Por esas, y muchas otras cosas, soy una excepción -acompañada por un buen puñado de excepciones que no son más que eso: un puñado-, en un área -América Latina y el Caribe- que tiene, según un informe de la ONU de 2017, “la tasa mayor de violencia sexual fuera de la pareja del mundo y la segunda tasa mayor de violencia por parte de pareja o ex pareja”, a pesar de que en los últimos años 18 países de la región incluyeron leyes tipificando el delito de asesinato de una mujer por el sólo hecho de serlo: eso que conocemos como femicidio.

Debido al protagonismo que tiene en esta parte del planeta esa violencia desorbitada contra las de mi género -mis hermanas-, podría pensarse que poner sobre la mesa este 8 de marzo temas como la igualdad de salarios, las leyes de cupo o el llamado techo de cristal equivale a preocuparse por un eczema cuando uno debe someterse a una operación a corazón abierto. Me permito pensar que no es así, porque el asunto viene en combo y desde lejos.

Algo está muy mal si hay que “explicar” los motivos por los cuales no está bien acuchillar o moler a golpes a la mitad de la población; algo está muy mal si hay que “explicar” los motivos por los cuales no es admisible que una mujer gane menos que un hombre si hace el mismo trabajo; y algo está muy mal si hay que “explicar” los motivos por los cuales no debe haber ningún mecanismo, explícito o disimulado, que impida el acceso a un puesto por cuestiones de género.

Pero hay algo que está muy mal mucho antes de llegar a la violencia desaforada, la discriminación y la desigualdad, y que empieza con un mundo dividido -por mujeres y por hombres- en celeste y en rosa. Un mundo en el que campean ideas tales como “esas no son cosas de nenas” (y su contrapartida “esas son cosas de nenas”); ideas como “el sueño de toda mujer es ser madre” (y su derivada: “una mujer que no es madre no es una mujer completa”); ideas como “la sensibilidad femenina es distinta a la masculina” (lo que nos lleva de regreso al principio: “hay cosas de nenes y cosas de nenas”). Ideas, estas y muchas otras, que hombres y mujeres repiten ancestralmente como un mantra incuestionable, y que resultan tan perniciosas -y tan invisibles- como el techo de cristal.

Hay un hilo conductor nada inocente, hijo directo de estas ideas, que une, por ejemplo, el hecho en apariencia banal de que casi todas las publicidades de artículos de limpieza -o de pañales- estén dirigidas a mujeres, y la frase “la maté porque era mía”.

Hay un hilo conductor nada inocente, hijo directo de estas ideas, que une, por ejemplo, el hecho de que los periodistas continuemos pergeñando artículos sobre, por decir algo, “mujeres que conducen autobuses” (como si hubiera que celebrar que unos seres genéticamente incapaces de mover palancas hubieran conseguido un logro importante), y la brecha salarial. Hay un hilo conductor nada inocente, hijo directo de estas ideas, que une, por ejemplo, el hecho en apariencia positivo de que se organicen mesas redondas en las que se convoca a mujeres a hablar de “literatura femenina” (como si eso existiera), y la dificultad para acceder a ciertos espacios por cuestiones de género.

Mientras el atavismo de educar a las niñas para “cosas de niñas” y a los niños para “cosas de niños” persista bajo cualquiera de sus formas, e inevitablemente se replique como un vibrión colérico en todos los campos de la vida social, no habrá menos mujeres muertas y las ideas de equidad e igualdad -en cualquier terreno- serán griales inalcanzables. Por todo eso, queda claro que esta no es una guerra de sexos: porque no es un asunto de mujeres sino de personas. De todas las personas”.
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