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12/03/2018 -  tiempo  4' 19" - 561 Visitas Columna de opinión A una década de un conflicto que sacudió al país
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Hace 10 años hubo una Plaza del Campo.
El 10 de marzo de 2008, el ministro de Economía de la Nación Martín Lousteau, dictó la Resolución 125 por la cual se incrementaban las retenciones móviles a las exportaciones del campo. Se incluían los cultivos de soja, girasol, trigo y maíz. Dirigentes de la Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas, Coninagro y Federación Agraria, no tardaron en unirse en la reacción, tan encrispados como los miles de productores del país. Amén de considerarlo un arrebato improcedente y abusivo a sus ingresos, se advertía que disponer semejante medida a través de una simple resolución ministerial colisionaba con la Carta Magna, que en su artículo 99º, inc.3, le prohíbe al Poder Ejecutivo legislar cuando se trate de normas que regulen materia penal, tributaria, electoral o el régimen de los partidos políticos. Mucho menos mediante el aludido instrumento que generó tanto rechazo, porque actuaba sobre asuntos impositivos. El final fue una derrota dolorosa para Cristina Fernández (y su esposo), cuando desembarcado el tema en el Congreso, la frase “mi voto no es positivo” del vicepresidente Julio Cobos enfrentado con la mandataria, le desdibujó el rostro al ultra kichnerista Miguel Angel Pichetto. La sentencia “si el campo se muere la ciudad no come”, retomó protagonismo retumbando en millones de oídos argentinos. En nuestra provincia el conflicto generó grandes movilizaciones (el Centro Cívico fue epicentro de ruidosas concentraciones, que modificaron el paisaje habitual con la llegada de maquinarias agrícolas y mucha gente). El poder político sintió el cimbronazo: Sergio Urribarri y Jorge Busti adoptaron posturas enfrentadas y el gobernador forzó el alejamiento de su ministro Héctor Motta, por atreverse a dialogar con los chacareros. El mandatario jamás abandonó su militancia K. Por Luis María Serroels
(Especial para ANALISIS DIGITAL)


El gobierno se equivocó de arranque, al lanzar su resolución sin haber convocado a un diálogo serio y respetuoso. Menos aún tras el estallido en los cortes de rutas y los duros lemas que se le dedicó al poder. Tibios encuentros donde la dirigencia era recibida por amanuenses de poca muñeca política y escaso conocimiento del problema, que tras las audiencias no contaban toda la verdad ante los medios, fueron agrandando la crisis y profundizando la brecha que, como un búmeran, se volvía a la Casa Rosada.

Interpretado inicialmente como un reclamo sectorial, poco a poco las adhesiones externas se fueron incorporando, alentadas quizás porque la ciudadanía tenía además otras cuestiones que reclamarle al gobierno. Aquellos productores que, desde sus ancestros y con altas dosis de sacrificio venían sosteniendo proyectos productivos y enfrentando avatares y vaivenes climáticos –como actualmente ocurre con la endemoniada sequía que tantas pérdidas provoca-, también padecieron los vientos ciclónicos que surgían de la calle Balcarce 50 y que empezaran a debilitarse en la madrugada del 17 de julio.

Por aquellos días se mencionaba que el Estado buscaba recaudar 2.400 millones de dólares extras aportados por los productores, mientras se alardeaba dando cuenta de la existencia de 50.000 millones de la verde moneda en las arcas del Banco Central (“el poder siempre ha sido angurriento”, se quejaba un chacarero. Años después nos enterábamos las maniobras non sanctas del kirchnerismo sobre las finanzas del Estado.

Uno de los factores que más fastidiaban a la familia del campo, era que para financiar sus deudas –muchas veces producto de descalabros surgidos de desacertadas acciones elucubradas aviesamente-, se debían sufrir exasperantes esperas, mientras que para meterles las manos en sus bolsillos bastaba con cortos conciliábulos en algún despacho con poltronas impregnadas de insensibilidad.

Aunque siempre se habla de las dos mitades de una biblioteca, se debería tener predisposición para negociaciones abiertas, honestas y desapasionadas, que orienten por vía de una mutua comprensión soluciones que satisfagan a ambas partes. Para esto el poder debe contar con representantes aptos e intenciones transparentes.

La contumacia demostrada por la presidente ante el conflicto reafirmando políticas equivocadas, confirmó su propensión al choque. Basta con recordar que en 2007, antes del alumbramiento de la criticada resolución, la plana dirigencial ruralista le había solicitado una audiencia sin respuesta hasta la aparición del problema.

Loustau terminó renunciando y el vicepresidente Cobos cortó definitivamente su ya frágil relación política con Cristina (producto de una mala decisión que desdibujó la unidad partidaria de la UCR). No era para menos teniendo en cuenta que su ya histórica frase cuando el país dormía, determinó que el mendocino asestara uno de los más duros golpes sufridos por el kirchnerismo. Además se produjo un inesperado realineamiento de sectores políticos y sociales, con posiciones que se polarizaron sin mediadores a la vista.

Aquel enfrentamiento de marzo de 2008, se produjo en tiempos de bonanza para el agro, con precios internacionales en alza, cosechas récord y una creciente inversión en tecnología. No es ocioso aludir al desarrollo industrial de la maquinaria agrícola y agro-partes, un gran orgullo para el país. Además remarquemos lo que significa para las poblaciones del interior que al campo le vaya bien. Las economías y actividades diversas de esos asentamientos están ligadas al quehacer del arco productivo primario (cuando apareció el conflicto -durante el cual Cristina Fernández dijo que la soja era un yuyo que crecía al costado de los caminos-, se estimaba en 8 millones la cantidad de personas en esa situación).

Hace 10 años hubo una Plaza del Campo. Como debía ser, al descampado, a cielo abierto, a cara lavada y sin logística con fondos del Estado.

En una columna del sábado 19 de julio de 2008, decíamos que “las derrotas siempre acarrean tristeza. Pero cuando se sufren con menguada dignidad, pasan a ser desdorosas y de hecho duelen más. Lo sucedido en la madrugada del jueves en el Senado Nacional, en lo inmediato tuvo dos consecuencias: propinarle un sonoro chirlo en el rostro a un mal modo de hacer política y reivindicar la vigencia y el imperio del sistema republicano. Dicho más claro, recuperar potestades que son indelegables y dejarle un renovado lustre a las bancas”. Nada tan simple y tan motivador.
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