Bienvenidos a Semanario Analisis Digital
puntos
09/03/2018 -  tiempo  16' 22" - 3051 Visitas La “unificación” del peronismo “No estaba muerto…”
Aunque no es atractivo prologar un artículo con una advertencia, en este caso se hace necesario comunicar que lo que se leerá a continuación es el resultado de un respetuoso esfuerzo por la neutralidad y el desapasionamiento. Es imposible analizar el presente sin entender con inteligencia el pasado de este movimiento. Es evidente que la necesidad de sobrevivir adoptará distintas formas, pero hay un hilo conductor que lo identifica: no está dispuesto a morir. Por Carmen Úbeda
(desde Santa Fe, especial para ANALISIS DIGITAL

Produce asombro que los verbalizadores del círculo rojo se sorprendan por la aparición de algunos personajes justicialistas enfrentados hasta unos minutos antes de que los fotografíen juntos. Sencillamente, parece que desconocen la historia de esta fuerza política en cuyo origen mismo no sólo hubo confrontaciones sino que nació al calor de ellas. La diversidad y el conflicto forman parte de su propia naturaleza. Por esta razón, no sería inútil recordar la definición policlasista que se le dio en su origen a este movimiento y que cuando se lo considera partido es de aquellos a los que se les llama “toma todo”. Los trascendidos en tonos catastróficos respecto de presuntas reuniones entre rivales internos remiten a voceros cómplices de operaciones políticas o, para evitar el prejuicio, negligentes en su capacitación, improvisados o ingenuos.

¿Habrá que recordarles que el peronismo nace como una escisión de las Fuerzas Armadas con oficiales jóvenes reunidos en el G.O.U. y cuya conflictividad fue constante? ¿Es necesario traer a la memoria que durante las dos primeras presidencias del General que lo creó las pugnas de intereses jamás cesaron y que hasta Eva Perón lo refrendó en uno de sus discursos memorables? “Le tengo más miedo a la oligarquía que pueda estar dentro de nosotros que a esa que vencimos el 17 de octubre… (Ella) no sirve al pueblo sino a su vanidad, a su orgullo, a su egoísmo y a su ambición”. Como articulista casi avergüenza tener que caer en estas tautologías. Ocurre que el escaso o nulo “background” detectado en algunos colegas por lo menos fastidia.

Las distancias, las presumibles traiciones de amigos entrañables, como Juan Domingo Perón y Domingo Mercante y tantas otras, forman parte de la leyenda negra de este movimiento que marcó durante más de setenta años la historia nacional y, contra toda especulación, es cierta la probabilidad de que la seguirá marcando. De acuerdo con lo dicho, desde su origen, el laborismo, peronismo, justicialismo fue ecléctico, pragmático, pendular, como su propio líder. Contuvo entre sus filas a delegados del caudillo en el exilio, sin empacho ni vergüenza, tanto a John William Cooke (de izquierda declarada), como a Jerónimo Remorino (católico militante) o a Jorge Daniel Paladino (ferviente anticomunista). Esta convivencia de diversidades y permanentes tensiones no sólo se dieron de una forma diacrónica sino también sincrónica. Quizás es mucho más conocida la coexistencia de fuerzas extremadamente opuestas durante los últimos años del exilio de Perón y los primeros del tercer mandato hasta su muerte. El Comando de Organización, las AAA, la “J. Perra” cohabitaban con la JP, Guardia de Hierro, Lealtad, la “Tendencia”, F.A.R., F.A.P., Montoneros, en lo político y en lo militar (sólo por nombrar algunas corrientes). No se trata aquí de negar los daños irreparables que estas contiendas no sólo ideológicas sino también cruentas le produjeron al país. Existió todo un período en que la estrategia de Perón las disimuló o las contuvo, pero, aún antes de morir, ni él mismo pudo con ellas. Por eso ya en otros artículos se ha insistido con que el terrorismo de estado comienza mucho antes de la última interrupción constitucional y que la resolución de los conflictos entre facciones internas en el peronismo fue sangrienta.

En términos generales, se podría arriesgar la afirmación de que en la actualidad las rivalidades son simbólicas, con sospechas que no corresponde mencionar aquí. Este panorama ligero y quizás reductivo se ha utilizado sólo para demostrar que el justicialismo fue siempre variopinto y que esa diversidad de especies alternativamente se distancian o se acercan. Los mayores alejamientos se producen cuando se trata de disputar el poder y los acercamientos, cuando todos lo han perdido frente a la derrota. Ante ella y, contrariamente a lo que podría esperarse, es decir, una saludable autocrítica, aunque la declamen, todos se juntan con todos para averiguar de quiénes están más cerca y comenzar la larga trama de afinidades reales o forzadas. El paso siguiente o simultáneo es encontrar el enemigo común, al mejor estilo de un rudimentario Joseph Goebbels y usarlo de basurero de todos los males. Luego vienen las reorganizaciones, recomposiciones y renovaciones donde, previas fotografías que sólo asombran a los incautos, se arriba “al dedo” o, en el mejor de los casos, a legítimos congresos partidarios y a elecciones internas.

Una renovación con crédito

Ejemplo de lo antes afirmado, es el período que abarca del ’83 al ’85 después de la derrota de Ítalo Luder, acompañado por esa galería de sórdidos y dudosos personajes que se amparaban en las banderas de la ortodoxia partidaria. Autoconsideración falaz porque no era el dogma justicialista el motor de sus aberrantes conductas. Asimismo, estaban todos mezclados, igual que siempre: entre los fácilmente caricaturizables había algunos, quizás de franco arraigo ortodoxo, como el mismo Vicente Leónidas Saadi. Aun así, tenían que recuperar identidad, crédito y expectativas de poder alejándose de los que llamaban mariscales de la derrota. De cualquier manera, no todos los responsables del fracaso quedaron fuera de la protección uterina del movimiento.

La reacción se manifestó en la amplia organización del Congreso Nacional Justicialista de Termas de Río Hondo en el ’85 convocado por distintos referentes afines, pero también había personajes con los que los analistas de hoy se sorprenderían. No podrían explicarse las razones de esas presencias. Prueba de ello (para señalar un dato más cercano) fue la asistencia de integrantes de la mayoría de las líneas internas del justicialismo santafesino (la llamada “cooperativa”). La diatriba se representó definitivamente con el nombre de dos hoteles porteños: el “Bauen” y el “Odeón”. (Permítase una breve digresión: por mucho tiempo “Odeón” funcionó como un insulto “Cuidado, éste se quedó en el Odeón” o, sencillamente, “Es del Odeón”). Luego, según la conveniencia, aún algunos que “habían quedado en el Odeón” cruzaron la cerca cuando se trataba de volver a recuperar el poder. Fue así como ya hacia fines del ’85 la renovación se había constituido con elecciones internas y sus representantes fueron Antonio Cafiero, José Manuel de la Sota, Carlos Saúl Menem y Carlos Groso. Se insiste, aunque moleste, que, igualmente, hubo oportunismos, arribismos, hipocresías: el cernidor para “la nueva masa” no tamizó con eficacia.

Es así como ya preparados para las elecciones del ’89 se recurre nuevamente a las internas, donde resulta victorioso, contrario a lo esperado, Carlos Saúl Menem en detrimento de Antonio Cafiero. El verdadero artífice de la esforzada renovación fue sin dudas Antonio Cafiero secundado por la capacidad estratégica de Carlos Groso y la extraordinaria oratoria de José Manuel de la Sota. Menem acompañaba, pero sus frivolidades no lo hacían demasiado creíble. Sin embargo, con poncho, patillas y hasta burro fue creando una simbología federal enormemente seductora para la base justicialista. En tanto, Cafiero rodeado con los mejores equipos se inclinaba más al diseño de un partido verdaderamente democrático y republicano. Es más que sabido que estas condiciones políticas nunca fueron importantes para el peronismo, le pese a quien le pese. Por el contrario, la posibilidad de que sea reducido a un partido liberal parecía violentar a los que más se aferraban a su doctrina.

Aquí vendría bien otra pequeña digresión referida a ciertas opiniones mediáticas sobre “las benditas escuchas de Cristina Fernández y Oscar Parrilli”. Asombró la expresión de la ex presidente en cuanto a que “la renovación era Menem”. Es una evidencia que no se comprendió el contexto histórico que justificaba esas palabras y algunos daban cuenta de creer que Cristina Fernández se equivocaba. En aquellos años, se barajaban asiduamente los conceptos de Guillermo O’Donell, democracia representativa y democracia delegativa y los militantes más lúcidos temían a que el peronismo se convirtiera en un partido liberal que avalara una democracia delegativa. Por eso Menem significó encabezar la representación directa del pueblo y de los pueblos de la Nación. Si después hizo lo contrario, no lo avisó. Valga como otra prueba de la ligereza con la que se tratan algunos temas.

Este brevísimo repaso se utiliza para recordar la seguidilla de encuentros, desencuentros, reencuentros, reuniones secretas y declaradas, trasnoches escabrosos y mañanas amigables entre todos, con todos y contra todos por una cuota de poder. De otro modo, no se explicaría la composición del gobierno de Menem. Más que en sus contradictorias primeras líneas, entre las segundas y las terceras. Qué decir de las listas de los que integrarían el Congreso de la Nación. Allí estaban odeones y bauen juntos, izquierdas y derechas mirándose de soslayo, montoneros y liberales en dulce montón. Los dos períodos de Carlos Menem, la promesa incumplida y la propuesta embozada, restaron crédito de la población y trasladaron agobio e inquietud a las filas del justicialismo.

Un de Gaulle argentino

Resumiendo groseramente, la impericia de Fernando De la Rúa otra vez salvó al partido de una nueva derrota. Fue así como surgió por descarte Néstor Kirchner (la afirmación es literal y neutra: la solicitud de su candidatura por parte de Eduardo Duhalde fue luego de requerir en primero y segundo término la de Carlos Reutemann y la de Mauricio Macri -¿es difícil de entender a la luz del presente?-). Aunque era conocida para algunos militantes y seguidores del justicialismo la actuación de Néstor Kirchner en su provincia al estilo de un caudillo tradicional y autoritario, su irrupción trasgresora en Buenos Aires atrajo muchas miradas y pronto consiguió un aura de heroísmo. Lo que sigue es más que conocido: con sus conos de luces y sombras, sus pro y sus contras, la atribuida cleptocracia por parte de algunos analistas y las denuncias de asociación ilícita (ver artículo “Los Kirchner de la Plata” de esta misma publicación), después de su muerte y de la viuda CFK el partido entra en una diáspora que no sólo ella provocó. La “Presidenta” abrumó y crispó a propios y a extraños con la expansión sin filtro de su personalidad, su autocracia y la gestión sospechadamente fraudulenta de sus funcionarios enturbió las filas del justicialismo en pleno. Sus idas y vueltas, su dedo para catapultar a determinados candidatos, su negativa a prestarse a una interna saliendo de la propia y creando otra fuerza y los egoísmos del conjunto constituyeron una caprichosa y autosaboteadora “estrategia” de campaña. Sin embargo, si no hubiera perdido en la segunda vuelta, “otro gallo cantaría” y las piezas del justicialismo militante se hubieran acomodado de otro modo. Lo único que hace reflexionar al partido… es la derrota.

Barro y bosta

Hoy la prensa se encarga de difundir los distintos encuentros entre referentes que en un pasado próximo tomaron muy diversas posturas. Reuniones públicas, semi públicas o secretas. Siempre hay alguien que se entera o alguien que se ocupa porque se enteren. De una de las últimas, parecen haber sido los convocantes Daniel Arroyo, Felipe Solá, Alberto Fernández, Fernando “Chino” Navarro, Daniel Filmus, Agustín Rossi, Víctor Santa María, ninguno cabeza de corriente sino representantes de CFK, de Sergio Massa y de Florencio Randazzo. También, estuvieron presidentes del partido de distintas jurisdicciones, intendentes, legisladores y escasos sindicalistas. No se habla en la actualidad de renovación sino de unificación o de reunificación. Todavía quedan algunos referentes de importancia del ala política- determinados gobernadores y senadores (entiéndase Juan Manuel Urtubey, Carlos Verna, Miguel Ángel Pichetto y Omar Perotti, por ejemplo, los cuales se presume darán mucho de qué hablar). Entonces, ¿la intención es una unidad a cualquier precio o están recién pisando los primeros peldaños de una larga escalera? Es decir, cumplir con uno de los axiomas del justicialismo: sumar, sumar y sumar, para decantar hay tiempo o “el rancho se hace con barro, pero también con bosta”.

No se está considerando aquí la injerencia de lo que otrora fuera la columna vertebral del movimiento, los sindicatos, porque aún sus relaciones con el ala política son confusas. Lo cierto es que los referentes máximos de las distintas vertientes responden paralelamente a otras agendas, algunas para establecer contactos con fuerzas o agrupamientos políticos de distintos signos. Todavía no asoman, recurren a sus emisarios para otear el panorama. Aquí reside la diferencia con la anterior renovación cuyos referentes se expusieron con claridad desde el comienzo representando a una mayoría que pugnaba por un cambio de conducción y metodología. Sencillamente existían dos grupos: unos dispuestos a conservar, otros, a renovar y ambos, a vencer en una contienda. No estaba en sus cálculos ningún tipo de reunificación. Aunque, como también se sabe, en el peronismo “el que gana conduce y el que pierde acompaña”. La configuración y la dinámica del justicialismo lejos de asombrar deben ser admiradas por su identidad. Con mínimas diferencias, el movimiento y sus hombres manifiestan una conducta idéntica a sí misma y una lógica coherente. Si se percibe como contradicción, es porque los opinantes desconocen absolutamente la materia esencial del peronismo. Su lógica es la contradicción: una paradoja que es, sin embargo, ingénita a la vida misma, al instinto de conservación, al cambio, a la evolución, a la adaptación aunque, desde la política, se juzgue como oportunismo, arribismo y otros ismos descalificantes. Estas consideraciones no eximen al peronismo de los daños infringidos a la República, pero ayudan a entender que ha sido un movimiento típicamente nacional y que sin hacerlo consciente muchos han seguido sus prácticas no por contagio sino por asimilación cultural.

Altos instintos

Muerto Perón hace 44 años, distintos voceros internos y externos también, como ahora, daban por sepultado al peronismo y, aun antes con su caída en el ’55, se lo dio por muerto. Ni lo uno ni lo otro: en el exilio, el peronismo se revigorizó. Con Perón muerto, escasos herederos, baños de sangre y estrepitosa derrota, se renovó. Muerto el perro, no se acabó la rabia: fue rabia, fue odio, pero también instinto de sobrevivencia. Por eso es imposible analizar el presente sin entender con inteligencia el pasado de este movimiento. Es evidente que la necesidad de sobrevivir adoptará distintas formas, pero hay un hilo conductor que lo identifica: no está dispuesto a morir. Los modos, las maneras pueden reflejar pequeñas diferencias, sólo pequeñas… Entonces ¿por qué los principales referentes de las corrientes en pugna no se exponen desde el inicio? Una razón pude ser y ha sido la persecución, otra, la preservación. ¿Por qué CFK no aparece comandando una de las líneas aun cuando recientemente haya formado otro partido? ¿Por qué, no obstante, está representada por Rossi, Filmus y otros en las difíciles maniobras de reunificación? En este punto es necesario desagregar sus imputaciones judiciales, para los propios, persecución política y para otros, requerimientos por actos delictivos porque no corresponde aquí una opinión sino el veredicto de una justicia imparcial. El instinto de sobrevivencia del justicialismo no desconoce que la ex presidente reúne para todas las consultoras de cualquier signo un 30 por ciento duro del electorado que puede derivar en más. Al mismo tiempo, “los compañeros” saben que su presencia es altamente irritante para algunas franjas de la clase media y media baja, población meta de cualquier fuerza que pretenda posicionarse. Una buena parte de los sectores pobres e indigentes constituyen ese 30 por ciento duro. En simultáneo, el creciente porcentaje de descontento con la administración actual acerca el electorado más a ella que a cualquier otro. Definitivamente, no está muerta. He aquí el dilema, he aquí el misterio a los que siempre nos expuso el peronismo, también siempre emergió. Es procedente reconocer que hay fuerzas o corrientes internas con altos grados de honestidad e idoneidad y una militancia convencida. Por otra parte, varias de las corrientes que pugnan por la unificación están convocando a otras fuerzas políticas que converjan en coincidencias, proyectos y acuerdos no sólo electorales.

Bailarán según su ritmo

De lo expuesto, se colige que el justicialismo se mantiene idéntico a sí mismo, que no es un moribundo y menos un cadáver en el ropero que se saca para algunas elecciones, tampoco sólo un “recuerdo que da votos”, según Julio Bárbaro, o que el kirchnerismo forma parte del pasado.

Con todas sus líneas en pugna, es una realidad presente, viva que responde como ninguna otra a las leyes de la selección natural. Se adapta, lucha por la sobrevivencia y “abre la mano” en tiempos de necesidad. Es decir, se renueva, se reconstituye, se unifica, resucita y le produce satisfacción el armado de frentes con otras fuerzas porque esa circunstancia lo hace sentir más abarcador. Ergo, el peronismo siempre tuvo pugnas internas y siempre fue frentista. Todavía jugará fuerte en la contienda por recuperar el poder. Los adversarios directos o no tanto muchas veces se verán obligados a bailar según su ritmo.
Enviar Imprimir
ULTIMA EDICIÓN
Destacadas
Deportes
Servicios
Envianos
tu noticia
Las mas leídas
Analisis Digital | Director | Denuncias | Contáctenos |  Pagina de Inicio |  Agregar a Favoritos |