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13/11/2017 -  tiempo  12' 1" - 693 Visitas Columna de opinión El tribunal en la calle
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El país de la pena.
Como en “El gran teatro”, la boca del escenario exhibe la tragedia, la crueldad de los victimarios y el sufrimiento de los protagonistas. Abajo, la platea asiste con la mirada, sin privarse del fastidioso rumor. Interpretaciones de la interpretación, el chisme que encubre lo sustancial, el cuero desollado de palco a palco. El auditorio ha delegado la imaginación y la creación en los autores del drama, incapaz de convertir en acciones las propias. ¡Es que son espectadores pasivos, dispersos y presos de sus propias debilidades! Así trascurren los días, las semanas, los meses y los años en el país de la pena. La Nación es un gran tribunal y un gran jurado, en particular y como siempre, en la ciudad capital. Aquí sí se aplica la teoría del derrame hacia las provincias, no en la distribución del ingreso sino en la administración del veneno. Por Carmen Úbeda*

El vocabulario cotidiano es flaco en la experiencia inmediata y engorda mórbido indigestado por la jerga judicial. No se ha judicializado sólo la política, como advierten los más lúcidos: se ha judicializado la vida. En cualquier trasporte urbano, en la verdulería, en las oficinas, en el supermercado el paisaje sonoro reproduce todas las figuras del Código Penal. Desde la señora que barre, la maestra de Biología, el almacenero y hasta los púberes semianalfabetos desgranan vocablos tribunalicios y/o carcelarios sólo porque están en el aire. No son el reflejo ni de largas horas de lectura ni de la exposición a la abundancia de programas sobre el tema. Se sabe que la población informada y crítica es minúscula. Sin embargo, la masa cada vez más amorfa de la Nación incluye en sus dichos los tecnicismos de la rutina judicial con el agravante de una certeza doctoral. Es que están en el aire y es imposible sustraerse también al paisaje visual de su representación.

La imagen del gran teatro es apropiada, especialmente, si el lector recuerda la obra de Manuel Mujica Lainez. Mientras un Parsifal agonístico se desespera en el escenario, la “chusma” oligárquica no interrumpe la difamación de sus pares. En cuanto al otro extremo de la pirámide social, hasta Graham Greene con su descarnada pintura de la maldad inmanente se extrañaría. También un hipotético Morris West perdería estatura con sus perfectos debates tribunalicios entre jueces, fiscales, defensores y testigos frente a un jurado fáctico y popular que imita por contagio o monería los enunciados de otros, como los simios, si es que éstos llegaran al habla.

Aun así, en este caso, sería más ajustada la analogía con un museo de cera. Todos contemplan la apariencia engañosa de deshabitados maniquíes. Se quedan con la “cáscara” de los actores y del acontecimiento. Aplauden como focas a jueces y fiscales estimados como heroicos y, aunque sea por segundos, “reestiman a las fuerzas del orden aun cuando deploren el orden de las fuerzas si se sienten perjudicados por ellas”. La sustancia medular, ausente como en los maniquíes del museo de cera. Decir que nadie se pregunta por los corruptores y los corrompidos, por los antecedentes altamente sospechados de los fiscales y de los jueces que dictan prisión (nombrados a contrapelo, presuntos integrantes de la servilleta del soborno, autores de amenazas…) quizás sería exagerado. A fuerza de verdad, un simple testeo, lamentablemente cierto, lo corrobora. No por exculpar al gran público, es de buena fe decir que los que a diario y minuto a minuto reproducen los avatares judiciales, escasamente mencionan la complejidad de la trama delictiva (nosotros, los periodistas).

El clamor por un pronto accionar del verdugo se ve complacido con una satisfacción morbosa ante el desfile de los apresados con o sin indagatoria, con o sin proceso, con o sin juicio y casi siempre sin sentencia. Este es el tramo ciertamente inconstitucional e ignorado por los que se regodean frente a la pasarela de demacrados vencidos con indumentarias de reos. Si algún lector está infiriendo que estos dichos significan una defensa de los denunciados, se equivoca palmo a palmo. Los delitos constituyen una evidencia de innecesaria demostración para lo socialmente percibido, no así para la ley y los tramos a respetar de los procesos judiciales. El país vive una democracia con representantes legitimados por el voto en los Poderes Ejecutivo y Legislativo. Los electores y quizás los periodistas no puedan o no quieran asegurar algún tipo de connivencia con el Poder Judicial. Sin embargo, el gran público no sospecha, en estos casos, de la oportunidad de esta justicia, de su “tempismo” y, menos aún, de su discrecionalidad.

Hay muchos envueltos en una niebla fantástica que creen estar viviendo un Lava Jato argentino. El sesgo de las incriminaciones lo desestima. Es una larga historia, la cadena de acontecimientos no es reciente. El recorte se disculpa en la masa popular porque su memoria alcanza, en el mejor de los casos, a la última década, pero no tiene excusa ni justificación en el “círculo rojo”, como lo denominaron los mismos lobos que entraron al gallinero. La patria contratista tiene como mínimo 40 años (lifting mediante) y la edad cronológica más de sesenta, con algunos retirados a lo Greta Garbo. ¿Acaso para comprender esto necesitábamos del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación?

En los últimos días y como “training topics” (mentiras de la pos verdad), algunos titulares orales, gráficos y televisivos presentaron un cuasi “árbol genealógico” de los “Paradise Papers”. Una redundancia. Esta maniobra de intrincada trama fue denunciada sucesivamente por opositores, semiopositores, nada opositores durante los distintos gobiernos de turno desde la década del ‘70. Repetir aquí la lista de los conocidos de siempre y algunos herederos es ocioso. Ante este circense espectáculo informativo, quedan marginados o reducidos a programas y columnistas de escasa audiencia temas que afectan la vida cotidiana de los habitantes: el ajuste propuesto por la reforma laboral, previsional, impositiva, la reducción del déficit fiscal que, encaramado al poder de su triunfo, el presidente explicitó como reformas continuas que se ejecutarán de cualquier manera.

¿Quiere decir desoyendo al Legislativo, no reconociendo sus modificaciones o vetando sus sanciones? Hasta aquí, el reducido panorama informativo que lanza los tribunales a la calle y la oscuridad entre perseguidores y perseguidos dañan el desarrollo normal de un país que tiene que salir de la pobreza, que debe producir, con nuevos puestos de trabajo, que debe ordenarse con justicia social, que debe educarse…

Esas mujeres

En remedo paradojal y siniestro de “Esa mujer” de Rodolfo Walsh, “esas mujeres”, Elisa María Avelina Carrió de nadie, asociada a Cristina Elisabet Fernández de Kirchner en la Comisión Ad hoc finalizando los ´90, acopiaban profusa información sobre “irregularidades” en la administración de los dineros públicos, de oscuras transacciones internacionales y de otras malezas que crecen fuertes aún en el ecosistema de los “paraísos”. Fueron las primeras desde el “menemato” que con terca insistencia divulgaron acusaciones, denuncias, acontecimientos y personajes relacionados con delitos que hoy se rotularían como “traición a la patria”. La primera puede ostentar con orgullo una decena de aciertos y otra igual de equivocaciones. La segunda, proveniente ya de un territorio feudal (como duele), pocos años después se olvidó de todo, cayendo, al mismo tiempo, en lo mismo que denunciaba, aunque los motivos se perciban entre sus seguidores como una estación intermedia para fines nobles.

Hoy, no se necesita una mirada de lince para comprobar que “esas mujeres” a lo Medusa, Clitemnestra o Medea lo construyen y lo destruyen todo. ¿Hay que recordar los picos y las simas en el humor de una y los igualmente intempestivos saltos de la otra (no referidos a sus maníacos bailes)? Pregoneras de la República o de la Patria, la primera hizo estallar otra vez a la centenaria Unión Cívica Radical y la segunda, al Partido Justicialista con la complicidad de perturbados libertarios, en un caso, y de obsecuente rebaño, en el otro (a excepción de escasos contestatarios que pronto sintieron el peso de sus pies sobre la cabeza). Las encendidas antagonistas con poder de fuego desde uno y otro lado de la trinchera, minuto a minuto se parecen más, aunque sus reconocidas inteligencias o habilidades no les hayan permitido tener conciencia de esa semejanza.

Extraordinarias oradoras, histriónicas y maestras de la ironía, señoras del gesto, soberbias y megalómanas, ambas “van por todo”: una, por la plana mayor del funcionariato K (hasta más ver). La otra, por lo que se oponga a su imperio y dominio. Ajeno a personalismos, debe el pueblo estar advertido de cómo amanecen estas señoras. Cualquier mañana, pueden leer entre sus sábanas el mandato de un viraje de timón y dejar a gente y dirigentes con el rabo para arriba. La ex presidenta, a la que vienen matando desde la mitad de su segundo mandato, continúa con una exultante vida, se entiende en términos políticos. Como Clitemnestra (aunque no haya cometido el asesinato del esposo) se yergue bravía sobre lo que para el periodismo liviano serían las cenizas de su destrucción. Engaña como el avestruz de su Patagonia: hundir la cabeza en la tierra no supone su muerte, está escondiéndose y maquinando su próxima artimaña. La Diputada del más del 50 por ciento de adhesión siempre estuvo viva y sus interregnos sanatoriales también funcionaron como retiros para pergeñar sus nuevos movimientos. Las dos coetáneas no pueden desprenderse del sello de su generación, sin importar en qué lugar estuvo cada una (una, haciendo carrera en la justicia chaqueña. La otra, beneficiándose con “la 1.050” en el catastro santacruceño, exactamente durante el mismo período). Con la apertura democrática, las dos emergieron de sus madrigueras aguerridas y defensoras de la República o de la Patria, tomadas por el gran público como modelos de ética y valentía. Pregonaban sus lealtades a los integrantes de cada uno de los espacios a los que oportunamente pertenecían o creaban, con gestos y dichos de empalagosa adulación. Con la misma intensidad pero en otra dirección, se subían al púlpito del rechazo y la denuncia con el índice acusador hacia los mismos que, minutos antes para la historia, halagaban.

Quien encuentre una diferencia en este juego de espejo que la reporte inmediatamente, advertidos de que es corrupto no sólo aquel que comete ese acto de ruindad sino también el que protege, aunque sólo sea con instinto maternal o temporariamente. Los pasajes anecdóticos sobre “esa mujeres” serían interminables, pero son la epifanía de su esencia. Ahora, la ex mandataria se ampara en la Fundación Patria para enviar cartas “al pueblo” golpeando primero para no reconocer jamás sus faltas. La Diputada, por enésima vez, revolea la cartera dejando a la vista sólo el final de su espalda ante la mínima disidencia frente a sus propuestas. Se puede adivinar el acto que sigue en esta opereta: la ex magistrada morena desde una tarima saluda a todos y a todas “llamando a la unidad” con su mejor sonrisa. La rubia, ya relajada después del insulto catártico, improvisa una conferencia de prensa en los vestíbulos del Congreso, sorprendiendo a periodistas y espectadores. Además, anuncia con un hilo de voz su negativa a volver a ser candidata e insinúa no cejar en las denuncias hacia cualquier sector. Lo cierto es que “esas mujeres” están dominando la política nacional pese a quien le pese, más allá de la participación en gestiones pasadas o presentes. Quizás estos misteriosos cambios lunares tengan la virtud de desenmascarar las verdaderas intenciones de quienes las rodearon y las rodean.

Estos hombres

En tanto, el mundo masculino que predomina en la vida política nacional tampoco se priva de vaivenes y acusaciones. Como vulgarmente se popularizó hacia finales de los `90 y principios de los 2000, no cesan de “tirarse con muertos”. La justicia acompaña esta necrofilia recurrente. Es pregnante en las simulaciones de la muerte de Nisman o en las fotografías viralizadas del cadáver de Maldonado, como ocurrió con Cabezas, Kosteki, Santillán, Ferreira, López, Pocho Lepatri y … De uno u otro signo, los lamentos sobreactuados remiten automáticamente al cocodrilo y la reparación justiciera, a los mismos aplausos de foca. Quien escribe reconoce que ésta es una pintura de excesiva crueldad. Su objetivo es llamarnos a una necesaria objeción de conciencia como ciudadanos para saber mirar y separar la paja del trigo. Aquí es útil recordar la tarea crítica del periodismo, muchas veces su misión de destapar basureros, naturalmente informar con el mayor esfuerzo de neutralidad que le sea posible, pero también, la olvidada es la acción docente de su incumbencia: no confundir al ciudadano y mostrar las dos caras de la moneda.


(*Carmen Úbeda es profesora de Letras (UCSF); licenciada en Letras (UNT); posgrado en Oratoria y Comunicación Social de la Universidad Simón Bolívar de Colombia. Docente (UCSF y UNSa). Redactora de promoción de la Dirección Provincial y Nacional de Turismo. Guionista de cortos, documentales y espectáculos de luz y sonido. Se dedicó al periodismo en Radio Nacional Santa Fe, Radio Nacional Salta, LV 9 Salta, LV 11 Santiago del Estero, diarios El Tribuno de Salta, La Gaceta de Tucumán, El Liberal de Santiago del Estero, El Litoral de Santa Fe, El Federal de Santa Fe. En los últimos años continuó con esta actividad en publicaciones locales, entre otras Hoy y Mañana, Entre Líneas, Caja negra. Autora y directora de teatro en Salta, Tucumán y Santiago del Estero.)
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