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20/03/2017 -  tiempo  4' 46" - 822 Visitas Columna de opinión El escándalo antes que la indiferencia
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El escándalo antes que la indiferencia.
Quizás la mayor amenaza y preocupación que deben enfrentar algunos famosos desde que se abandona la actividad que los encumbró, sea que ese ostracismo les merme su popularidad, agotada ya la desmesurada exposición mediática que siempre tuvieron. Un caso típico es Diego Maradona. Percibir que esa reducción progresiva de la notoriedad se encamina inexorablemente hacia un síndrome de abstinencia de lo que fuera recorrer el planeta, enfrentar cámaras, recibir las mayores alabanzas, ser parte del círculo de nuevos ricos que navegan en la ostentación sistemática y además tener librado el acceso a sitios inimaginables a partir de su magia con una pelota, debe ser insoportable. Es que se necesita de los elogios como el agua y el aire. Pero debe aclararse que todo ello se fue dando con el consenso y aporte –como si hubiese una orden no escrita- de medios de comunicación y periodistas que se postran a sus pies para adularlo y hacerle preguntas muchas veces alejadas de toda acidez que lo pueda incomodar. No hay día alguno en que este personaje no sea noticia aunque ella se genere a partir de situaciones escandalosas que, en el fondo, se observan como un eficaz antídoto contra la indiferencia. Esto ocurre en un país donde se ignoran y condenan al olvido hechos y prohombres que honraron nuestra nación en innumerables disciplinas.
Por Luis María Serroels
(Especial para ANALISIS DIGITAL)


Todo cuanto decimos se ha extraído de la realidad reflejada en los distintos medios. Maradona llegó a decir que el gol ilegítimamente convertido a los ingleses en el mundial de Méjico ‘86 lo hizo “con la mano de Dios” y que el segundo – registrado como el mejor de la historia- demostró que Dios existe. Pero esa joyita que humilló a los súbditos de su Graciosa Majestad (descendientes de los inventores del balompié) pareció concederle un pasaporte al desbarajuste idiomático y un salvoconducto (libertad para hacer algo sin temer un castigo) que le asegure sortear cualquier situación. Cuando finalmente reconoció el desleal manotazo, fue como concederle a la trampa validez reglamentaria.

Cuando en el mundial de EE.UU. ‘94 dejó a su equipo desmantelado por ingerir sustancias prohibidas en plena competencia, reaccionó aviesamente diciendo “me cortaron las piernas”, cuando se trató de un acto personal volitivo e irracional que le terminó tronchando los anhelos a millones de compatriotas.

Tanto machacar y machacar directamente o por interpósitas personas para que se lo designe DT del seleccionado nacional para Sudáfrica 2010 –no obstante poseer pésimos antecedentes sobre este rubro en distintos clubes- y habiendo logrado ese privilegiado rol, consiguió una milagrosa clasificación que lo llevó a pronunciar ante las cámaras un vocabulario inculto, soez e indecente hacia quienes lo habían cuestionado, sin importarle cuántos, quiénes y de qué edades lo observaban y escuchaban en todo el mundo. Su performance en el torneo ecuménico fue lastimosa: no pasó de la primea fase tras sufrir una goleada ante Alemania. Pero ello no lo arredró y buscó seguir como DT, chocando contra la decisión del mandamás Julio Humberto Grondona, quién debió soportar la furia del Dieguito.

Al otrora excepcional jugador se lo hace sentir un omnisapiente capaz de opinar sobre cualquier materia más allá de su deporte y con licencia para criticar, ofender y descalificar a todo aquél que le genere celos o envidia. Claro que quienes le formulan preguntas complicadas de alto nivel intelectual y voltaje emocional, se exponen a respuestas destempladas. Hoy se considera hombre de consulta de los más altos dirigentes del fútbol mundial y hasta se da el lujo de censurar las conducciones del seleccionado vernáculo, olvidando su tristísima performance en ese rubro.

Recuérdese a los relatores ubicados en una cabina de La Bombonera, anunciando: ¡Atención! Acá nos dicen que estaría llegando al estadio Diego Armando Maradona. Pero lo mismo se da en cualquier acontecimiento que lo tenga como visitante. Cuando las jornadas gloriosas para nuestro tenis meses atrás en que Argentina ganó la Copa Davis, varios días antes se divulgó que Diego Armando Maradona se haría presente. ¿Quién no recuerda los insistentes paneos de las cámaras que inexorablemente alternaban las jugadas de los contrincantes con los movimientos sobreactuados del Diego revoleando una camiseta?

Rifó su vida privada simplemente porque no le interesa resguardarla si ello contribuye a mantenerlo en la vidriera. Se lo ve como un buen instrumento para sortear el olvido, como se estila en el mundo de la farándula. Los medios gráficos y televisivos dan cuenta de episodios baladíes como si se tratase de hechos de enorme trascendencia: “La nota gráfica muestra el momento en que Maradona, con hijos, yernos y nietos, chapalea al borde de una piscina”. “Maradona se emocionó cuando le mostraron una foto de…”. “Maradona bailó en el Carnaval de Corrientes”.

Su última travesura ocurrió recientemente en un hotel de Madrid donde se denunció violencia de género en perjuicio de su actual pareja (ignoramos si alguna organización feminista hizo oír su voz). Su relación con los hijos, muchas veces tumultuosa, no debería exponerse ante la opinión pública precisamente por el bien de los involucrados y ello está contemplado en los códigos de familia.

Los avatares y penurias íntimas de Diego parecen multiplicarse al ritmo de los admirables éxitos de Lionel Messi y su fama mundial, que el exquisito jugador del Barcelona adereza con mucha humildad, una vida privada muy protegida y declaraciones escuetas y prudentes.

Admítase que el crecimiento exponencial del crack del club catalán, de ningún modo debería empalidecer la sensacional e irrefutable historia deportiva de Maradona, que él más que nadie debería custodiar y no ensuciarla con erróneas exteriorizaciones multi temáticas y excesos mediáticos.

Diego es un ser humano, de allí que el rótulo de semidios que algunos le cuelgan (con perdón de la mitología griega y romana) no le calza, porque los semidioses, entre tantas virtudes, conservaban y cultivaban la modestia, el recato y la prudencia. Valores que muchos ídolos de carne y hueso suelen abandonar, atraídos por el imán de la extrema figuración y la veneración almibarada. Algo de lo cual huyeron toda su vida figuras como René Favaloro y tantos otros brillantes argentinos benefactores de la humanidad.
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