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06/03/2017 -  tiempo  3' 30" - 1655 Visitas Cine entrerriano en expansión Breves líneas reflexivas sobre La Siesta del Tigre, de Maximiliano Schonfeld
Cuando Werner Herzog se propuso caminar desde Múnich a París, contaba con un par de botas, una brújula y una campera. Su misión era emprender un viaje sanador en el orden de los simbólico y lo físico; una acción mágica que suponía una cura para su amiga Lotte Eisner, quien había enfermado gravemente. Para esa época Maximiliano Schonfeld no había nacido aún. Por Ivo Betti (para Tierra en Trance)

En medio de un paraje inhóspito cuatro personajes recorren las barrancas en busca del Tigre Dientes de Sable, un animal prehistórico que habitó las tierras entrerrianas hace millones de años. Llevan una cuchilla y un pincel de brocha gorda; una soga también, una pala de albañil y un machete. Cochirila, Nino, Lalo y Caco pasan el tiempo flotando en el agua, toman cerveza, hacen fuego, cocinan y hablan. Piensan en ser millonarios. Observan el brillo de los huesos en el barro seco y escarban para encontrar el tesoro ancestral, pero no les interesa –seriamente- cambiar sus vidas. Están bien así como están. Fantasean con algo que no harían. La riqueza la encuentran en el vínculo con ese otro, en la mirada cómplice del amigo que escucha y acompaña. Es un viaje de amistad que sostiene a los cuatro héroes en el camino, el que propone Schonfeld como director.

Cochirila tiene una técnica infalible para detectar si el fósil es valioso. Con su lengua toca cada hueso que encuentra: si la lengua queda “imantada” puede ser el Tigre. Es una prueba difícil pero puede resultar positiva. Solo hay que creer. Nino sube la barranca, desgrana la tierra con la cuchilla. Lalo canta una canción de Dyango que flota en el paisaje mientras los rostros son revelados en primer plano por una cámara que fluye poéticamente y espera el momento justo para encontrar los diálogos adecuados. Caco contempla el arroyo, habla poco. Acompaña.

El espíritu de un vacío incomodo dialoga con los protagonistas durante la noche. Han visto una muchacha desaparecer en el bosque, o han creído verla. Algo desconocido se hace presente por un instante. Los rostros cambian, la luz cambia. El vacío deja su huella para mostrarnos que estamos vivos y en peligro. Es un interrogante recurrente en el director (Schonfeld). Una pregunta para que responda el que observa. La realidad florece desde el interior del universo/ cuerpo en un marco escénico natural. El argumento es simple y profundo en tanto las constantes reflexiones de los improvisados paleontólogos. Los planos generales invitan a observar la belleza del paisaje.

Hay tiempo para el surrealismo en un apartado junto al arroyo. Nino sentado en una cubierta de tractor observa la llegada de Papá Noel. El hombre vestido de rojo y blanco es Cochirila, que gesticula imitando al ser que trae regalos. Papá Noel dice estar cansado de caminar mucho, dice que perdió sus “ciervos”, que en esas zonas hay mucha piedra y no se puede “andar con esquí”. Nino le pregunta que hace, de que se alimenta. El hombre responde: “…de raíces, yuyos conocidos… de la palmera, el cogollo… hasta maíz cuando está madurando que está medio crudón…”. Ambos ríen porque la cámara los mira. Hay un leve registro en los protagonistas de ese otro (cámara), que fortalece el mensaje de la obra.

Benigno dice haber encontrado la cabeza del Tigre, escarba con la cuchilla. La tarde llega a su fin. Cochirila se pierde en una caminata entre los arroyos y bañados, es un experto en la materia. El sonido del agua propone una atmósfera asfixiante. Antes, debajo del puente improvisan unas rimas con música en vivo. Lalo toca el acordeón. Oscurece. Nino y Lalo están solos. No se sabe que fue de Caco. Cochirila camina exhausto y encuentra una cueva, se hecha a descansar. “Vos tenés que chusmear la barranca y mirar, mirar a ver si brilla algo; si brilla un pedacito de hueso es porque ahí empieza”.

Nueve años después de que Herzog la salvara en un acto de amor y arrojo intuitivo, Lotte Eisner muere en París. Herzog lo había logrado. Es 1983 y Maximiliano Schonfeld tiene dos meses de vida. Mientras tanto de este lado del mundo, los caminantes continúan buscando el Tigre perdido, tal vez para evadirse ellos de su propia muerte.
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