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12/01/2017 -  tiempo  4' 50" - 886 Visitas Columna de opinión Cáritas Hospitalaria: un cortocircuíto reparable
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Las mujeres que trabajaban en el Hospital San Martín, ya no están allí.
Uno de los más formidables instrumentos de que se vale la Iglesia Católica en la práctica de la caridad es Cáritas, benemérita institución integrada por seres impregnados de un auténtico amor por el prójimo. Creada en 1897 por el sacerdote alemán Lorenz Werthem, decenas de organizaciones distribuidas en el mundo sostienen esta tarea bienhechora. En nuestro país su labor arrancó a mediados del siglo pasado. Se apunta al desarrollo integral del hombre. Su base parroquial, su amplio voluntariado y sus múltiples esfuerzos por desarrollar procesos sustentables, testimonian su loable cometido. En Paraná, entre sus actividades principales se cuenta Cáritas Hospitalaria, que en nuestro centro asistencial San Martín se ha nutrido del aporte cotidiano de seres incansables que no desfallecen y hacen realidad la tercera virtud teologal. ¿Qué ha ocurrido en este nosocomio en las postrimerías de 2016 para que damas militantes de los postulados evangélicos estén hoy ausentes del lugar en que colaboraron 32 años ininterrumpidos de acción solidaria? Todo cuanto se conoce -por nuestras fuentes- es que el capellán Luis Anaya, cumplido su primer año al frente del grupo reemplazando al jubilado Padre Fernando Montejano, habría tenido actitudes descomedidas y asumido tareas propias del puñado de damas cuando se aprestaban por enésima vez a celebrar las fiestas navideñas con pacientes y sus seres queridos. El clérigo dialogó con ANÁLISIS y sus respuestas difieren de la especie llegada a nuestro poder. Nos limitamos a ambas versiones, pero un gesto de cristiano reacercamiento volvería las aguas a su cauce. Los objetivos en juego lo aconsejan plenamente. Por Luis María Serroels,
especial para ANÁLISIS DIGITAL


Las personas afectadas dicen ignorar los verdaderos motivos de este cortocircuito que condujo a que mujeres que tanto han trabajo en el nosocomio se hayan debido alejar abruptamente. Surge de algunos contactos que el sacerdote las habría marginado de su regular desempeño en la organización de las celebraciones cristianas junto a pacientes y familiares. Su dedicación ha logrado siempre disponer de generosas provisiones de productos tradicionales, para una mesa navideña decorosa y generadora de reencuentros siempre felices. Según el padre Anaya, no hubo ninguna actitud ni gesto descomedidos y hasta dejó abierta la alternativa de que estas damas se reintegren a su tarea. Pero no parece sencillo.

Pero no eludió la salvedad de que la avanzada edad de ellas no les permitiría concurrir con la regularidad necesaria (ello más parecería un reproche) y asimilaría la situación a los cursos que demandan un mínimo de concurrencia a su dictado para obtener el certificado, cuando aquí se trata de multiplicar esfuerzos. Es que el espíritu que las impulsa es siempre sumar y nunca monopolizar. Si hay un déficit de voluntarias -como se admitió- sería un contrasentido desechar aportes porque lo que interesa es el todo a la hora de asumir tareas. La medida de la caridad es darse por entero y entregar lo mejor.

Las declaraciones de ambas partes marcan una grieta que sólo podría obturarse mediante esa primordial condición que los cristianos no deben jamás olvidar: la humildad.

Es que en el medio de esta situación, están los legítimos destinatarios de esta tarea que son los enfermos. Y cuando éstos provienen de otras localidades, no se debe abandonar a los familiares muchas veces desorientados y soportando una lógica desazón. Aligerarles esa carga es el desafío.

Por múltiples motivos, esta situación generada en el San Martín debe ser superada con prontitud pensando en el sagrado propósito de servir al prójimo en dificultades. Nada grato resulta que en el seno de mentalidades lúcidas y comprometidas a pleno con el Evangelio se produzcan cuestiones que pueden resolverse a través del diálogo generoso. La “iglesia peregrina en la tierra” no ve con buenos ojos que hechos circunstanciales no puedan sortearse con el don de la palabra. La caridad lleva a entregarse y también a comprenderse.

La Madre Teresa de Calcuta nunca marchó a cuarteles de invierno en su monumental lucha contra la pobreza y el desamparo sólo interrumpida por la muerte. Hizo el bien como se debe, hasta que duela, construyendo su camino a la santidad.

La historia de grandes capellanes y de Cáritas Hospitalaria en este nosocomio tiene atesorados altos méritos, llegando a conformar una verdadera Pastoral de la Salud que fue ejemplo en la provincia y el país, tomándose como referente para impulsar un órgano similar dentro del Episcopado Nacional. Clérigos muy valiosos han pasado por allí junto a laicas que han aportado tiempo, esfuerzo, dedicación y sobre todo mucho amor.

Asistir material y espiritualmente a los enfermos, los niños, los ancianos, los pobres, predicando el Evangelio y asumiendo un compromiso pastoral, ha sido una labor cotidiana indeclinable que, por sobradas razones, requiere de personas muy dispuestas. Por lo tanto no se puede prescindir de estas mujeres que, pese a sus avanzadas edades, siempre tendrán mucho para dar.

Algunas voces llegadas a nuestro conocimiento, coinciden en señalar con mucha dureza ciertas actitudes de Anaya que fue dejando a un lado la participación de las abuelas (en una actitud de aparente indiferencia). Y además se le atribuiría disponer el retiro de catequistas del hospital y modificar horarios de oficios religiosos no recomendables para adultos mayores, particularmente durante el invierno. Una serie de actividades tradicionales del grupo habrían sido acotadas por el sacerdote, medida que sus antecesores nunca adoptaron.

La caridad es una virtud que no tiene fechas, límites etarios ni fronteras, simplemente porque el corazón no los tiene a la hora de esparcir amor.

Es imperioso que este problema se supere en beneficio de personas en estado de extremas necesidades materiales y espirituales. Un diálogo serio y abierto entre las autoridades de Cáritas Paraná y el Arzobispado serviría y mucho para que las aguas se aquieten y se limen las asperezas en pos de los necesitados que, en definitiva, son los grandes destinatarios.

“¿Está alguno de vosotros enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia y que ellos oren por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor” (Santiago 5:14). Veinte siglos después los adultos mayores (experiencia que camina) continúan siendo valiosos a la hora de asistir espiritualmente a los enfermos entre las paredes de un hospital, donde el dolor físico requiere recuperar plenamente a hombres y mujeres sumidos en la desesperanza y serenarles el alma.

Para ello se creó Cáritas Hospitalaria, que no puede darse el lujo de prescindir de seres generosos, tengan la edad que tuvieren. Porque nadie se irá a la otra vida llevándose lo que haya acumulado sino lo que haya dado.
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